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Julio Dornel

Autos y Jardines de la Aldea
por Julio Dornel

 
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         El automovilismo fronterizo tiene que haber sido una de las grandes pasiones de los primeros vecinos del poblado, acostumbrados a los carros y diligencias que lucían su prestancia en las primeras décadas del siglo pasado.

         Los primeros autos eran lentos, torpes y pesados pero significaron la mayor satisfacción para quienes  tuvieron el honor de pilotearlos o dar alguna vuelta por el rancherío levantando polvareda.

         De todas maneras eran muy pocos los vecinos que podían disfrutar de un paseo motorizado.

         Hace más de 70 años  los pocos habitantes  miraban  asombrados el desplazamiento de los primeros automóviles por las calles polvorientas de la insipiente aldea.  

         Recorrían los campos y las calles de tierra asustando perros y espantando caballos que en muchas oportunidades disparaban con los carros provocando verdadera conmoción  entre la población que se refugiaba en los ranchos por temor a ser atropellados.

         No exageramos al decir que las primeras máquinas provocaban miedo y asombro entre los vecinos acostumbrados a la tranquilidad aldeana. Tan es así que un artículo periodístico de la época, ponía en duda la permanencia de estos aparatos argumentando que significaban un peligro para la población.

         Bastaba el ruido de los automóviles para que los niños se refugiaran en sus hogares ante el peligro que representaban estas máquinas que en algunas oportunidades sobrepasaban los 20 kilómetros por hora.

         Sobre las marcas que llegaron a la frontera en aquellos años  podemos señalar los Alfa Romeo, Opel, Jaguar, Austin, Porsche, Lotus, Lancia, SIMCA, Gordini y otras marcas que han perdido su vigencia.

         Entre varios recordamos el Ford V8 de Don José Regal, el Chevrolet 28 de Carlos Calabuig y  el Ford T de “Bibí”.

         Pasaron algunos años y llegaron pequeñas unidades para el transporte de pasajeros hasta el balneario La Barra o llevar delegaciones de fútbol y excursiones hasta las poblaciones próximas. Entre estos, un camión Ford modelo 56 con toldo y  un ómnibus Chevrolet 46 con capacidad para 25 personas.

Los jardines

         Por aquellos años el Chuy se congregaba en un ritual casi sagrado en el amplio galpón  del Club Luz y Vida en territorio brasileño, al que se llegaba previa caminata por la “Internacional” para saludar amigos o simplemente para ponerse al día con los últimos acontecimientos.

         Por allí desfilaban las jóvenes de la sociedad fronteriza con sus collares interminables, caravanas que no “pegaban” con nada y zapatos con tacos exagerados que se clavaban como una puñalada en las calles de tierra y arena.

         Al frente de algunos domicilios, los jardines luchaban contra el invierno cuya escarcha quemaba rosas y malvones ante la preocupación de las abuelas.  Ningún fotógrafo registro el paso de aquellos años que nuestra adolescencia imaginaba eternos.

         Casas y ranchos, sobre calles sin nombre, que se identificaban con sus propietarios; la peluquería de Miguel García, los ranchos de “Birila”, Elvira Rotta y Ataides Cabrera entre otros. Más allá  los prostíbulos de  Sara, Laura y María Angélica. Cosas imaginarias o reales para el mejor recuerdo, que se quedaron para siempre en la retina de cada vecino. 

         Fuera de la planta urbana y con berretines de casa quinta el edificio de las hermanas Quelo, con sus muebles viejos y altos que se codeaban con el techo. Caserón enorme con sus espejos y fotos redondas de los antepasados;  Hoy todo es historia.

© Julio Dornel para Informe Uruguay

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