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Año V Nro. 298 - Uruguay,  08 de agosto del 2008   
 

 
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¿Sensación térmica?
por Ernesto Martínez Battaglino

 
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         Pretender tocar el tema “seguridad ciudadana” ya empieza a ser tedioso, repetitivo y cada vez menos original, dado la cantidad de inquietos que, como yo, han optado por referirse a éste, dado que sin duda, es el que más preocupa por estos días y por razones cada vez más parecidas, pero no por eso menos inquietantes, dado la virulencia y agresividad que van tomando los asaltos, rapiñas, copamientos, violaciones y todo tipo de destrucción física y moral, que personas de cualquier calidad económica, edad o sexo, se ven enfrentados a padecer, no importando día, hora, o lugar.

         Claro que esto no es ni nuevo ni que haya surgido en este período de gobierno, dado que este panorama lo venimos sufriendo desde la vuelta a la democracia, donde han pasado todos los partidos políticos con posibilidades de ser gobierno, pero claro que, en cada uno, presentándose en forma más mórbida, agresiva y numerosa.

         Lo que no puede escapar a la perspicacia pública ni a las encuestas -lo que cada vez más nos demuestran la gravedad de la situación- es el hecho que ha venido provocando un cambio en la vida de nuestro pueblo, donde cada vez menos familias se animan a dejar la casa sola. Se toman precauciones extremas cuando se sale de noche y se gasta hasta lo que no se tiene en enrejar casas y hasta electrificarlas, sin que falten las dobles o triples cerraduras, candados, y alarmas de todo tipo. Esta situación ha provocado que se tuviera que elevar el gasto habitual, acumulando una inquietud más a las múltiples que, con el hecho en sí, por cierto alcanza y sobra.

         El haber querido “compensar” el período dictatorial donde la disciplina, el orden y la represión a cualquier exceso era el común denominador imperante, lo que nos había acostumbrado a contar con una real seguridad, fue lo que se fomentó por parte de las capas y organizaciones que habían sufrido mayor represión, creyendo que la democracia les daba cancha libre para cometer cualquier exceso, sin represalias. El gobierno del momento, sin comulgar con esas posturas, igualmente fue tolerando ciertas cosas más por miedo a que se le tildara de “represor”, que por estar de acuerdo que el orden y la autoridad se les estuviera yendo de las manos, de la ley y hasta de la Constitución. Tiempos de tensión y euforia se vivían en el período pos dictadura.

         Ahí se empezó a correr una carrera para ver qué partido político era más liberal en cuanto a marcar límites, ya que mucha gente, los más notorios, manifestaban estar  cansados que por tanto tiempo debieron guardar compostura, y esa masa, cada vez mayor y más activa, también votaba… por lo que eran más los que hacían la vista gorda que los que se animaron a poner un “basta” razonable. Desde ese panorama la juventud empezó a vivir con más libertad, e ir accediendo a lugares antes vedados para edades tan tempranas, donde tampoco las familias ya dominaban a esa juventud, ni esos mayores, parecieran, tenían los suficientes argumentos para hacer reflexionar a sus hijos, los que fueron perdiendo valores y fácilmente entraron en los vicios de la época y lo que el mundo les marcaba, donde empezó a campear el alcohol, el porro y la droga más agresiva, que terminara con la nefasta pasta base, último que llegó a trastocar conductas, carácter, ética y principios, llevándolos a la degeneración sexual y social, donde lo bueno y lo malo se confundían entre la bruma de la intoxicación, que cada vez les pedía más y más dinero para adquirir más droga, círculo vicioso difícil luego de salir.

         Llegado a ese extremo, como lo ha hecho la juventud uruguaya actual, ya no escatimó en asaltar, en robar, en matar hasta por unos míseros pesos, por el solo hecho que les servía para comprar una porción de pasta base. Por eso, los argumentos de la ministra Daisy Tourné de que no se consiguen mejores resultados en la persecución de los traficantes y de los vendedores de drogas, por ser de difícil captura ante la falta de leyes adecuadas que le permitan actuar a la policía con más éxito, y que, luego de apresados, los jueces los deban largar antes que a los policías que siempre son más severamente interrogados que los malhechores, y hasta con posibilidades de sanción y hasta de pérdida de su empleo, por el solo hecho de haber pretendido cumplir con la ley y reprimir a un degenerado no de fácil y pacífica captura (imposibles de “tocar” por lo de “los derechos humanos”), que se está haciendo rico a costillas de la miseria de los viciosos, que ellos mismos fomentan.

         Que la propia ministra del Interior justifique dificultades para que la Policía y el Poder Judicial actúen en salvaguarda de la población honrada y trabajadora por carecerse de leyes adecuadas, parece una tomadura de pelo. Que lo diga la ministra, representante de un gobierno que ostenta mayorías parlamentarias como para sancionar la ley que quisiera, y más, sobre este tema sin duda contando con la colaboración de la oposición, no se entiende que se argumente la falta de legislación para justificar la ineficacia en la represión y el acotamiento de los excesos de tantos.

Claro que con una ley tan nefastamente redactada de protección a la niñez y juventud como          la que hoy tenemos, es difícil que la autoridad se encuentre en condiciones de ponerle coto a quienes se saben impunes, sector justamente convertido en el más peligroso por saberse “protegidos”, bien adoctrinados por cierto por mayores experimentados, que son los que los enseñan y largan al ruedo del delito, amparados por la impunidad que la minoridad les da, y que ellos, bien saben aprovechar en provecho de las mafias organizadas.

         Si no se modifica esa increíble ley para que se permita proceder más eficazmente a la policía y a la judicatura, poco se podrá lograr. La mayor violencia parte de ese extracto etéreo que surge ya de todas las capas sociales, donde la rebeldía en atender los consejos de sus mayores o la simple negligencia o falta de ética y principios de la familia que los engendra, los precipita cada vez más al delito y a la drogadicción.

         Imprescindible –además- para pretender un éxito en el cambio, debería de empezarse por un adoctrinamiento impartido desde la Escuela Pública, reivindicando principios, ética y moral, como un curso curricular más, y que así, se lo siguiera en cursos superiores, como materia sancionable con eliminación.

         Además, hasta que no se legisle una escala descendente de sanciones a partir de los 18 años, y que los antecedentes, al superar la mayoría de edad no se pierdan como actualmente ocurre, apareciendo ese “menor” que de 15, 16 ,17 años que ha tenido decenas de detenciones, procesamientos y hasta imputaciones, pasan a convertirse en “angelitos puros y reivindicados” para la sociedad, sin que, lamentablemente, eso haya ocurrido en la gran mayoría, ya que habitualmente vuelven a delinquir no bien salen del INAU, pero como primarios.

         Si en el tiempo de detención, tanto en el INAU como en las Cárceles para mayores,  no solo recibieran cursos de cómo mejor realizar un delito por parte de los compañeros de ocasión, y sí las autoridades los tuvieran ocupados enseñándoles los programas escolares y liceales a los que les falte, así como oficios y otras disciplinas, preparándolos para cuando salgan conseguir un trabajo digno que los saque del círculo del delito al que estaban habituados, todo será inútil.

         Lo que el Estado y la sociedad gasta en todo el aparataje represor es en vano, si no se logra que esta gente, cuando sale en libertad, no lo hace con las herramientas adecuadas que les permitan entrar en la normalidad de una convivencia familiar y social, que los reivindique como persona.

         Esperemos que la señora ministra pueda encontrar la forma de implementar algunas de estas sugerencias y de otras más, complementarias, que la oposición también le presentara como colaboración a su gestión, procurando así encontrar una veta de mejoría a una situación que se ha tornado prioritaria y de extrema preocupación para la sociedad toda, ya que lo que vivimos por estos tiempos ya ha sobrepasado la tan discutida “Sensación Térmica”, para haberse convertido en una alarmante realidad.

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