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Año V Nro. 372 - Uruguay, 08 de enero del 2010  
 
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La educación estatal
y la agonía de la razón

por Walter Puelles

 
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         Información y criterio son dos cosas distintas. Como bien señala el escritor chino Lin Yutang, candidato al Nóbel de literatura en 1973: "es muy diferente saber y pensar. Quien mucho sabe, no necesariamente tiene juicio y razón. Peor aún, el discernimiento erróneo del informado es más peligroso que el juicio equivocado del ignorante" (en La importancia de vivir, publicado en 1973). ¿Le suena esto familiar? ¿Está su hijo recibiendo la educación correcta? ¿Cree que toda educación es de por sí buena? Lo invito a dudarlo.

         El hombre educado, agrega Yutang, es ése que gusta de lo correcto y rechaza lo incorrecto. Para Yutang la educación era sencillamente el desarrollo del buen gusto por el conocimiento y las buenas formas de conducta. Pero para discernir entre lo correcto y lo incorrecto, así como para desarrollar el buen gusto, es necesaria la libertad. Ni el discernimiento ni el buen gusto pueden ser valores impuestos obligatoriamente.

         Lamentablemente, la libertad no ha sido una condición humana adecuadamente respetada. Antiguamente, y aún hoy en día en varias culturas del mundo, eran los padres quienes arreglaban las nupcias de los hijos. La elección de la novia era un tema ajeno a la decisión de los hijos. No obstante, quedaba la tibia esperanza de confiar en el buen gusto de los padres, quienes, por supuesto siempre querrán lo mejor para uno. Pero cuando nos referimos a la educación estatal, la libertad y la esperanza desaparecen, como desaparecerá la educación y toda noción de buen gusto.

         La educación, nos dicen los entendidos, es vital para superar el problema de la pobreza, sin ella no hay crecimiento. Mas bajo esta premisa, la mayoría de estatistas ha camuflado su verdadero interés y disipados sus naturales miedos. Y es que quedar sin empleo no es poco. No importa la muerte de la razón y el buen gusto a manos del adoctrinamiento, más vale el trabajo seguro. Sin libertad para elegir, la instrucción simple y llanamente se convierte en burdo adoctrinamiento. La enseñanza de la “historia” es el ejemplo más palpable de ello, la verdad es lo que menos importa.   

         ¿Pero cómo es eso de que la intervención del estado en la educación afecta el discernimiento y el buen gusto de la gente? Pues desde el momento que la torna obligatoria y ajena al intercambio voluntario. Si estoy obligado a tomar algo ¿Qué sentido tiene razonar? La educación estatal es para las sociedades donde se imponen, que son casi todas, un elemento cuasi religioso, un dogma de fe que la gente tiene que adoptar.

Razón y mercado

         La intervención del Estado rompe la alternativa con la que el mundo cuenta para desarrollar el buen gusto, aquella que ofrece el mercado. En ausencia del mercado los servicios de enseñanza están condenados al fracaso. Así, no deberíamos sorprendernos por qué, pese a las ingentes cantidades de recursos invertidos en educación, la pobreza no disminuye, y si disminuye no es precisamente por la educación provista por los sistemas escolares, sino por lo que el propio mercado entrega: información. Advirtamos sino cómo la productividad de la gente mejora cuando las empresas se tecnifican mediante la compra de máquinas cuyo uso creará nuevas formas de producción, o cómo el desarrollo de los autoservicios ha introducido nuevas formas de trato al cliente.

         ¿Es el mercado producto de la razón? El problema económico radica en conseguir los medios más adecuados para superar la escasez. Para lograr este cometido el ser humano posee la razón. La razón nos permite crear y elegir los medios más apropiados para lograr nuestros fines. El mercado como mecanismo que permite a uno tener los bienes de otro, ha sido adoptado por las mayorías como la forma más adecuada para superar la escasez. Es cierto que cualquiera podría iniciar el penoso camino de producir todo aquello que consume, pero a quién se le ocurriría tomar hoy esa opción. La renuncia al mercado por si misma un acto antisocial.

         La elección del mercado no es ni moda ni capricho. Todo lo que Ud. ahora tiene puesto, sino lo tejió su suegra, fue comprado en alguna tienda. ¿Por qué entonces, a diferencia de la ropa, la educación debe ser provista por el Estado? ¿Qué de malo tienen las empresas? El intercambio ha sido adoptado por las mayorías sin mediar planificación e imposición alguna. No existe mandato legal que obligue a la gente a intercambiar. Aún en los países donde los mercados han sido reprimidos, las relaciones mercantiles han sabido sobreponerse. La gente se ingenia y busca cómo hacer negocios. Eso es el ejercicio de la razón. 

         Importa realmente poco que la gente conozca explícitamente qué es el mercado y cómo funciona, pues toda acción libre y deliberada es por si misma racional. Intercambiar implica un proceso de evaluación y cálculo que todas las personas realizan de alguna forma. Sin obligatoriedad el ser humano es libre de razonar y actuar en procura de su bienestar, más con presencia de la misma el hombre pierde su principal medio para prosperar: la razón.

         De esta manera, sistemas como la educación estatal que se configuran limitando la libertad son simplemente irracionales, pues la razón es un elemento propio de los individuos, no de los estados. Los sistemas obligatorios pueden ser idóneos para quienes lo imponen, pero no necesariamente para quienes lo adoptan. Y es que al restringir la libertad se afecta la razón y el buen gusto. La creación se vuelve un elemento ausente sin el cual ninguna actividad económica podrá prosperar. 

Estatismo y educación

         Contemplar los problemas humanos desde la esfera pública es una tradición muy antigua. Por el contrario, el mercado como mecanismo extendido tiene una tradición relativamente novel, y más novel aún su estudio, desarrollado recién en los últimos siglos por ciencias como la economía. Son precisamente esos estudios los que hoy nos indican que la “planificación central” es inapropiada para organizar actividades como la educación. La planificación central no genera ni la información ni los incentivos que sirven al discernimiento. Todo lo contrario, lo distorsiona y afecta.   

         Sin información ni incentivos el sistema queda librado a la suerte. ¿Cómo sabe un colegio que está creando valor? ¿Conoce Ud. algún colegio estatal que haya quebrado? Evidentemente no. Basta una ley para imponer lo que el gobernante o su grupo considere conveniente. Cuando el Estado implanta sus programas la discusión simplemente se acabó, los padres no tienen más que pensar, nada que someter a juicio, simplemente tienen que enviar a sus hijos al colegio estatal más cercano y confiar que lo que recibirán les hará bien ¿Dónde quedó el buen gusto?

         En la educación estatal los cambios son confiados a la “mente” de un grupo de funcionarios que determinan y deciden por el resto la conveniencia de enseñar lo que enseñan. Son los llamados “especialistas”. ¿Será por ello que la educación estatal no ha tenido mayor evolución? Los ejemplos sobran. Programas especiales de capacitación, bachillerato escolar, el programa Huascarán, etc. Cada gobernante tiene desde la esfera constructivista una idea para solucionar el problema de la educación, ninguna de ellas procura devolverles su libertad.

         La “mente” de los funcionarios puede ser muy iluminada, pero no existe forma de conocer qué producto es el que convendrá a cada individuo. El objetivo es muy arrogante. Así, lo que debería ser producto del discernimiento familiar y las manifestaciones vocacionales del niño, se convierte en un sistema impositivo donde las familias quedan desprovistas de mecanismo de elección alguno. La educación estatal se configura así como un sistema irracional no sus resultados, sino porque lo impuesto no nace del discernimiento ni la elección.

         El discernimiento de las personas queda así reducido a su mínima expresión, como a su mínima expresión queda la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos. Es un corto circuito que rompe el principio de correspondencia, pues ya no es la familia quien invierte y vela por sus fines, sino el Estado. Y es que el Estado no sólo posee el monopolio de la enseñanza estatal, sino que ha convertido a este sistema en el medio educador por excelencia. No hay más. ¿Y la educación en el trabajo, el hogar? Bien gracias.

         El trabajo infantil ha sido prácticamente criminalizado, olvidando que el conocimiento está en el mercado y que el trabajo es una forma de adquirirlo. El trabajo educa, muestra la realidad tal y como es.  Por su parte, los padres han sido despojados de la responsabilidad de educar, la misma que empieza con la discusión de dónde y qué tipo de educación es la adecuada. La sociología tiene acá un importante campo de estudio, pues me temo que la deserción escolar no es más que una manifestación de disgusto, una señal de protesta de quien no se resigna a ser llamado “malo” aún con el riesgo de terminar cayendo en algo más bajo que ello.

         Lo peligroso de un sistema escolar obligatorio radica en las dificultades que enfrenta “la razón” como mecanismo de elección. Las propuestas estatales fracasan porque no operan bajo los criterios de razonamiento del ser humano, tanto para crear nuevas alternativas de enseñanza como para discernir la conveniencia de las mismas. La educación estatal en los países latinoamericanos y el mismo Estados Unidos no es diferente a la Cuba de Castro. Ambos son un sistema de planificación por excelencia.

Los mecanismos de mercado

         En una economía de mercado, cuando las personas se convierten en clientes de una panadería lo hacen en función a su discernimiento. Lo hacen porque consideran que esa es la mejor alternativa. La fidelidad se convierte así en un goce que disfrutan el panadero y sus clientes. Lo mismo ocurre cuando uno se hace cliente de una marca de ropa, cereal o yogurt. Este ejercicio no hace más que desarrollar el poder de discernimiento de la gente de una forma tan igual como cualquier deportista ejercita sus piernas o como cualquier ajedrecista desarrolla su sapiencia.

         Pero cuando las personas envían a su hijo a un colegio estatal porque la ley lo obliga, o porque el Estado a través del tributo le quitó el presupuesto para disfrutar una opción privada, las consideraciones son distintas. Nadie se siente cliente de un colegio estatal. Las decisiones de compra son elementos que proveen información importante para conocer qué es lo que la gente prefiere, es una especie de voto electoral que revela las preferencias. Si la propuesta es buena, las ventas de la empresa suben, y sino la mercadería será devuelta y aumentarán los inventarios.

         En el mercado no falta quienes propongan cosas disparatadas. Es cierto. Productos de mala calidad que conspiren contra los fines que persiguen las personas. Sin embargo, de ahí a que éstas propuestas se impongan y sean aceptadas por los consumidores hay un trecho largo. Ningún producto malo puede ser a la vez exitoso, o por lo menos no por mucho tiempo. Las empresas que no logran satisfacer a sus clientes desaparecen. Esa es la forma como el mercado crea nuevos modos de producción.

Las empresas educativas

         Pero la sociedad sigue confiando de una u otra forma que algún día las cosas cambiarán, y el evolutivo entendimiento de las leyes del mercado y el conocimiento mismo de la naturaleza humana nos avisará del penoso error en que nos encontramos. De hecho, actualmente existe un creciente número de familias que desconfía de la educación que brinda el Estado y opta por una escuela privada. En los últimos años el desarrollo de la industria educativa privada ha ido proporcionando a las familias nuevas alternativas para satisfacer sus expectativas.

         Incluso en estratos socioeconómicos donde antes era impensable el desarrollo de alternativa privada alguna se vienen constituyendo una cantidad de empresas educativas que están devolviendo a las familias su capacidad de discernimiento y la potestad de tener nuevamente en sus manos esa responsabilidad que nunca debieron perder, la de elegir el tipo de educación más conveniente para sus hijos. La promoción de la inversión privada en la educación debería ser incluida en la agenda política, pues esta no tiene por qué ser exclusividad de la minería o las telecomunicaciones.

Fuente: Acrata

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