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Año III - Nº 207
Uruguay, 10 de noviembre del 2006
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Fernando Pintos Revisionismo bíblico y
otros malévolos asuntos

por Fernando Pintos
 
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Como era de esperarse, la degeneración y la mariconería irrestrictas que parecen campear por sus respetos en este agitado mundo posmoderno tenía, por fuerza, que llegar hasta degradar e inundar con sus efluvios de cloaca todo lo habido y lo por haber, incluso lo más sagrado. Y ello tiene su retorcida lógica, porque en un texto sagrado, como es La Biblia, radica uno de los escollos principales para que la escoria y la inmundicia desencadenadas terminen por dominar el mundo de una vez por todas. Este comentario, áspero por cierto, viene a cuenta de lo siguiente: hace pocos días, una partida de falsarios de tiempo completo ha editado una «Biblia en lenguaje políticamente correcto», y han explicado su sacrílega y atrevida incursión diciendo que se debió a que los textos sagrados se tienen, por fuerza, que «adaptar a la realidad actual».

La biblia y el calefón

Según informe de la Deutsche Welle, la "Biblia en lenguaje políticamente correcto" fue presentada al público en la reciente Feria del Libro de Francfort. Sus autores han sido 52 «traductores y traductoras», quienes durante más de cinco años estuvieron trabajando en la traducción de las Sagradas Escrituras, pues, una nueva justificación: «los textos sagrados necesitaban encajar en la realidad social de nuestros días». Sería abominable «encajar en la realidad de nuestros días» al Quijote de Cervantes, o la Divina Comedia de Dante Alighieri, o los poemas de Schiller… Pero hacerlo con la Biblia supera cualquier clase de abyección y entra de lleno en el terreno de lo abominable y lo blasfemo. De acuerdo con esta desmesurada estupidez convertida en libro, a partir de este momento se debería que rezar (en un lenguaje «políticamente correcto»), de maneras tales como ésta: «…Padre y Madre nuestro (a) que estás en los cielos...». Ello se debe a que, a partir de ahora, se tendrá que rezar no ya el tradicional Padrenuestro, sino «la oración del Padre-Madre Nuestro(a)». Este proyectito repulsivo ha sido financiado por la Iglesia Evangélica de Hesse y Nassau, y sus autores la declaran no sólo una Biblia más femenina, sino también mucho más judía. Para hacer todavía más completa su infamia y justificar lo que no puede tener ningún tipo de justificación —jugar al ping pong con la palabra de Dios—, esta caterva de degenerados ha explicado, con absoluta soltura verborrágica, que Jesucristo fue judío (como si eso no se supiera desde hace dos mil años), y que el lenguaje del Nuevo Testamento ha sido «especialmente antisemita». Un discurso que, por lo tanto, esa "Biblia en lenguaje políticamente correcto" suavizará, convenientemente, cuando se trate de determinadas expresiones, sobre todo aquellas cuyos autores (no traductores) han considerado «especialmente violentas»…

Según Deutsche Welle, la controversia principal que se abre a causa de esta nueva traducción de la Biblia estará en determinar hasta qué punto el lenguaje "políticamente correcto" supone una reinterpretación de los contenidos de las Sagradas Escrituras. Señaló Klaus Kirchhoff, del Instituto para la Pedagogía de la Religión de la Facultad de Teología Evangélica, que la demencial nueva versión ha llegado para «cubrir un vacío en el ámbito de las traducciones de la Biblia». Por su parte, otra integrante de esa fatal comandita revisionista, la presunta teóloga Claudia Janssen, se ha puesto a explicar que, siendo «el hilo conductor de la Biblia es la justicia, esto se contradice con las tendencias misóginas y antisemitas que, con el transcurrir de los siglos, se han acentuado cada vez más en el texto». Agregó esta individua que, «cada traducción es en realidad una interpretación de la Biblia».

Ahora bien: como ni la estupidez, ni el cretinismo, ni la sinvergüencería parecen tener los límites claros, resulta que el cambio más pronunciado que está aportando esta «Biblia en lenguaje políticamente correcto» se vincula con el sexo de Dios. Y fue debido a ello que los «traductores» han omitido la denominación de «Señor», para sustituirla por términos que han considerado sexualmente neutrales, tales como "la Eternidad", "la Santidad" o "Adonai", éste último procedente del arameo. Según palabras de la ya mencionada Claudia Janssen, los antiguos hebreos no concebían a Dios como figura masculina y, por tanto, no podría asignársele la calidad de «padre». Por el contrario, se trataría de una mezcla híbrida y abominable de «padre-madre», confusa mezcolanza que de buen seguro habrá de ser aplaudida y celebrada por todos los personajes con sexualidad ambigua o desviada. En consecuencia, la «Biblia políticamente correcta» se ha puesto a jugar con las palabras y sustituyó términos tan ofensivos como «hombres», por algo más neutro y semidifuso, como lo es «personas». También consideraron equivocadas expresiones tales como «obedecer a Dios», y las sustituyeron por algunas tales como «escuchar a Dios». Pasando al Nuevo Testamento: en las cartas del apóstol Pablo a los Romanos, cuando se menciona el término «hermano», se le sustituye por una palabra alemana —Geschwister—, la cual significa tanto «hermanos» como «hermanas».

Agrega a todo lo anterior la Deutsche Welleque una iniciativa de esta índole no es novedad, puesto que ya en el año de 1895 —exactamente 111 años atrás— se editó una «Biblia de las Mujeres», que fue obra de una antiesclavista y promotora de los derechos femeninos: Elizabeth Cady Stanton. Aquel esfuerzo editorial y éste del Año de Gracia de 2006, pertenecen a un revisionismo feminista bíblico que acusa a los textos sagrados de segregar o disminuir a las mujeres en favor de los varones. El revisionismo bíblico alega, entre otros disparates de similar calibre, que «las mujeres de los patriarcas acostumbraban ser mentirosas» y que una de ellas era, por añadidura, cleptómana. Pero no carguemos todo el peso de la maligna estupidez sobre hombros de alemanes en el año de 2006… Ya en el año de 1995, algunas mentes febricitantes norteamericanas habían publicado otro esperpento disfrazado de Biblia, en el cual consideraban absolutamente necesario negar, por ejemplo, que en el reino de los cielos el lugar de privilegio estuviese a la diestra del «padre-madre» (una extraña especie de gallo/gallina o, todavía mejor expresado: de ni chicha ni limonada)… ¿Y por qué afirmaban tal cosa? Pues, sencillamente, porque no se podía andar por el siglo XX discriminando a los pobrecitos zurdos. (Pues sí, leyeron bien: el colmo de la imbecilidad).

Para finalizar, comentaré lo que sigue. Toda vez que algún grupo de enajenados se pone a «rescribir» o «reinterpretar» algún texto de importancia, casi de inmediato recibirá el aplauso incondicional de todos los esperpentos y degenerados que deambulen por este desquiciado mundo posmoderno. Resulta por demás interesante que la «Biblia políticamente correcta» (¿«correcta» de acuerdo con qué parámetros o qué ideas o qué concepciones del mundo?) se publique en un año como 2006, en el cual se han podido apreciar algunos otros notables fenómenos de lobby internacional, que parecerían estar todos encaminados hacia un mismo fin. El primero, ese descomunal esfuerzo mercadológico que significaron la promoción y el lanzamiento de la asquerosa novelita «El Código Da Vinci», tanto en forma de libro como de película (en su momento escribí un artículo al respecto). El segundo, el muy «casual» lanzamiento y promoción del perverso «Evangelio de Judas Iscariote», un texto donde se acusa a Jesucristo y se coloca como héroe y víctima al asqueroso traidor que vendió al Hijo de Dios por unos cuantos denarios. El tercero, ese tremendo trabajo de lobby para conseguir que, en la entrega del premio Oscar de la Academia de Hollywood de este año, tuvieran especial destaque dos productos tan repulsivos como «Brokeback Mountain» y «Capote», verdaderas apologías de la homosexualidad, mientras se dejaba de lado a una película extraordinaria en todo sentido, cual fue «Cinderella Man». Cuarto y ahora, ¡of course!, esta detestable «Biblia políticamente correcta».

Entonces, me pregunto y pregunto también a ustedes: ¿no han sido ya demasiadas coincidencias para un mismo y único año? La respuesta es, por mi parte: no creo ni en coincidencias ni en casualidades, principalmente, cuando se ha invertido tantísimo dinero para apoyar todo lo que acabo de enumerar. Antes bien: creo sí en las causalidades. Creo en las grandes conspiraciones de dimensión universal. Creo en la existencia del mal. Y creo, también, que efectivamente existe una guerra entre el bien y el mal y que, por desgracia, el último parecería estar ganando terreno de manera llamativa en los últimos años.

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