Días pasados concurrió a la comisión de Presupuesto de la Cámara de Representantes el ministro de Ganadería, José Mujica. Allí, nuevamente, informó de sus frustraciones y decepciones, algo ya reiterado en sus apariciones públicas. Los diputados del Partido Nacional le pidieron que asumiera su condición de ministro y terminara con esa letanía cansina. Desde que asumiera como diputado, luego senador y ahora secretario de estado, siempre anunció que iba a renunciar, pero nunca lo hizo.
En su intervención dijo: "Tengo 70 años, hay días que no puedo mover ni las tabas, estuve 14 años en cana y tengo nueve balas en el cuerpo". El diputado blanco Jorge Romero puso en tela de juicio el desempeño del ministro y éste fuera de sala y frente a los medios de comunicación, le respondió con una frase que revela toda una concepción. Mujica, molesto con el legislador blanco, preguntó, "¿pero en qué comisaría estuviste preso vos para decirlo?", agregando que tuvo que cuidar las formas y "bancarse" las expresiones de Romero.
La pregunta lanzada por el ministro da a luz un concepto que sin duda refleja su pensamiento, pero no solo el de él. Según considera, existe una autoridad, una legitimidad, que la da el haber estado preso en la dictadura. La cárcel y las balas en el cuerpo, según su manifestación, operan como legitimación que habilita a no poner en duda ni las manifestaciones ni las acciones de quienes pasaron por esa realidad.
Hay, según esta particular forma de pensar, dos categorías: la de quienes sufrieron, porque así fue, la prisión en dictadura, y la de quienes no. Para los primeros hay patente de corso, para los segundos ni siquiera la posibilidad de la crítica.
Agrega que tuvo que cuidar las "formas", como si hacerlo fuera un sacrificio, lo que también significa que no aprendió nada. Porque entre otras cosas vuelve sobre la teoría que defendió hace cuarenta años, cuando descreyendo de las formalidades que impone el sistema democrático, que operan también como garantías, se levantó contra ellas en busca de una concepción de la democracia que no reparaba en ellas, y por lo tanto no era democracia. Vinieron doce años de dictadura, en las que ahí sí no hubo ningún tipo de formas, y el país entero sufrió esa carencia, y el propio Mujica debió aprender lo fundamentales que son. Las "formas" son, entre otras, que un ministro debe responder a los representantes de la ciudadanía por sus actos, que hay separación de poderes y que el Legislativo fiscaliza al Ejecutivo, y que la administración de justicia es independiente. Las "formas" implican que nadie será perseguido por sus ideas y vaya que el ministro debiera haber aprendido la importancia de esto y que, entre otras, "todas las personas son iguales ante la ley, no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes" como reza nuestra Constitución.
No hay balas en el cuerpo ni años de prisión, por injusta que fuera, que den autoridad a no respetar las mismas.
Pero también sería oportuno un poco de autocrítica. Uruguay, la enorme mayoría de los uruguayos, padeció la soberbia de quienes se creyeron dueños de nuestras libertades, de un lado y del otro. De los que se levantaron en armas poseídos de una legitimidad autoproferida, y de los que se creyeron que las armas que el Estado les otorga las pueden usar contra la Constitución. Unos y otros son autores materiales de los padecimientos que vivimos durante años.
Ahora Mujica es una autoridad pública. Llegó a serlo por el mandato que emana del respaldo popular. En ley, en la misma ley por la que Romero es diputado y lo critica. Así es la democracia, no que hay que "bancarse", sino que hay que cuidar.