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Año V Nro. 320 - Uruguay, 09 de enero del 2009   
 

 
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por Carlos Alberto Montaner
 
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         Poco antes de su discurso del 1 de enero, profundamente antiamericano, Raúl Castro, entonces en Brasil, insistió públicamente en su deseo de hablar con el presidente Obama. ¿Por qué? ¿Qué se propone? Tiene tres objetivos en la manga: acceder a créditos blandos para importar productos americanos, pese a la bien ganada fama de insolvente que padece el gobierno; atraer a cientos de miles de turistas estadounidenses, y la excarcelación de cinco de los catorce espías cubanos capturados en 1999 por el FBI. (Nueve de ellos se declararon culpables, pactaron con jueces y fiscales, recibieron condenas muy leves y ya están discretamente integrados en el mundo americano.)

         Con los dos primeros objetivos alcanzados, Raúl Castro liquidaría prácticamente lo que queda del embargo. Con el tercero, contentaría a Fidel Castro, quien está empecinado en no morirse hasta que no regresen a Cuba sus agentes más ''duros''. Naturalmente, pese al clamor general en demanda de cambios políticos profundos, ni Fidel ni Raúl piensan abrir los márgenes de participación de la sociedad cubana. Se proponen mantener un Estado comunista de partido único y ausencia total de libertades. Por eso es tan acertada la crítica reciente de Pablo Milanés: el cantautor no espera nada de esa esclerótica dirigencia.

         El señor Obama tampoco debe hacerse ilusiones con relación a Cuba. Diez presidentes antes que él han tenido conflictos con el régimen de los hermanos Castro. Sin embargo, es probable que durante sus primeros cuatro años de gobierno las cosas comiencen a modificarse dentro de la isla. El punto de partida de esos cambios pudiera ser la muerte de Fidel Castro, quien agoniza lentamente desde el verano del 2006. Se sabe que la mayor parte de la estructura de poder quisiera una reforma profunda, pero el viejo comandante, tercamente estalinista, lo impide.

         Esta observación es importante: mientras Fidel Castro viva, cualquier concesión significativa que el gobierno de Obama le haga a La Habana es contraproducente. Será interpretada como ''Fidel Castro tiene razón y no hay que hacer ningún cambio sustancial a nuestro modelo totalitario''. Sin embargo, en el momento en que desaparezca (y tal vez no le quede mucho tiempo) Washington debe hacer un gesto de buena voluntad, incluso a Raúl Castro, como una señal de aliento a las fuerzas reformistas, con el mensaje explícito de que Estados Unidos está dispuesto a ayudar generosamente a los cubanos para transformar el país en una democracia pacífica y razonablemente próspera.

         Para el gobierno de Obama ése debe ser el objetivo: el cambio pacífico de Cuba en una democracia estable, con libertades y respeto por los derechos humanos, dotada de un aparato productivo que les permita a los cubanos vivir en su país sin tener que emigrar ilegalmente a Estados Unidos. Una nación semejante a Costa Rica, con buenas relaciones con sus vecinos y con Estados Unidos, que, lejos de expulsar a su población por falta de oportunidades, sea capaz de absorber a los millares de exiliados que regresarían a Cuba si las condiciones de vida fueran aceptables.

         El establecimiento de ese objetivo conduce a descartar cualquier tentación de pactar en Cuba con una tiranía como la china o la vietnamita, con una cleptocracia como la que hay en Rusia, o con una dictadura militar. Eso solamente aplaza el problema, no lo resuelve. Durante casi todo el siglo XX Estados Unidos jugó la carta de ''our s.o.b.'', y le dio un pésimo resultado. Washington quedó totalmente desacreditado por predicar la democracia y proteger las dictaduras. Tras Somoza, vinieron los sandinistas. Después de Batista llegó el comunismo a Cuba. No tiene sentido revivir esa estrategia en el postcastrismo.

¿Qué puede hacer Obama para estimular los cambios?

         Hay varias medidas: reducir gradualmente las sanciones económicas si la dictadura excarcela presos políticos o alivia la presión sobre los disidentes, elevar el rango de la representación diplomática a la categoría de embajada, facilitar los intercambios deportivos y académicos. Pero ante cualquier iniciativa que se tome Washington debe plantearse siempre una pregunta clave: ¿impulsa a los cubanos hacia la democracia y hacia la apertura económica o contribuye a consolidar en el poder a una oligarquía autoritaria que se reparte abusivamente las rentas del país? Ese es el litmus test. Si es lo segundo, no vale la pena intentarlo.

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© Carlos Alberto Montaner y Firmapress
 
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