Año III - Nº 151 - Uruguay, 07 de octubre del 2005

 
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La importancia de
una divisa estable

* Danny Luque

Cuando el 1 de Enero de 1999, Europa lanzó el euro, se dijo que se trataba de la moneda común adoptada por once países de la Unión Europea, siendo la excepción más notable la de los ingleses, que desconfiaban de la pericia europea en el manejo de estos asuntos, no olvidan la horrenda hiperinflación alemana de los años veinte y tampoco quieren renunciar a la libra esterlina.

También se autoexcluyeron los escandinavos (suecos, daneses) con la excepción de los finlandeses.

Por otra parte para poder formar parte del euro se requería coincidir en algunos parámetros macroeconómicos básicos: cierto equilibrio fiscal, un bajo índice de inflación y una deuda externa que no excediera un determinado porcentaje del PBI.

En otras palabras: una economía razonablemente saneada.

AL principio hablar del euro era hablar de una moneda virtual, desde su creación en 1999 fue una unidad de cuenta. Es decir, una referencia abstracta para expresar los precios de las cosas, aunque era posible comprar bonos del tesoro o realizar otro tipo de transacciones en euros. Podríamos decir que tenía una existencia virtual. En el mundo cotidiano, si a un italiano una pizza le costaba, digamos, mil liras, ahora le seguía costando mil liras, pero, además, se le notificaba que equivalía a tantos euros. Y cuando un español, un alemán o un belga recibían su salario, la empresa les dejaba saber que las pesetas, marcos o francos que les entregaban equivalían a tantos euros.

Podemos decir que los primeros meses, luego de lanzada la moneda, era como un ensayo general, la etapa de preparación para finalmente darle la "bienvenida física" el 1 de Enero del 2002.

Y hubo una etapa previa que duró casi veinte años: el "ECU", la "european currency unit" fue establecida en 1979, pero como no se comenzó a hablar en serio de la moneda europea hasta una década más tarde, con muy buen juicio decidieron cambiar el poco atractivo nombre de ECU (demasiado técnico) cediéndole el paso al euro de marras.

Eso si: poco antes de anunciar la aparición del euro, los países que habían acordado participar de la aventura establecieron una paridad fija que aproximadamente reflejaba el previo cambio del ECU.

Por lo que para los participantes de lo que se llama el "eurosistema", hallar la paridad y fijarla era fundamental, pues la principal función de la unidad de cuenta es expresar los precios. Si un parisino quiere saber el precio de un apartamento frente al Paseo del Prado, o un madrileño en los Campos Elíseos, primero tienen que ponerse de acuerdo en el valor que le atribuyen al euro. Y ese valor tiene que ser fijo.

Al margen de su condición de unida de cuenta, la moneda no se introdujo, como comúnmente se dice para sustituir los truques, sino para facilitarlos. Es el instrumento del que disponen los humanos para cambiar su trabajo o sus ahorros por los bienes y servicios que desean adquirir. Pero en el momento en que arbitraria o súbitamente la autoridad cambia el valor de ese instrumento, todo el sistema de trueque se ve afectado. La segunda función es la de depósito de valor. Sirve para acumular los excedentes no consumidos que hemos obtenido. Esos ahorros, en gran medida se conservan en moneda, y cuando un gobernante disminuye su valor previo, lo que está haciendo es empobreciendo a quien lo posea. Le está quitando algo que antes poseía.

Todo esto es lo que las autoridades monetarias europeas están intentando impedir que ocurra con la nueva moneda.

En el Medioevo, cuando los nobles mallorquines le tomaban juramento al nuevo rey, le exigían con la mayor severidad que entre sus compromisos más importantes estuviera el de mantener el valor de la moneda. Haciendo alusión a esta referencia histórica queda claro que sin un signo monetario estable y confiable es prácticamente imposible construir una sociedad ordenada, orientada al crecimiento y al progreso. Más aún: sin una moneda que conserve su valor, son prácticamente imposibles la serenidad política y la transmisión sosegada de la autoridad.

El ejemplo del euro es una enseñanza para América Latina. La primera es que la columna vertebral de cualquier sociedad que quiera prosperar indefinidamente es contar con una moneda sólida y confiable, que pueda intercambiarse libremente por otras divisas que gocen de las mismas ventajas.

La segunda es que esa moneda fuerte no puede sostenerse en el vacío. Necesita un marco macroeconómico saludable. De nada vale "declarar" que nuestra moneda está firmemente atada al dólar o a una canasta de divisas si no creamos una atmósfera económica en la que esa declaración tenga realmente sentido.

El caso brasilero es un buen ejemplo de lo contrario. El "real" surgió con vocación de estabilidad. Fernando Henrique Cardozo, entonces presidente, tenía el propósito de terminar con el previo caos de los cruzeiros. Pero no pudo controlar el déficit fiscal ni la deuda externa. Tampoco pudo reducir los gastos del Estado en la proporción debida. La tradición populista del país se lo impidió, esta vez acaudillada por la irresponsable actitud de algunos gobernadores regionales, en cuya primera línea estaba Itamar Franco, ex presidente, a quien el mexicano Ernesto Zedillo, con toda propiedad, llamó "fabricante de miseria".

La sociedad brasilera, en fin, solicitaba más gasto público, no menos, y no estaba dispuesta a aceptar "sacrificios".Pronto se vio que la situación era insostenible y los capitales comenzaron a marcharse. Todos los días se compraban cientos de millones de dólares. La percepción generalizada era que el sector público brasilero estaba en quiebra. Y así ocurría: llegado el momento, se tiró por la borda el cambio fijo y se permitió la libre flotación del real. En menos de una semana la moneda había perdido el 40 por ciento de su valor. La Bolsa respiró, puesto que la devaluación detenía la sangría de divisas, pero la verdad final era que los brasileros, si contabilizaban sus activos en dólares, eran, súbitamente, un 40 por ciento más pobres que en la víspera de la devaluación, y en esa misma proporción se les habían encarecido las importaciones y las deudas contraídas en moneda fuerte.

Ante esta situación, el economista Jeffrey Sachs criticó con severidad al FMI por haberle aconsejado al gobierno brasilero que defendiera la paridad cambiaria y no autorizara la flotación de la moneda. Otros economistas piensan que es mejor la flotación que la paridad.

Según un experto en la materia "cuando las monedas flotan, las sociedades acaban hundiéndose".Si Brasil hubiera dejado flotar su moneda libremente desde el lanzamiento del real (como hiciera antes con los desprestigiados cruzeiros), habría sufrido una devaluación paulatina que hubiera conducido el país al mismo punto. Es decir, al real le hubiera sucedido lo que le acontece al bolívar venezolano, y más o menos por las mismas razones lo que le ocurre al peso colombiano, puesto que la "indexación" gradual de la devaluación no elimina el veneno, sino que lo dosifica, aplazando el mismo resultado.

Lógicamente lo que pretendía Fernando Cardozo era devolverle credibilidad y confianza a la economía de Brasil, para consumo de los inversionistas nacionales y extranjeros, y el primer síntoma de esa realidad era la moneda fuerte. Cómo hubiera podido lograrlo?

Desde principios de siglo XIX y hasta 1971 ,el oro bastaba para respaldar la emisión de la moneda(una magnífica práctica lamentablemente abandonada), pero desde entonces es la fiabilidad del país emisor lo que garantiza el valor de las monedas. Si el dólar es la divisa por excelencia, es porque en los Estados Unidos la inflación está bajo control, el índice de desempleo ronda en un dígito, la estabilidad política y social es casi total, hay un razonable equilibrio fiscal y la deuda pública(el mayor enemigo de los Estados Unidos),representa un porcentaje relativamente bajo del PBI(los últimos estimados es que la economía estadounidense ronda en los 11 trillones de dólares).

No es porque Estados Unidos sea la primera potencia del planeta. Suiza, por ejemplo, cuya economía, en términos absolutos, era algo menor que la de Argentina antes de la debacle del 2002,cuenta con una moneda, el franco suizo, que es el refugio más buscado cada vez que comienza la turbulencia monetaria o la furia especulativa en cualquier zona del mundo. Por que? Por la fiabilidad de sus instituciones, por lo bien administrado que está el país, por el órden que reina en su economía, por su comportamiento predecible. Exactamente lo contrario que sucede en casi toda América Latina.

No obstante, hay maneras de conseguir tener una moneda fuerte aunque la economía presente rasgos de debilidad. La más conocida es la llamada "caja de conversión",preferiblemente vinculada con un currency board administrado por entidades solventes del mundo financiero internacional. Es decir, se determina, y se legisla en consecuencia, que sólo se acuñaran monedas si existe el respaldo en divisas para hacerlo. Esta fue la solución argentina hasta el fin de la paridad decretada por el gobierno de Eduardo Duhalde. Por cada peso que emitía, había que tener en reservas el equivalente en dólares, libras esterlinas, marcos, etc. Esto lograba que la moneda local tuviera el respaldo de las divisas fuertes.

En realidad, por ese procedimiento, muy útil en el terreno práctico, lo que sucede es que el signo monetario nacional se convierte en una ficción encaminada a salvaguardar el orgullo nacional, algo de lo que puede prescindirse si se recurre directamente al uso de la moneda extranjera, medida que traería unas indudables ventajas a las economías débiles y pequeñas. Esto es lo que en su momento planteó Carlos Menem, y quizás no andaba muy descaminado.

Si a mediados de la década de los noventa, la Argentina hubiera dado el paso de dolarizar directamente su economía, probablemente se habría ahorrado el caos padecido unos años más tarde. Ese es el caso ,por ejemplo, de Panamá. El balboa solo existe en moneda fraccionaria, o sea, en cambio chico, ya que lo que circula es el dólar norteamericano. Cuál es el resultado? Primeramente no hay que acumular reservas; segundo, no es necesario tener un Banco Central emisor, y, por lo tanto, la máquina de imprimir está donde debe estar: bien lejos de los políticos; tercero, la inflación es la que rige en los Estados Unidos, que siempre es más baja; cuarto, se termina la especulación monetaria; quinto, los inversionistas extranjeros y nacionales pueden dormir tranquilos. Es verdad que el honor patrio puede resultar magullado para algunos (la tan manida y súper manoseada soberanía) como conciencias nacionalistas muy sensibles, pero no parece que los panameños sean más desdichados por tener dólares en los bolsillos que los hondureños por tener lempiras o los guatemaltecos por tener quetzales.

En todo caso, si se cuenta con una moneda fuerte que no pierda brutalmente su capacidad de compra, no son los ricos los únicos que se verán beneficiados. Esa ventaja impediría por ejemplo, el triste espectáculo de nuestros jubilados, frecuentemente sorprendidos por el miserable monto de las pensiones que les esperan al final de sus vidas, o la tragedia de nuestras clases medias cruelmente sacudidas con cada devaluación que reduce drásticamente su poder adquisitivo hasta convertirlas en menesterosas.

Son infinitos, pues, los problemas que afectan a América latina y que convierten nuestro desarrollo en una penosa marcha cuesta arriba. Pero todos sabemos por dónde se inicia la muy compleja solución: tengamos una moneda sólida. Es sobre ese cimiento que se construye el resto del edificio.

Nota del autor: Escribir este artículo fue para mí como un "viaje al pasado" cuando entre línea y línea recuerdo tristemente la debacle que causó el "rompimiento" de la infame "tablita" en nuestro país. Recuerdo que muchos se suicidaron, otros quedaron en la calle, otros perdieron su status social, otros como mis padres optaron por emigrar, quizás, la solución más cobarde.....pero eficiente.
Una moneda estable nos ha permitido a nosotros ,y a millones de emigrantes más el poder planear hacia un mañana sin zozobras, acrecentando así, las posibilidades de sentirse partícipe del la economía global y no tener que mirarla desde afuera con la "ñata pegada al vidrio" deseando lo que está adentro del escaparate como si fuera algo prohibitivo para millones de latinoamericanos.
Exigirles a nuestros políticos más pragmatismo y menos demagogia sería un buen comienzo.