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Año V Nro. 272 - Uruguay, 8 de febrero del 2008   
 

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Marcelo Ostriga Trigo

Apuntes sobre los partidos, sindicatos
y los movimientos sociales

por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)

 
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            Los partidos, movimientos, agrupaciones ciudadanas, o como se quiera llamar a los actores de la política, tienen el afán de predominar y alcanzar el poder público. Lo hacen –así lo proclaman todos– para poner en práctica sus postulados. No se puede imaginar una organización que actúe en la política que renuncie a este objetivo.

            Pero no todo es tan simple. Ahora se ha complicado mucho. Hasta hace unos años, las organizaciones sindicales incursionaban en la política nacional, agrupándose en centrales de trabajadores para negociar, con fuerza, con el gobierno al que apoyaban –o para ubicarse en lugar preferente en la oposición–, y así influir en la política con la esperanza de un futuro trato preferencial para los trabajadores. Este movimiento agrupaba a sindicatos, federaciones, confederaciones y centrales obreras.

            En Bolivia, los movimientos sindicales, a la caída de su aliado, el Movimiento Nacionalista Revolucionario (1964), fueron debilitándose y, al fin, perdieron su capacidad de negociar para integrar gobiernos. Esta declinación se prolongó más allá del advenimiento de la etapa democrática, que se inició en 1982, y que fue dominada por los partidos que, sin  embargo, al final, no pudieron superar su paulatino y creciente desgaste.

            Parece válido afirmar que un movimiento social tiene una “categoría político-popular” y, como tal, es una “agrupación informal de individuos u organizaciones dedicadas a cuestiones político-sociales que tiene como finalidad el cambio”. “Los movimientos sociales como estructuras de cambio social tienen su origen en las crisis de las organizaciones de la izquierda socialdemócrata y del socialismo real, principalmente partidos políticos y sindicatos.

             “Los movimientos sociales rara vez confluyen en un partido político; su labor se basa en presionar al poder político mediante reivindicaciones concretas o en crear alternativas. Estas alternativas o reivindicaciones se convierten en su principal identidad, sin tener que llegar a plasmar un ideario completo”. Es, precisamente, por esta carencia de ideario y proyectos políticos nacionales que en Bolivia tales movimientos sociales, cuando intervienen en los acontecimientos nacionales, como en la violenta caída de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2002, aunque se los percibe como incontenibles para influir decisivamente en la política, no fueron capaces de tomar el Gobierno. Entonces nació una nueva alternativa: la del Movimiento al Socialismo (MAS) del líder cocalero Evo Morales, que llenaría el vacío dejado por la coalición de Gobierno en desbande: la del Movimiento Nacionalista Revolucionario. En estas circunstancias, el MAS triunfó fácilmente en las elecciones de 2005 ante un ingenuo e incapaz intento de formar una fuerza política electoral alternativa con los despojos de los derrotados.

            Los movimientos sociales no tuvieron entonces otro camino que unirse al carro vencedor, así éste no tenga ni el discurso y ni las posibilidades de encarnar las aspiraciones populares de alcanzar mejores niveles de vida.

            Conformado un gobierno con uno o más partidos, o con la presencia siempre amenazante de los nuevos movimientos sociales, no se acaba el forcejeo; más bien continúa peligrosamente. Surgen entonces las tensiones partido–movimientos sociales, por las crecientes demandas de los últimos. Esta alianza constituye siempre un modelo que se agota  rápidamente por sus contradicciones internas.

            La mezcla de populismo y movimientos sociales poco definidos, siempre desemboca en fricciones que van minando la fortaleza de un régimen. Según la experiencia boliviana, las demandas de prebendas de los dirigentes de los movimientos sociales –no se sabe quién los elije ni como se los selecciona– generalmente van creciendo, puesto que así reparten beneficios entre sus adherentes para  cimentar una nueva clase ante un gobierno siempre temeroso de enfrentarlos con  la ley. Los ejemplos están a la vista: dirigentes de El Alto (léase movimientos sociales) ya mostraron las garras, al exigir al gobierno de Evo Morales cuotas de poder, como la designación de uno de ellos como ministro de Estado.

            Por ahora, la unidad gobierno-movimientos sociales se asienta, fuera del propósito de incentivar la acción oficial prebendalista, en enfrentar lo que se considera el mayor peligro común: los gobiernos departamentales que han resuelto emprender el honroso camino de la autonomía. De esta manera, la resistencia oficial a las autonomías contribuye temporalmente a esa unidad, Sin embargo, su fragilidad no desaparece. Tarde o temprano el afán de medrar entrará en colisión con los designios de dominación –que vienen del exterior– de un régimen populista resuelto a perpetuarse en el poder.

 
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