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Año III - Nº 220
Uruguay, 09 de febrero del 2007
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La libertad económica es la clave
del desarrollo económico

por Donald J. Boudreaux
 
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            Cuando doy clases a jóvenes de veintitantos años en EE.UU., yo muchas veces le pido a mi audiencia que "levante la mano si usted es rico". Con la excepción de una joven que anunció que su padre poseía una serie de aviones, nunca levantó la mano alguien.

            "¡Pero si ustedes son ricos!" Yo insisto. "Cada uno de nosotros es una de las personas más ricas que alguna vez hayan existido".

            Mis oyentes siempre piensan que estoy loco. "Yo soy de clase media, no rico" seguramente es lo que muchos de ellos piensan de si mismos. Y tienen razón acerca de ser de clase media—pero ellos no se dan cuenta de que ser parte de la clase media en EE.UU. significa ser muy adinerados de acuerdo a los estándares históricos.

            Aquí hay una pequeña lista de las muchas maneras en las que los estadounidenses ordinarios de hoy son ricos al estilo Bill Gates cuando se los compara con casi todos los seres humanos que alguna vez vivieron:

  • Ninguno de nosotros alguna vez se ha muerto de hambre
  • Tenemos tuberías internas y luz artificial
  • Nos bañamos regularmente
  • Tenemos techos sólidos sobre nuestras cabezas en vez de techos frágiles llenos de bichos y animales desagradables
  • Frecuentemente hablamos en tiempo real a una milla o a miles de millas de distancia
  • No nos da viruela
  • Nuestra expectación de vida es más larga por décadas

            Y mientras que es posible enlistar algunas maneras en las que la situación de la persona promedio ha empeorado en comparación con la de las personas de la época pre-industrial—por ejemplo, nadie antes del siglo XX moría en un accidente de avión—solo los ascéticos más dogmáticos negarían que casi cualquier persona hoy en el mundo occidental tiene una situación muchísimo mejor que la que tuvo gran parte de la población humana antes de la revolución industrial.

            Pero, ¿qué causó esta gran explosión de riqueza?

            La respuesta común es que la causó la tecnología. La respuesta común es errónea.

            La tecnología claramente ha avanzado a lo largo de los años, y felizmente continúa haciéndolo. Y estos avances son de hecho indispensables para nuestro estilo moderno de vida. Pero la causa más profunda de nuestra riqueza esparcida no es la tecnología; sino más bien la fuerza que desencadena y dirige la energía humana necesaria para producir los avances tecnológicos y sus frutos: los mercados libres.

            Los mercados son más fundamentales que lo es la tecnología para la prosperidad. Como evidencia, observen el hecho de que miles de millones de personas hoy permanecen pobres. Gente en Níger y en Corea del Norte se están muriendo de hambre en estos momentos, a pesar de que el conocimiento tecnológico para producir y distribuir alimentos básicos está ampliamente disponible a lo largo del mundo. Muchos latinoamericanos y europeos del este todavía cargan sus bienes hacia y desde el mercado en carritos de madera, a pesar de la abundante disponibilidad de tecnología automotora. Un sinnúmero de otras personas hoy viven en chozas de lodo que no tienen tubería interna, mueren de malaria, y sufren de toda clase de otros peligros e indignidades que son fácilmente evitables con tecnología común.

            Es patentemente incorrecto sugerir que la tecnología es la razón de nuestra prosperidad. Claramente, nuestra prosperidad debe estar enraizada en algo más profundo que la tecnología—algo que promueva el progreso tecnológico y aún más importante, que promueva el uso del conocimiento tecnológico para producir los bienes y servicios ampliamente disponibles que nosotros los estadounidenses damos por hecho hoy en día.

            Ese algo más es la libertad económica la cual fomenta mercados complejos.

            Como se ha demostrado una y otra vez por investigadores que estudian la relación entre la prosperidad y la libertad económica, a mayor libertad económica, mayor y más esparcida es la prosperidad.

            De entre los mejores de estos estudios está aquel producido anualmente por los economistas James Gwartney y Robert Lawson, el cual es publicado conjuntamente por el Cato Institute y el Fraser Institute de Canadá. El estudio fue lanzado la semana pasada. De entre los descubrimientos más importantes del Informe Anual 2006: La Libertad Económica en el Mundo están estos:

  • Las naciones en el cuarto más económicamente libre tienen un PIB per cápita promedio de US $ 24.402, comparado con US $ 2.998 para las naciones que se encuentran en el cuarto menos libre
  • El cuarto más económicamente libre también tiene una tasa de crecimiento del 2,1 por ciento a diferencia de las naciones en el cuarto menos libres que tienen una de 0,2 por ciento
  • La tasa de desempleo en el cuarto más económicamente libre tiene un promedio de 5,9 por ciento mientras que en el cuarto menos económicamente libre es de 12,7 por ciento
  • La expectación de vida de los países en el cuarto más económicamente libre tiene un promedio de 77,8 años mientras que en los países en el cuarto menos económicamente libre el promedio es de 55,0 años
  • Los países en el cuarto más económicamente libres tienen solo 0,3 por ciento de sus niños en la fuerza laboral mientras que en el cuarto menos libre 19,3 por ciento de sus niños forman parte de la fuerza laboral
  • En el cuarto más económicamente libre, el ingreso promedio del 10 por ciento más pobre de la población es de US $ 6.519 mientras que en los países del cuarto menos libre es de US $ 826

            Como este cauteloso informe demuestra, no se puede negar que la libertad económica significa más prosperidad para más personas—y la falta de esta libertad asegura pobreza para las masas, sin importar el grado de sofisticación tecnológica.

Este artículo fue publicado en Tech Central Station el 7 de septiembre de 2006.
Donald J. Boudreaux es director del Departamento de Economía de la George Mason University y académico asociado del Cato Institute.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.
Fuente: Diario Exterior

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