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Año V Nro. 320 - Uruguay, 09 de enero del 2009   
 

 
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El Estado, ¿promueve o fagocita a la cultura?
por Hana Fischer

 
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         La cultura es el elemento esencial que diferencia al hombre del animal. ¿Por qué? Porque es la más palpable demostración de que los seres humanos están dotados de una naturaleza dual, compuesta de materia y espíritu.

         En la obra artística se proyecta lo que cada individuo encierra en su interior. Es fruto de una elaboración personal, que se origina en una determinada manera de comprender al mundo. Toda creación cultural tiene también una dimensión histórica, porque como dijo José Ortega y Gasset, “yo soy yo y mis circunstancias”.

         Por la misma razón que la cultura es la expresión más visible de la singularidad de cada individuo, es que la persona necesita, tanto como al aire que respira, vivir en un ámbito de libertad para desarrollarse plenamente. Únicamente con autonomía podemos desplegar al máximo nuestro potencial.  Además, es imprescindible el contacto con otros modos de entender la vida y el mundo; o sea, el intercambio pacífico con las más diversas civilizaciones.  Sólo en esas condiciones, como la historia se encarga de atestiguar constantemente, florecen las artes, la industria y el conocimiento. Y como derivación de esa energía positiva,  caracterizada por la abundancia de excentricidad, surgen las culturas que provocan la admiración del mundo entero.

         Por todas estas razones es que en un pueblo libre, la cultura es algo vivo, dinámico y cambiante. Asimismo,  ese clima hospitalario auspicia el  surgimiento de los mecenas y filántropos.

         Dentro de los dominios del Estado prevalece el perfil contrario. Los funcionarios se apegan a lo rutinario y es por eso, que detestan la originalidad y la innovación. En adición, cuando el aparato estatal se inmiscuye en las actividades culturales, indefectiblemente termina por manipularlas, con mayor o menor disimulo, como una forma de propaganda en beneficio propio. Por esta causa no debe sorprender que cuánto más lejos esté la cultura de la influencia de las autoridades, más intensa y diversificada será la vida cultural de esa nación.

         El mecenazgo, se enmarca dentro del concepto de filantropía y se caracteriza por tutelar fundamentalmente a las diferentes manifestaciones artísticas. Favorece el desarrollo sociocultural de los pueblos, porque  permite el surgimiento de nuevas concepciones estéticas, apoya a creadores hasta ese momento desconocidos, incluso descubriendo talentos ocultos en los lugares más insólitos. Por otra parte, facilita el acceso de la ciudadanía a una programación cultural diversificada y en muchos casos, de calidad.

         Peter Cotas, docente de Patrocinio Cultural de la Universidad de Barcelona, afirma que “El mecenazgo cultural, es decir, la ayuda, bajo diversas formas, del poder económico a las artes y las letras debe ser tan antiguo como la propia cultura y la riqueza; hace veinte siglos que Cayo Mecenas, protector de Virgilio y Horacio en la Roma clásica, dio nombre propio al mecenazgo, como apoyo desinteresado a la cultura y las artes, y a lo largo de la historia muchas figuras públicas y privadas han asumido también ese papel de protectores, como la familia Medici en los siglos XV y XVI. Nombres como Miguel Ángel, Shakespeare, Cervantes, Beethoven, Velázquez, Mozart son ejemplos notables de esa protección recibida por el arte de los mecenas de su época. La Iglesia, propietaria en España y en otros países de una parte importante del patrimonio artístico, ha sido también un mecenas destacado. Contemporáneamente, la Tate Gallery, Rockefeller, Guggenheim, Gulbenkian son ejemplos del mecenazgo más conocido y prestigioso”.

         La política del mecenazgo es lo que marca la diferencia primordial entre los mercados de las artes de diferentes países. Por ejemplo, en el de Estados Unidos, principalmente el neoyorquino, abundan los contactos y contratos gracias a su régimen en este aspecto.

         El académico e investigador chileno, Cristian Antoine, al referirse a las "Políticas culturales actuales", afirma que en los Estados Unidos se aplica lo que él denomina "modelo de la filantropía". El Estado facilita las actividades culturales pero "no interviene directamente" en ese campo sino que las estimula por medio de "la principal ley que ellos tienen: la ley tributaria (…) Le deja a cada contribuyente la posibilidad de destinar una parte de las obligaciones con el Estado federal a las causas que considere pertinentes (…) El modelo ha sido muy exitoso y es una muestra de cómo cada una de las personas contribuye al financiamiento de museos, galerías, universidades". Otro modelo que analiza este autor, es el que emplea Europa. Expresa que allí los países han creado sus propias leyes de mecenazgo "buscando el estímulo de las empresas a través de la concesión de beneficios tributarios", como sucede en España, Francia e Italia. "Este modelo también ha funcionado muy bien, pero hay que comprenderlo en el contexto de naciones que tienen una práctica de mecenazgo que se restituye a la época de los romanos (…) La diferencia con Estados Unidos es que el Estado no prescinde de su acción sino que también financia directamente muchas actividades".

         En los EE.UU. rige la libre competencia; en Europa, hay una defensa de la identidad cultural a través de políticas de protección y fomento de la televisión y el cine.

         Las diferentes aplicaciones del instituto del mecenazgo han tenido resultados bien concretos sobre las respectivas economías. Las industrias culturales en EE.UU. representan el 6 % del PBI; en los países de la Comunidad Europea, tan solo el 4 %. Lo que más exporta Norteamérica no son manufacturas, ni materias primas, ni productos farmacéuticos o alta tecnología, sino la cultura popular. Más de dos tercios de las entradas que se venden en los cines de Europa occidental son para ver filmes norteamericanos. El rock y la música pop, se encuentran entre los mayores rubros de exportación de los EE.UU.; la mitad de los discos que se comercializan en el planeta son de ese origen.

         En Uruguay, el mundo cultural se caracteriza por ser chato y gris. Lo cual no debe sorprender de un país absolutamente estatizado desde hace décadas. Por eso, la noticia de que se acaba de aprobar un sistema legal de patrocinio, que permitirá a las empresas privadas y a los particulares financiar emprendimientos artísticos y culturales con parte del dinero de sus impuestos, nos sorprendió gratamente. 

         Pero, la alegría fue efímera. Duró hasta que terminamos de leer la información completa. ¿Por qué? Porque la norma establece que regirá exclusivamente para los “proyectos específicos que hayan sido seleccionados” por un Consejo Nacional de Evaluación, integrado por jerarcas estatales, funcionarios públicos y sindicalistas.

         Según el diccionario, “fagocitar” significa “Hacer desaparecer una cosa absorbiéndola, incorporándola de modo que desaparece su individualidad”. Precisamente la imagen que nos viene a la mente, al leer el texto de la norma mencionada.

         Si esa idea del “mecenazgo” hubiera prevalecido en el mundo, ¡qué tétrico sería el panorama cultural de la humanidad! 

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Fuente: Diario de América
 
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