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Año V Nro. 359 - Uruguay, 09 de octubre del 2009
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Con esas palabras, en una canción, John Lennon sacrificó en 1970 a los Beatles, quizás el fenómeno de música popular más inmenso en la historia del Hombre. Quizás, también, le escamoteó la última certeza a una generación que además cambió al mundo cuando el mundo cambiaba inexorablemente. Aquí, en la Argentina de estos días, tal definición se ajusta asimismo a un tramo histórico que se extingue, bajo la fanfarria de la confusión y la incertidumbre. Los niveles de empobrecimiento dejados por la administración menemista cuando ya colapsaba la convertibilidad, vilipendiados por amplios sectores de la sociedad, han sobrevivido a la también doble administración kirchnerista, a pesar de los torpes e inútiles intentos estadísticos por ocultarlos. En tanto que los recuentos oficiales indican que la pobreza continúa retrocediendo (13,9%), todos los sondeos no oficiales, incluyendo a la Iglesia Católica (con una inmejorable capilaridad en todo el país), coinciden en situarla por encima del 30% y, algunos, la aproximan al 38% (equivalentes a unos 16 millones de personas). En definitiva, el presunto “modelo” productivo y redistributista resultó incapaz de evitar lo que el cardenal Jorge Bergoglio volvió a condenar como el “escándalo de la pobreza”, es decir, en un país que, a juzgar por las piruetas de los estadistógrafos oficiales, durante seis años no detuvo su boyante crecimiento económico. Hay algo que no funciona, entonces. En esa colisión de realidades probablemente se encuentren los motivos por los que el oficialismo tropezó en junio con una derrota electoral. Sin embargo, quienes durante aquellos seis años de bonanza respaldaron al modelo que se vanagloriaba retóricamente con la redistribución de la riqueza, hoy le vuelven la espalda con una metralla de cortes de tránsito e innumerables movilizaciones, procedentes de esa izquierda que alguna vez fue seducida por el discurso progresista que descendía desde la Casa Rosada. Sucede que muchas promesas oficiales incumplidas ahora generan protestas que, incluso, corroen la base de sustentación sindical, ya que su dirigencia, desbordada por la vanguardia de izquierda, la descolocó en su inacción progubernamental. El cortocircuito, cuando la desocupación es tan estentórea, puede llevar a la conducción sindical a un dilema de difícil solución: apoyar al Gobierno aún a riesgo de ceder terreno en la representación a la izquierda, que ostensiblemente ha concertado un embate definitorio, o liderar el reclamo pero dinamitar los acuerdos con el oficialismo. En suma, el Gobierno es asediado por izquierda, flanco por el cual supo instalarse, astutamente, cuando el anterior presidente, Néstor Kirchner, asumió políticamente debilitado por el exiguo 22% con el que accedió al poder y por lo tanto sin el pleno aval de la estructura peronista. Así emergió el experimento “transversal” que ahora, ya fracasado el intento y desilusionados sus promotores, se transfiguran en opositores en toda la línea, cambiando de trinchera. Ante la incapacidad de la oposición política, disgregada adicionalmente en sus propias y esquivas contradicciones y disidencias, es la izquierda política e incluso importantes grupos piqueteros afines a aquélla los que empujan a una inestabilidad de impredecible resolución pero que rememora la encrucijada de fines de 2001. No menos paradojal resulta que, mientras Estados Unidos, Europa, Asia y América latina exhiben señales inequívocas de que la recesión cede paso a una recuperación, la Argentina, aislada adrede políticamente y con una receta económica suicida (penaliza al campo, el sector que puede traer la bonanza de las grandes economías que se reactivan), se desengancha de la buena racha que le llega desde el exterior, desaprovechándola cuando sus rangos de desocupación y pobreza aumentan. Aún más: las corrientes de inversión que saldrán de la recesión en las economías desarrolladas con un claro apetito por invertir en territorio de emergentes podrían pasar por alto a la Argentina, cuando ésta necesita combustible financiero externo para reanimar su aparato productivo inmerso en una dura recesión y reducir la desocupación que es un caldo de cultivo de inestabilidad política importante, en manos de una izquierda belicosa y articulada. Pero mientras la oposición parece un cacareo interminable e inconducente de admoniciones y voluntarismo, desnudando su debillidad, el kirchnerismo actúa a los empellones, brutal pero efectivo al imponer, con la fuerza de los actos consumados, muchas decisiones, como la ley de medios audiovisuales. En ese contexto de una izquierda levantisca en acción, una oposición protestando pero sin cohesión y un escenario económico contrario al aprovechamiento de las nuevas oportunidades del fin de la recesión en el mundo, los plazos se acortan, mientras las incongruencias dejan al descubierto, en un festival de fuegos de artificio del oficialismo para ocultar –una vez más- su propia vulnerabilidad política, que la pobreza y la desocupación están convalidando que “el sueño se acabó”, pero sin música de Lennon ni McCartney. Fuente: Mirador Nacional
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