Miembro de
Proyect Sindicate apdu
       
 
separador                                          Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
              
     
Google Buscar en la

 
Año V Nro. 346 - Uruguay, 10 de julio del 2009   
 
 
 
 
historia paralela
 

Visión Marítima

 

Los hombres grises (bolche tupa)
Comunistas y Tupamaros en Uruguay
Capítulo IX
por Prof. Antonio Romero Piriz (Perfil)

 
separador
   
rtf Comentar Artículo
mail
mail Contactos
pirnt Imprimir Artículo
 
 

Memorias de un joven comunista uruguayo integrante de la “Orquesta Roja”, clandestino, preso y exiliado durante la dictadura cívico-militar de 1973 a 1985. La militancia clandestina, la tortura, los cuarteles, el penal de Libertad, el exilio en Suecia, el accionar de las fuerzas de choque. ¿Qué sabe Ud. Sobre la Orquesta Roja y el aparato arpado del Partido Comunista Uruguayo?

Introducción - La Orqueta Roja
- De 1951 a 1967
Capítulo 1 - Años 1967 Y 1968
- El 69
Capítulo 2 - Magisterio y la UJC
- El Frente Amplio
Capítulo 3 - El Movimiento de Independientes 26 de Marzo
- Las elecciones de 1971
Capítulo 4 - Guerra y prisión en el 72
Capítulo 5 - La detención
- El 6º de Caballería
Capítulo 6 - La caballeriza de los encapuchados
- La barraca del Sexto
Capítulo 7 - Punta Rieles
- Libertad: El 5º piso
Capítulo 8 - Libertad: Las barracas
Capítulo 9 - Comunista Clandestino
Capítulo 10 - El exilio: Brasil
Capítulo 11 - El exilio: Moheda
Capítulo 12 - El exilio: Estocolmo
- Epílogo

Comunista clandestino

         Al llegar a Montevideo me esperaba en mi casa un grupo de militantes del 26 con un cartel de “bienvenido”. Allí estaba Angeles Balparda, hoy conductora de “Mañanas de radio” en CX 36, y Rubén Puyol, hoy dirigente de ADEMU. Les conté mis experiencias. Luego recorrí las calles con mi esposa asombrándome ante las pintadas del partido comunista.

         Pocos días después visité a Edgar Paz, “el simio” en busca de contacto con “el partido”. Luego de las consultas correspondientes, me contestó que dado que estaba en “libertad vigilada” (debía concurrir al 9º de Caballería, Blandengues, cada 15 días a firmar) el partido había resuelto por un tiempo tenerme “en el congelador” (es decir, inactivo). Pero inmediatamente empezó a hacerme llegar “Carta” y otras publicaciones clandestinas de la CNT y la FEUU, en realidad todas hechas por el partido.

         Meses después se resolvió que el comercio que mi padre me había ayudado a instalar en Maldonado y Minas pasara a ser un “buzón” de las publicaciones partidarias clandestinas. Es decir, un escondite y centro de distribución de ellas. Un moreno flaquito cuyo nombre nunca supe (se presentó con una contraseña) me hacía llegar los paquetes con los diarios recién impresos, y otros cuatro rostros sin nombre que se presentaban con la contraseña adecuada los retiraban días después para su reparto. El encuentro con ellos era la oportunidad del intercambio de información y opiniones con camaradas.

         Por mi parte busqué hacer algo más. Recolecté de muchas partes viejas publicaciones comunistas (la revista teórica “Estudios”, folletos del PCU, publicaciones soviéticas) y las hacía circular entre gente de confianza del barrio, así como “Carta”. En el negocio le “buscaba la boca” a la gente para detectar quienes eran frentistas, y hablaba con ellos. Así fue hasta fines del 74.

         Era difícil ir a firmar porque a menudo oficiales de inteligencia me interrogaban y trataban de llevarme a terrenos ideológicos que eran muy resbaladizos. Debía tragarme lo que pensaba y fingir lo que no era. Dolía. Mi esposa Teresa estaba embarazada y a punto de dar a luz. Mi padre, bastante enfermo ya, me ayudaba a atender el comercio, sin imaginar que algunos de los bultos eran cientos de diarios comunistas clandestinos.

         Faltando pocos días para Navidad, de pronto veo parar una camioneta militar frente a la puerta del comercio y descender un oficial y un sargento acompañado de varios soldados armados con fusiles. El oficial dijo que debía acompañarlos. ¿Por qué? Pensé que me habría olvidado de ir a firmar, pero no era así. No supieron o no quisieron decirme por qué me detenían. No era necesario: estábamos en una dictadura y la arbitrariedad era la norma general.

         Pedí para avisar a mi casa, para que alguien fuera a atender el comercio. Me dejaron ir al almacén de la esquina, y desde allí telefoneé a un vecino (en casa no había teléfono). La gente del almacén miraba con curiosidad a los militares que me acompañaban y más cuando dije “me llevan detenido las Fuerzas Conjuntas”. Esperamos un rato. Se empezó a congregar gente en las esquinas, entre las que vi a varios frentistas. Uno de ellos, un muchacho, entró al salón como para comprar.”Borráte”, le dije, “me llevan preso”. Igual quiso arriesgarse para demostrarme su solidaridad.

         Finalmente resolvieron no esperar más. Dejé la llave a una vecina que me dio un beso, y subí a la camioneta. Allí pude ver a un militante del FARO que había conocido en Libertad. Aún pasamos por la casa de otro ex – preso a recogerlo. Luego marchamos para el cuartel de Blandengues. Al llegar me vendaron los ojos y pensé ¿habrán descubierto que soy un militante comunista clandestino y van a torturarme? Luego de recorrer corredores que me parecieron interminables, al sacarme la venda vi que estaba en un consultorio médico. El galeno me revisó, y luego fui llevado a un pequeño calabozo. Pude oír que el militante del FARO estaba al lado. Nos pusimos a conversar, y pasados los días a cantar juntos a voz en cuello sin importarnos dónde estábamos, canciones de la República Española.

         Sólo nos sacaban de mañana a lavarnos (no bañarnos) y cuando pedíamos a gritos para ir al baño. Cuando algún soldado nos traía la comida (un guiso) aprovechaba para volver a preguntar por qué estaba detenido, y hasta cuándo. El día de Navidad me abrieron la celda a medianoche y vi a varios soldados de civil. ¡Zas! (pensé) “ahora me dan la salsa”. Pero era sólo para darme un vaso de gaseosa.

         Un día pedí una hoja y un lápiz y escribí una carta diciendo que mi esposa estaba embarazada y que solicitaba me dijeran por qué causa estaba detenido, y hasta cuándo me iban a tener, porque necesitaba trabajar y no creía que mi padre enfermo y mi esposa embarazada fueran capaces de atender un comercio.

         Esa madrugada me llevaron al despacho de un oficial. En las paredes había numerosas fotos de competencias de equitación. El oficial me dijo que había leído mi carta, y que aunque no era partidario de esas medidas, debía cumplirlas porque eran órdenes superiores. No contestó a mis interrogantes, pero me tuvo un buen rato tratando de sonsacarme mis ideas. Me dijo que para él todos, tupas, bolches, MRO, eran lo mismo. Trató de ver si yo sabía sobre una tendencia dura, marxista–leninista de los “peludos” de UTAA, de la que yo no había oído hablar. Volví al calabozo igual que había salido. Así pasó el fin de año. Oíamos los fuegos artificiales y pensábamos cuánto más nos tendrían. Dos días después de Reyes, el 8 de enero de 1975, con la misma falta de explicación con la que me habían traído, me dijeron que preparara mis cosas para irme. Iba dejando el cuartel cuando me crucé con un oficial mate en mano y termo bajo el brazo. A pesar de que la razón me aconsejaba salir de allí lo antes posible, quise averiguar por qué me habían tenido preso casi un mes. Le pregunté y se pasó un dedo por el cuello diciendo “para que no lo pasaran a cuchillo”. No pregunté más y me fui lo más rápido que pude.

         Durante los 33 años que han transcurrido desde entonces, he pensado mucho sobre esa respuesta. El día que me detuvieron había sido asesinado el coronel Trabal, agregado militar en París por una supuesta “Brigada Internacional Raúl Sendic”. No se sabe hasta hoy si lo mataron los tupamaros, algún grupo francés similar o los propios militares, por una lucha entre facciones. Cuando yo ya estaba detenido aparecieron muertas varias personas en Soca, que habían estado presas por tupamaras, en una aparente represalia por la muerte de Trabal. ¿Estaré vivo porque unos militares me detuvieron para que otros no me mataran? O quizá fue otra represalia más suave que matarnos. Nunca lo sabré.

         Paré un taxi y me dirigí al salón. Al llegar mi padre se emocionó mucho y me abrazó. Tomé plata de la caja y pagué el taxi. Había un corredor, que al enterarse de lo que me había pasado, dio a conocer su identidad frentista y me expresó su solidaridad. Pregunté por mi esposa. Mi padre me dijo que estaba en la Española visitando al médico. Fui hacia allí. Cuando entré al pasillo, la vi sentada, hermosa con su pancita. Se emocionó mucho al verme. Estuve con ella hasta que vio al médico. Todo estaba bien, y mi primer hijo pronto iba a nacer. Me había esperado. Resolví volver con mi padre para ayudarlo.

         Nada más llegar fue emocionante el desfile de vecinos que comenzó. Todos venían a besarme o a estrecharme la mano, expresando así su rechazo a la dictadura militar, y su simpatía por jóvenes perseguidos. Me enteré que el doctor Bossano, que vivía a la vuelta, había estado todos los días para ver cómo estaba mi esposa. A la mañana siguiente salíamos rumbo al sanatorio. Nació mi hijo mayor el 9 de enero de 1975. Al sanatorio acudieron todos los duendes de la clandestinidad (como decía Arismendi) del PCU, militantes del 26 y mis ex–compañeros de prisión.

         Pronto empezó la redada contra el partido comunista. Cientos fueron detenidos, entre ellos dirigentes importantes. Un día Edgar me comunicó que se iba para España. Su cuñado estaba refugiado en la embajada de México junto con muchos otros bolches. Me escribió desde España, y yo le contaba lo que pasaba en Uruguay. El único medio de comunicación eran las cartas, y ni imaginábamos lo que sería algún día la Internet.

         Comencé a escuchar las emisiones radiales de onda corta de Radio Moscú, Radio Berlín Internacional (de la RDA) y Radio Habana. En ellas hablaban dirigentes del PCU exiliados. Estaba “colgado”, sin más contacto con el partido que escuchar esas radios. Un día (años después) fui a llevar las libretas de quiniela con mi hijo a la agencia, y éste en medio de la gente repitió en voz alta algo que oía a menudo: “Radio Habana Cuba, transmitiendo desde Cuba, primer territorio libre en América”. Quería que me tragara la tierra. Menos mal que no pasó nada, pues la gente no oyó o no entendió.

         Nació mi hija mayor, y teníamos abierto el comercio 14 horas diarias, incluidos los domingos, para poder subsistir. Día a día veía en la prensa y la televisión cómo mis camaradas eran detenidos, y esperaba mi turno. Un día vi entrar a alguien con lentes oscuros, cuya cara me pareció conocida: era León Lev, en ese momento secretario general del partido en la clandestinidad (hoy director de la URSEC como miembro de Alianza Progresista). El partido había resuelto venir a buscarme. Me dejó una contraseña para que pasara otro camarada del aparato clandestino a “reengancharme”. No sabiendo cómo expresar mi alegría, cuando quiso llevar unas golosinas (¿para sus hijos?) y pagarlas, no se las cobré. Aceptó complacido. Fue la última vez que lo vi antes del día en que apareció su foto en la pantalla de mi televisor comunicando que el líder del comunismo clandestino había sido detenido. Cuando lo vi lloré. El día de nuestro encuentro salió del salón y se perdió en la misma nada de donde había salido.

         Pocos días después un joven de unos 25 años (yo tenía esa misma edad) con aspecto de universitario se bajó de una moto casi a la hora de cerrar, y para mi sorpresa me dio la contraseña. Me llevó en su moto hacia la casa de Bulevar Artigas que me había prestado mi tío Manuel (el padre de mis primos tupas) que estaba de viaje, para quedarme con mi esposa y nuestro bebé hasta que pudiéramos alquilar algo. Al entrar un pensamiento me preocupó. Si las fuerzas represivas de la dictadura me detenían por ser un militante comunista clandestino luego de haber estado preso por tupamaro, la tortura iba a ser muy dura, y mi familia iba a quedar desamparada. Pero mi fe comunista venció el momento de duda: la Revolución era más grande e importante que mi pequeña vida individual, y para ser un verdadero comunista como Lenin, Fidel o el Che, debía estar dispuesto a sacrificar cuanto fuera necesario. Otros tomarían luego la bandera para seguir la lucha.

         Resolví pues seguir en la labor clandestina y prepararme anímicamente para ser ferozmente torturado en caso de ser detenido, ya que seguramente mi conexión con el MLN haría pensar a los militares que algo tenía que ver con el aparato militar del partido, que en esos días había sido desmantelado.

         Concurrí a ver la exposición de armas vietnamitas que habían capturado, en el Subte Municipal. También exhibían todo tipo de propaganda comunista decomisada. También el partido estaba interesado en mi experiencia tupamara y se me pedía contar hasta el último detalle del funcionamiento clandestino de la “orga” para utilizar esa experiencia.

         Cada vez éramos menos los comunistas clandestinos. No nos reuníamos y sólo hacíamos circular las publicaciones (cada vez más rudimentarias). Cada número de “Carta” (con letra cada vez más chica) era un triunfo. Las redes eran una y otra vez destruidas por los servicios de inteligencia militares y policiales, y una y otra vez eran reconstruidos como se podía.

         El comercio siguió siendo un buzón hasta 1977, en que mi contacto desapareció. Quedé a la expectativa. ¿Habría sido detenido? Durante meses esperé ser detenido, pero nada pasó. Seguía hablando con los vecinos, dándoles “línea”. Uno de ellos, un hombre que compraba cigarrillos negros baratos y llegaba en una bicicleta se me reveló como comunista y comenzó a hacerme llegar “Carta”. Tenía cáncer y un “ano contra natura”. Pese a ello seguía fervientemente en su labor comunista. Me pedía los cigarrillos fiados pero pagaba. En 1978 también desapareció. Quizá haya fallecido.

         Al fin alquilé una casa a media cuadra del comercio. La vecina del corredor tenía el marido preso por tupamaro, en Libertad. A los pocos meses salió y hasta mi salida del país aquel corredor sería un bastión revolucionario.

         Luego aparecerían otros liberados en la vecindad, alguno de los CRAF (Comités de Resistencia Antifascista). Comenzamos a acercarnos, a oír las radios de onda corta juntos y a mantener un permanente diálogo y análisis conjunto de la situación. Incluso fuimos a una misa el primero de mayo de 1978 e increpamos a Monseñor Partelli, jefe de la Iglesia Católica, por la poca fuerza con la que esa institución religiosa se oponía a la dictadura.

         En 1978 retomé contacto con el partido, esta vez con una célula muy importante, directamente vinculada a la publicación de “Carta”. En 1979 nació mi tercera hija, y falleció mi padre. También fue el año del triunfo de la Revolución Sandinista, que dio un gran aliento a nuestra lucha. Era increíble ver a los sandinistas en los noticieros de TV (aún en blanco y negro) expresando su adhesión a Cuba socialista.

         En 1978 y 1979 me visitaron varios ex –compañeros de prisión que iban siendo liberados. Uno de ellos fue Fernando Vázquez, que me propuso integrar una nueva organización nacida en la cárcel, el seispuntismo (no lo llamó así, pero yo ya lo había oído llamar así) precursor del Movimiento 26 de Marzo actual. Los seis puntos eran: 1) Reivindicación del MLN como movimiento de liberación nacional, una de las fuerzas de la revolución mundial según la teoría soviética.2) Reivindicación de su dirección histórica (Sendic y otros aún en prisión) 3) La URSS vanguardia de la Revolución Mundial 4) Cuba vanguardia de la Revolución Latinoamericana 5) Alianza estratégica con el PCU 6) La lucha armada (como dijera la segunda declaración de La Habana) es la vía principal de la revolución. Sabiendo mi pasado (no aquel presente) comunista, pensó que me interesaría. Me las vi en figurillas para negarme sin decir que era miembro del aparato clandestino del PCU.

         Al poco tiempo también Carlos Percovich vino en la misma línea. Le pregunté por qué si eran pro-soviéticos no se incorporaban al PCU. Me contestó que no les convenía declararse comunistas pues mucha gente rechazaba la palabra. Para corroborar su modo de pensar en aquel momento, me dejó para leer “Cuestiones del leninismo” de Stalin, en edición china, y un folleto de Jorge Dimitrov sobre el Frente Popular, editado por la Internacional Comunista. Materiales difíciles de encontrar en época de dictadura fascista.

         A Carlos lo encontré varias veces en festivales de “Canto Popular”, un ámbito en el que nos congregábamos todos los que estábamos contra la dictadura. Meses más tarde me enteré por un hermano suyo que se había ido para Suecia. Este me informó de todos los pasos necesarios para llegar allí. La idea quedó flotando en mi mente. La pondría en práctica a comienzos de 1980, cuando las circunstancias me obligaran a utilizar esa vía de escape.

 
En la próxima edición:
- El exilio: Brasil
 

Comentarios en este artículo

» Arriba

separador
   
© Prof. Antonio Romero Piriz
 
21
Informe Uruguay se halla Inscripto en el Registro de Derechos de Autor en el libro 30 con el No 379
Depósito legal No. 2371 deposito Nos. 338018 ley No - 9739, dec 694/974 art. 1 inc A
20
Los artículos firmados son de exclusiva responsabilidad del autor
y no reflejan, necesariamente, la opinión de Informe Uruguay
20
Los enlaces externos son válidos en el momento de su publicación, aunque muchos suelen desaparecer.
Los enlaces internos de Informe Uruguay siempre serán válidos.
21
 
Estadisticas Gratis