Año III - Nº 125 - Uruguay, 08 de abril del 2005

 

 

 

 

MERCOSUR:
Entre el realismo periférico
y el voluntarismo utópico

Por: Enrique Martinez Larrechea ( * )

El acercamiento económico y (quizá) político de Argentina y Brasil responde a una tendencia inexorable e irreversible que ya está más allá de la voluntad de los gobiernos. Por consiguiente, el Uruguay no tiene otra opción que integrarse en el sistema, que lo aplastaría si estuviera afuera, y funcionaría mejor si estuviera adentro. Pero, aun en este caso, nuestro país puede dañar irreversiblemente su destino si no se prepara con energía y con audacia para el desafío que esto encierra.

Wilson Ferreira Aldunate


El país ha visto desenvolverse en el pasado reciente, a instancias del gobierno del partido colorado (2002-2004) una errática política exterior, en especial en relación al Mercosur, en un momento en el que, más allá de marchas y contramarchas Argentina y Brasil han reafirmado, sin duda, su voluntad de constituir un eje político, económico y comercial en la región sudamericana.

Suele ponerse de manifiesto, por parte de los críticos de ese proceso, lo que serían pálidos o insuficientes logros comerciales (básicamente, el retraso en la adopción de una política comercial común) victorias pírricas, cuestiones irresueltas y la existencia de tremendas asimetrías internas en el bloque.

Ello puede ser cierto hasta cierto punto, pero no parece tener la fuerza esencial de un dato básico: el proceso de integración regional se sostiene desde hace una década y media y se amplía, soportó bien los shocks externos y las turbulencias domésticas, así como los diversos enfoques ensayados por las políticas exteriores nacionales y se proyecta como un escenario estratégico principal para los países miembros, tanto como para los nuevos asociados.

Así las cosas, está claro que el Uruguay requiere una política exterior de estado, independiente y celosa del interés nacional, orientada a incorporarse activamente en el proceso de integración regional sudamericana, cuyos núcleos fundamentales son el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones.

En ese sentido, tan malo como seguir con un realismo periférico fijista a la -en general prescindente y poco beneficiosa- hegemonía norteamericana como criterio básico, como lo ensayó la administración de Batlle, es el considerar a las coyunturas político-electorales o a las circunstanciales afinidades ideológicas, la regla de oro de la política exterior nacional, tendencia que parece orientar las acciones de la flamante cancillería local.

Para colmo de males, el progresismo en el Gobierno, inaugura su gestión con un rotundo no al puente Colonia-Buenos Aires, priorizando una cuestionable alianza con un empresario monopólico (pero afín) y postergando definiciones de mucha mayor envergadura. El ministro de Transporte Rossi, ex dirigente del gremio de los autobuses parece preferir el transporte fluvial flechado.

Es parte del precio resultante de los apoyos proselitistas de López Mena, el más flamante operador electoral del Frente Amplio en Maldonado, fuerza política que inaugura así, desde el gobierno, lo que constituye una pésima señal económica: más que empresarios schumpeterianos y capaces de arriesgar, preferimos asegurar el beneficio a los monopolistas que paguen su peaje a la construcción de nuestra hegemonía política partidaria. Estamos muy lejos en este punto, de cualquier posible formulación de una política de estado.

La vecindad regional: el Mercosur y la Comunidad Andina

El rol del Uruguay en el Mercosur supone, necesariamente, la recuperación del dinamismo del bloque sureño, en el que están llamadas a tener un rol sustantivo los países relativamente menores: Bolivia, Paraguay y Uruguay como nexo estructural y eje de articulación del espacio argentino-brasileño. No un eje dependiente, sino un eje activo, dinámico y capaz de incidir políticamente en la definición de dicha articulación.

El Mercosur requiere redefinir sus consensos fundamentales y re-lanzar las estrategias que la reciente crisis regional impidieron concretar, aunque ya las circunstancias regionales e internacionales hoy vigentes no son las mismas.

La lógica de los estados continentales, que se inaugura con los Estados Unidos hacia 1890, hoy determina que toda la región sudamericana, incluidos los países mayores, conforma un espacio marginal en la política mundial y en el intercambio económico global.

Las repúblicas soberanas que integramos ese ámbito geográfico, cultural, económico y político, necesitamos en consecuencia un proyecto colectivo que nos permita un diálogo político y económico real con los otros grandes espacios del poder mundial. La soberanía del Uruguay, no está en contraposición con la idea de una vertebración de los pueblos de América del Sur, lo que tampoco supone el desconocimiento de nuestra filiación iberoamericana y latinoamericana.

Esa idea no responde a la idea de una comunidad ideológica ni depende del signo político coyuntural de los gobiernos de América del Sur. Constituye, por el contrario, un proyecto político que hunde sus raíces en la lucha de Oribe y Rosas contra la intervención de las potencias imperiales y, antes, en el proyecto confederal artiguista, pero que a la vez posee una intensa actualidad histórica.

Es por ello que se impone un pro-activa actitud del Uruguay a favor de la articulación de una verdadera comunidad sudamericana de naciones, sobre las siguientes bases:

- Reactivación del Mercosur y compromiso activo de los estados socios en esta tarea básica.

- Convergencia de políticas de educación superior, ciencia y tecnología en el espacio sudamericano (también, antes, en el ámbito mercosureño).

- Articulación con la Comunidad Andina de Naciones para que ésta y el Mercosur, suministren, sin duplicarlo, el sostén político-burocrático de la Comunidad Sudamericana de Naciones.

- Desarrollo de una Política Exterior Común, basada en el respeto a las patrias chicas, la observancia del derecho internacional, la autonomía y la autodeterminación.

La política internacional en un contexto global

La actual estructura del orden internacional está signado por la debilidad de las instituciones surgidas al final de la Segunda Guerra Mundial, y particularmente, de las Naciones Unidas.

La nueva teoría de la guerra preventiva, el proteccionismo de los países más desarrollados, la insuficiencia de la cooperación internacional con el desarrollo, la emergencia de nuevas amenazas naturales y sociales, requieren que nuestro país y nuestra región contribuyan en la medida de sus posibilidades a una política internacional de corte multipolar, en el que las grandes potencias de Asia, Rusia y la Unión Europea, operen como contrapeso del poder estadounidense.

Para ello, sin perjuicio del establecimiento de relaciones de amistad, comercio y cooperación con todos los Estados, el Uruguay debe desarrollar una política internacional que recupere los principios de exigencia de respeto a los derechos humanos (sea que se violen en Guantánamo o en el resto de Cuba), de fidelidad al derecho internacional, y a la soberanía, autodeterminación y no intervención en los asuntos externos de otros estados.

Pero ello parece una tarea imposible desde un enfoque de política exterior que, según las primeras señales del gobierno electo, se mueve por afinidades ideológicas y datos coyunturales y que comienza a alejarse peligrosamente en algunos aspectos significativos de los acuerdos multipartidarios firmados en febrero por todas las fuerzas políticas.

( *) Artículo publicado en El Plata Info y reproducido con autorización