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Año V Nro. 359 - Uruguay, 09 de octubre del 2009
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Al enterarse de que su país había logrado el grado de inversión por parte de Standard and Poor´s, el presidente de Brasil, Luis Ignacio Lula da Silva, declaró que “es un momento mágico”. Al elevarlo a grado de inversión, la calificadora de riesgo situó a ese país en el nivel de China, Rusia e India, los cuales, junto con Brasil forman parte de los llamados BRICS, los gigantes países emergentes que están transformando la economía mundial. Viniendo de Lula, esa afirmación no deja de tener cierta ironía. Un antiguo sindicalista de izquierda, líder del Partido de los Trabajadores, durante años crítico acérrimo de la banca privada mundial, ahora, como presidente recibe agradecido y con humildad la bendición de uno de los pontífices del capitalismo financiero internacional. Pero hace bien Lula, después de todo, además de carismático y devoto católico, siempre fue un líder sindical moderado que rechazó el comunismo y la lucha guerrillera, y para quien siempre la ideología fue menos importante que las respuestas prácticas a los problemas de salud y los salarios de los trabajadores. Pero más allá de su posición personal, al afirmar que este es “un momento mágico”, Lula está hablando también por su país por el Brasil de hoy y por el Brasil que comenzó a gestarse desde la independencia de Portugal. Lula recoge ese anhelo de sus élites políticas, académicas y empresariales, independientemente de cualquier ideología por entrar a una mayoría de edad que los sitúe en las ligas mayores de la política y la economía mundial. En sus magníficas memorias Fernando Henrique Cardoso argumenta que su país siempre tuvo una gran esperanza y un gran temor. La gran esperanza fue siempre llegar a ser una próspera potencia mundial, una obsesión por lograr una grandeza plasmada en su himno nacional: “Impávido colosso e o ten futuro expela essa grandeza” El gran temor ha sido no poder lograrlo. A pesar de contar con recursos humanos y físicos casi infinitos, la historia de Brasil enseña que, cada vez que parecía salir adelante, el paso definitivo era frustrado por una crisis económica o un golpe militar. La historia parecía darle la razón a Stefan Zweig cuando afirmó: “Brasil es el país del futuro, y siempre lo será” Aunque el grado de inversión que acaba de recibir Brasil es el más bajo de todos, lejos aún del que tienen países como China y Chile , es un paso muy significativo hacia esa mayoría de edad, porque tiende a confirmar un patrón que comenzó a plasmarse desde los años noventa con la conducción del ya citado Fernando Henrique Cardoso. Primero, como ministro de Exteriores y de Hacienda del gobierno de Itamar Franco, y luego como Presidente, Cardoso lideró la más brillante generación de políticos y tecnócratas que ha tenido Brasil en su historia. Esta generación, estabilizó la economía, comenzó a dar seguridad a la inversión extranjera, pero será recordada especialmente por las significativas mejoras en los sectores sociales, particularmente la salud y la educación. El gran mérito de Lula es haber dejado intacta, y aún profundizado la obra de Cardoso. Es cierto que, en un comienzo, intentó jugar a un tercermundismo antiimperialista trasnochado, pero, para el bien de Brasil fue rápidamente desplazado en ese escenario por el presidente de Venezuela el coronel Hugo Chávez y, muy pronto regresó al redil. Así, con un gran consenso sellado entre sus clases dirigentes, el mundo oirá cada vez más de Brasil, “el país del futuro”. Hasta el próximo análisis… © Lic. Washington Daniel Gorosito Pérez para Informe Uruguay
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