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Año V Nro. 272 - Uruguay, 8 de febrero del 2008   
 

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Fernando Pintos

Un idioma que nos mide
con muy diferente vara…

por Fernando Pintos

 
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            Si por casualidad existiera algo así como una «Sociedad Hispano-Americana de los Derechos Femeninos», y se dieran sus miembros (con el perdón de la palabra) a estudiar la diferencia de connotaciones que establece nuestro idioma entre lo que es masculino y su contraparte femenina, de buen seguro deberían quejarse amargamente y, ¿qué duda existe de que les cabría entera razón? En la práctica, la lengua de Góngora y Cervantes parecería reflejar tan enraizados como intrincados prejuicios machistas, y se hace harto evidente que, en la práctica, se encarga de medir el contenido de sus significados con muy diferente vara, siempre que se trate de comparar al hombre con la mujer. Y si alguien no me creyera del todo, repasemos los siguientes ejemplos.

            Cuando decimos «el Zorro», nos estamos refiriendo a un célebre espadachín justiciero de las ritas cómicas y el cine… Cuando decimos, en cambio, «esa zorra», estamos señalando sin piedad a una tramposa o una puta. Si decimos «perro», hablamos sobre el mejor amigo del hombre… Pero si mencionamos «perra», se trata de una maldita o de una puta (o de ambas cosas a la vez). Un «aventurero» es, sin variantes, un tipo de cualidades: valiente, arriesgado, intrépido… Pero una «aventurera» casi siempre significa «una puta». Al tipo que es «ambicioso» se le admira como avanzado y visionario… A la tipa que es «aventurera», se le desprecia como una rea y una puta. Un «cualquiera» pudiera ser o Mengano, o Zutano, o Fulano… Una «cualquiera», por oposición, es de seguro una puta. «Regalado» es, simplemente, el participio del verbo «regalar»… La «regalada», en cambio, es una puta. Un «callejero» será alguien perteneciente a la calle, digamos un tipo urbano… Pero una «regalada» es, ¡una vez más!, una puta. En tanto que el «hombrezuelo» es apenas un hombrecito enclenque y debiloide… Una «mujerzuela» es ni más ni menos que una puta (y de las grandes). «Hombre público» es un personaje prominente… «Mujer pública» es, para variar, una puta. El «hombre de la vida» es alguien con gran experiencia y know how… La «mujer de la vida» es una simple puta. La expresión «atorrante» siempre se refiere a un simpático vividor, vagabundo y haragán… La «atorranta» es una puta lisa y llana. Mientras que un tipo «rápido» es un inteligente y despierto ciudadano… Una tipa «rápida» es aquello que ya sabemos.

            Y los anteriores son apenas unos pocos ejemplos de cómo funciona nuestro idioma cuando se trata de medir a uno y otro sexo  con muy diferente vara. Véase, por ejemplo, que mientras Dios es el creador del universo y divinidad tan suprema como indiscutida, la «diosa» es apenas un ser mitológico, perteneciente al más pretérito folclore de culturas supersticiosas, obsoletas y olvidadas. En tanto se considera al «patrimonio» como un conjunto de bienes, se piensa que el «matrimonio» es una la suma de todas las maldiciones. Mientras que un «atrevido» es alguien caracterizado por el coraje y el arrojo, una «atrevida» es, ¡a no dudarlo!, una individua insolente y mal portada (presumiblemente, también puta). Al «soltero» se le considera un tipo listo, que sabe disfrutar las cosas buenas de la vida (especialmente su libertad)… Muy por el contrario, de una «soltera» se presume que sea tonta, que se le haya escapado el último tren o que, una vez más, sea puta. Mientras un «divorciado» es un tipo inteligente que vuelve a vivir la vida, de una «divorciada» siempre se podrá sospechar (y comentar, ciertamente) la condición añadida de mujer fácil. Mientras el «suegro» es un respetable padre político, la «suegra» será siempre una vieja bruja, entremetida, insoportable y enredadora. Y si un «machista» es considerado hombre macho… Pues bien, de una «feminista» muchas veces se sospecha y señala la condición de marimacho. Por no decir que mientras cualquier «Don Juan» es un enamorado del amor y un gran conquistador… Una «Doña Juana» habrá de ser, casi siempre, aquella señora que hace la limpieza…

            En consecuencia: en tanto que George W. Bush es considerado en todo el planeta como un destacado «hombre público», ni se le ocurra a Hilary Clinton reclamar para sí el mismo título, por más que pudiese ganar las primarias del Partido Demócrata y convertirse, de aquí a un año, en la primera mujer elegida como Presidente de los Estados Unidos de América. ¡Ah, ese idioma prejuiciado y machista!

 
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