TERCERA PARTE
PIO XII: El PAPA DE HITLER
"Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que, en tiempos de grandes crisis morales, mantienen su neutralidad." [Dante Alighieri]
Mucho se ha hablado, tanto a favor como en contra, de la ambigüedad con que Pío XII se manejó en aquellos años negros, no sólo con relación al tema de este informe, sino también con respecto al terrible genocidio perpetrado por los nazis contra los judíos y otras minorías étnicas como los gitanos. En un reciente documental “El papa, los judíos y los nazis” emitido por la televisión española (RTVE 23/10/2004) en octubre de 2004, quedan pocas dudas sobre la pasividad del Vaticano frente a la barbarie nazi.
“Silencio cómplice con los nazis”. Así definen muchos testimonios la actitud de Pío XII frente al exterminio de judíos y la persecución de grupos católicos polacos durante la II Guerra Mundial. Jan Karski era un joven católico que fue utilizado como correo por la resistencia polaca para informar sobre la situación de los judíos en el gueto de Varsovia. Casi 60 años después, sus declaraciones resultan estremecedoras sobre la inhibición del Vaticano y de la jerarquía católica frente a las atrocidades que los nazis estaban cometiendo en la capital polaca. Tras jugarse la vida en aquella difícil misión, Karski informó al Gobierno polaco en el exilio del genocidio que se estaba cometiendo.
La información llegó a Pío XII, que, según Karski, se negó a condenar los hechos y a protestar ante las autoridades nazis. Calificativos como "juguete en manos de los alemanes" o preguntas como "¿qué tipo de vicario de Cristo era que no ayudó a salvar a la gente?" son frases que se oyen de judíos y católicos supervivientes de la persecución de las bestias pardas de Hitler, a lo largo de esta producción británica de 1996, dirigida por Jonathan Lewis. Allí se documenta que tanto desde Polonia como desde Checoslovaquia, países con mayorías católicas, se lanzaron angustiosos llamamientos internacionales contra la represión. Porque si bien las dimensiones del genocidio de los judíos no tienen parangón, los nazis persiguieron a todos aquellos católicos que, en nombre de su moral y de sus ideas democráticas, se opusieron al régimen de Hitler. De hecho, un grupo de sacerdotes católicos fue internado en Dachau, al sur de Alemania, en los comienzos de la época nazi.
La defensa que esgrime el Vaticano del pasivo papel de Pío XII, se limita al argumento de que el Papa pretendía evitar males mayores, nuevas represalias, si alzaba la voz contra los alemanes. Sin embargo, Withold Zlotnicki, de la resistencia, resume a la perfección el sentir de muchos polacos: "Queríamos una palabra fuerte y definida. “Estoy con vosotros”. No la obtuvimos, y ésa fue la gran tragedia". Zlotnicki no fue el único polaco en opinar así, el propio Juan Pablo II declaró en 1997 que la iglesia católica no actuó con suficiente decisión para enfrentar el Holocausto.
Quedan pocas dudas de que la posición del Vaticano frente al nazifascismo fue de permisividad y tolerancia, cuando no de colaboración plena. Circula una carta que se asegura fue enviada por el Presidente Harry Truman al Papa Pío XII, y que se podría conocer si los archivos vaticanos no estuvieran cerrados a cal y canto, reprochándole esa actitud y que se adjunta como nota aparte al final de esta nota.
Pero el punto álgido fue alcanzado en 1999 con la aparición del libro del investigador e historiador católico John Cornwell, del Jesús College of Cambridge, Inglaterra, titulado “El Papa de Hitler”, que desnudó la terrible verdad sobre la conducta de Eugenio Pacelli al frente del Vaticano antes, durante y después de la II Guerra Mundial. Dicho libro muestra con dolorosa crudeza que su título está más que justificado y vuelve creíble y coherente la participación del más alto nivel de la jerarquía vaticana en el montaje y mantenimiento de la “ruta de los monasterios” como la mayor organización de protección y fuga de los criminales nazis después de la II Guerra Mundial. A tal punto impactó esta publicación que en el correr del año se decidió crear una comisión especial de seis científicos, tres judíos y tres católicos designados por el Vaticano para estudiar la los hechos y la actitud del cuestionado papa Pío XII.
Vale la pena dedicar un párrafo al trunco trabajo que durante dos años desarrolló esta comisión. La Comisión había solicitado por escrito a la Santa Sede la plena apertura de los archivos vaticanos, pero el Vaticano adujo razones de catalogación para no permitir el acceso a los documentos posteriores a 1923. El problema estribó en que, con esa negativa, el pontificado de Pío XII (1939-1958) resultaba inaccesible a la investigación, y por lo tanto los hechos centrales que precisamente eran el núcleo de la polémica histórica alrededor del silencio del Papa ante el holocausto. La Comisión, ante la negativa del Vaticano, optó por suspender sus trabajos, lo que acarreó que el jesuita Peter Gumpel, impulsor del proceso de beatificación de Pío XII, acusara a los historiadores judíos de filtrar noticias “distorsionadas” y de “comportamiento irresponsable.”
Michael Marrus, uno de los miembros judíos de la comisión, respondió criticando la postura de Gumpel: “Él (Gumpel) tampoco tiene acceso a los archivos. Él cree que la dignidad de Pío XII es algo obvio y que no hay que investigar más allá, pero quedan tres millones de páginas no revisadas”. Marrus recordó que el Vaticano había hecho excepciones en el pasado sobre la consulta a sus documentos: ”En los años sesenta abrieron archivos no catalogados a cuatro jesuitas. ¿Por qué no pueden hacerlo ahora?”. También las organizaciones judías mostraron su descontento. “Cada país e institución de Europa ha abierto sus archivos para investigar el periodo del holocausto, con una excepción: el Vaticano”, decía Elan Steinberg, director del Congreso Mundial Judío. Según Steinberg, “hay documentos que demuestran que los aliados pidieron a Pío XII que denunciara públicamente el nazismo, pero el Papa no lo hizo”. (El País de Madrid, 13 agosto 2001)
Pese a todo estos inconvenientes el diario francés Le Monde publicó parte de las investigaciones y de las líneas de trabajo de la Comisión, que también recogió la prensa italiana. "Sombras sobre el Vaticano", titulaba La Republica. "Preguntas sin respuesta", dice La Stampa. "Nuevas preguntas para un silencio", escribía Corriere della Sera. Según las revelaciones de Le Monde, había 45 puntos pendientes de aclaración entre los que destacaban el silencio del Vaticano ante la criminal Noche de los Cristales, el 9 de noviembre de 1938; por qué Pío XII dijo sí a las leyes raciales del régimen del mariscal Petain en Francia, una actitud por la que, más tarde, el general Charles de Gaulle estuvo a punto de expulsar del país a gran parte de los obispos católicos -Pío XII envió con urgencia al cardenal Roncalli, futuro Juan XXIII, para que aplacara las iras del presidente de la República francesa, que finalmente se conformó con el exilio de media docena de prelados-, y por qué Pío XII recibió en 1943 en Roma a Ante Pavelic, el líder del Estado fascista croata que masacró a cientos de miles de serbios, judíos y gitanos.
Pero como decíamos al principio de esta tercera parte, el libro de Cornwell ha sido el documento más importante publicado en mucho tiempo sobre este tema tan controvertido. De este libro, recomendado a todo el que tenga interés en el tema, vamos a extractar un par de pequeños fragmentos, uno del prefacio y otro de uno de los capítulos centrales, para cerrar a modo de epílogo y reflexión final este informe especial.
EL LIBRO DE CORNWELL
Hasta que Cornwell escribió su libro no había sido posible contar toda la historia de la carrera de Pacelli como diplomático y como cardenal secretario de Estado. El nuevo material al que tuvo acceso el historiador británico reveló sin lugar a dudas la judeofobia contumaz de Pacelli. Cornwell afirma que en su investigación llegó a tener certeza absoluta de unas cuantas cosas acerca de las actitudes políticas y de las decisiones de Pacelli en relación con los judíos durante más de un cuarto de siglo. Algunas de estas certezas fueron por ejemplo que Paccelli sentía una secreta antipatía hacia los judíos, que se hizo evidente desde su estancia en Munich, cuando contaba cuarenta y tres años, y esa antipatía era tanto religiosa como racista, circunstancia que contradice posteriores afirmaciones de que respetaba a los judíos y de que sus acciones y omisiones durante la guerra estaban dictadas por la mejor de las intenciones. Desde 1917 en adelante, hasta la “encíclica perdida” de 1939 “Humani generis unitas”, Pacelli y el puesto que desempeñaba mostraron una actitud hostil hacia los judíos, basada en la convicción que existía un lazo entre el judaísmo y la conjura bolchevique para destruir el cristianismo.
La política concordataria de Pacelli, impidió las protestas católicas en defensa de los judíos, por considerar que era una cuestión de inferencia “exterior”. La potencial admisión a partir del concordato con el Reich de la destrucción del pueblo judío, fue reconocida por el propio Hitler en su reunión de gobierno del 14 de julio 1933. Y aunque públicamente repudió las teorías racistas en la segunda mitad de la década de los treinta, Pacelli se negó a apoyar las protestas del episcopado católico alemán contra el antisemitismo. Tampoco hizo ningún intento de obstaculizar el proceso de colaboración del clero católico en la certificación racial para identificar a los judíos, lo que proporcionó a los nazis informaciones esenciales para su persecución.
A partir de varias pruebas, queda claro que Pacelli creía que los judíos habían provocado la desgracia que caía sobre sus cabezas; la intervención en su defensa podía arrastrar a la Iglesia católica alianzas con fuerzas, en especial la Unión Soviética, cuya intención última era la destrucción de la Iglesia institucional. Por esta razón, cuando comenzó la guerra, estaba decidido a distanciarse de cualquier llamamiento en defensa de los judíos al nivel de la política internacional. Dado ese fondo, Cornwell se vio obligado a concluir que el silencio de Pío XII tenía más que ver con el miedo y la desconfianza hacia los judíos que a cualquier estrategia, diplomacia o pretensión de imparcialidad. Porque fue perfectamente capaz de apartarse de esa neutralidad cuando Holanda, Luxemburgo y Bélgica fueron invadidas en 1940. Y cuando los católicos alemanes se quejaron del doble discurso, escribió a sus obispos germanos indicando que neutralidad no era lo mismo que “indiferencia y apatía cuando consideraciones morales y humanas exigen una palabra sincera”
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Históricamente la única ruptura de Pío XII del silencio que mantuvo sobre la liquidación del pueblo judío fue la ambigua frase de la homilía de Navidad de 1942, en la que ni siquiera pronunció las palabras judío, alemán o nazi. Su complicidad en la Solución Final al no pronunciar una condena clara, se agrava por el intento retrospectivo de presentarse a sí mismo como un sincero defensor del pueblo judío. Su grandilocuente autoexculpación de 1946 revelaba que no sólo había sido el Papa ideal para el Holocausto de Hítler, sino que además era un hipócrita
Como siempre la historia tendrá la última palabra.

JOHN CORNWELL: Un católico con sólidos principios éticos.
John Cornwell, un prestigioso profesor católico de historia de un prestigioso colegio católico inglés, abre su libro con una explicación ética como pocas veces se ve en un historiador y que vale la pena transcribir en sus conceptos medulares:
“Hace algunos años, en una cena con un grupo de estudiantes de doctorado, entre los cuales había católicos, surgió el tema del papado y la discusión se caldeó. Una joven dijo que le resultaba difícil comprender que una persona en su sano juicio pudiera ser católica, dado que la Iglesia se había pronunciado a favor de los más perniciosos dirigentes de derechas del siglo (Franco, Salazar, Mussolini, Hitler ) Su padre era catalán y sus abuelos paternos habían sufrido la persecución de Franco durante la guerra civil. Se planteó entonces la cuestión de la actitud de Eugenio Pacelli (Pío XII), y si había hecho algo o no por salvar a los judíos de los campos de la muerte.”
“Como a muchos otros católicos de mi generación, el tema me resultaba familiar. Me pareció que para hacerse una idea imparcial de Pacelli, así como de sus hechos y omisiones, era necesario contar con una crónica más amplia que las escritas hasta el momento. Tal estudio debía abarcar no sólo a sus primeras actividades diplomáticas, sino su vida entera, incluyendo el desarrollo de su evidente espiritualidad desde la niñez. Estaba convencido de que si se estudiaba la totalidad de su vida, el pontificado de Pío XII quedaría absuelto.”
“Por eso decidí escribir un libro que satisficiera a un amplio abanico de lectores, viejos y jóvenes, católicos y no católicos, que siguen planteándose preguntas acerca del papel del papado en la historia del siglo XX. Solicité entonces acceso al material reservado, convenciendo de mi ánimo benévolo a los encargados de los diferentes archivos. Actuando de buena fe, dos jesuitas pusieron a mi alcance materiales no considerados hasta ahora: los testimonios bajo juramento recopilados hace treinta años para la beatificación de Pacelli, así como otros documentos de la Secretaría de Estado vaticana. Al mismo tiempo comencé a revisar y estudiar críticamente la gran cantidad de trabajos relacionados con las actividades de Pacelli durante los años veinte y treinta en Alemania, publicados en los pasados veinte años, pero en general inaccesibles para casi todo el mundo.”
“A mediados de 1997, cuando me aproximaba al fin de mi investigación, me encontraba en un estado que sólo puedo calificar de shock moral: el material que había ido reuniendo, que suponía la investigación más amplia de la vida de Pacelli, no conducía a una exoneración, sino por el contrario a una acusación aún más grave contra su persona. Analizando su carrera desde comienzos de siglo, mi investigación llevaba a la conclusión de que había protagonizado un intento sin precedentes de reafirmar el poder papal, y que ese propósito había conducido a la Iglesia católica a la complicidad con las fuerzas más oscuras de la época. Encontré pruebas, además, de que Pacelli había mostrado desde muy pronto una innegable antipatía hacia los judíos, y de que su diplomacia en Alemania en los años treinta le había llevado a traicionar a las asociaciones políticas católicas que podrían haberse opuesto al régimen de Hitler e impedido la Solución Final.”
“Eugenio Pacelli no era un monstruo; su caso es mucho más complejo, más trágico. El interés de su biografía reside en la fatal combinación de elevadas aspiraciones espirituales en conflicto con su exagerada ambición de poder y control. El suyo no es un retrato del Mal, sino una fatal fractura moral, una separación extrema entre la autoridad y el amor cristiano. Las consecuencias de esa escisión fueron la colusión con la tiranía, y en último término la complicidad con la violencia. (...)” (John Cornwell. Jesús College, Cambridge, Inglaterra, abril de 1999)
Final abierto (todavía...)
Las palabras de Cornwell nos exoneran de cualquier comentario adicional, por eso vamos a cerrar este informe especial con las palabras de un sobreviviente del holocausto, el Dr. Dov Shilansky quien, entre otras cosas, fue presidente del Knesset, el Parlamento de Israel, y que logró salir vivo del terrorífico campo de concentración de Dacha. Su recuerdo ilustra con sencillas palabras el drama que implicó en términos de vidas y esperanzas desechas para los inquilinos de los campos de Hitler, el silencio connivente de Pío XII en aquellos momentos de horror y desesperanza.
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&Uds. ven una fotografía del Ghetto de Varsovia, imaginen que estuvieron allí en el Ghetto y uno de Uds. llegó a los campos de la muerte. Sólo había piel y huesos.(&) El mundo sabía y se calló. También el Papa Pío XII, el representante de la fe divina en el mundo, también calló. Nací, me crié y vengo del Ghetto de Lituania: los lituanos son muy católicos y estuvieron muy activos junto a los nazis. El 92% de los judíos lituanos murieron. Si el Papa hubiese dicho tan sólo una palabra, muchísimos judíos hubiesen quedado con vida. Yo no entiendo lo que pasó y estuve allí. Nos mataron, nos incendiaron. Yo no olvido, está prohibido olvidar. Yo no me olvido y digo: yo no perdono....
La única forma que las víctimas individuales y colectivas de la barbarie nazi puedan perdonar algún día a quienes fueron cómplices morales o materiales -antes, durante y lo que es peor, después de caído el III Reich-, es que estos, sean hombres o instituciones asuman su cuota parte de responsabilidad con sincero arrepentimiento y verdadera autocrítica, que es la única forma de evitar que en el futuro se repitan las fracturas morales que permitieron que sucediera lo que sucedió. Sobre todo instituciones como la Iglesia Católica que ha sido, y pretende seguir siendo, una referencia ética fundamental de la civilización judeo cristiana y occidental.
Acontecimientos de la envergadura de la Shoá, o la protección de criminales de guerra fugitivos, no se pueden barrer bajo la alfombra de la historia fácilmente. Tarde o temprano la acumulación de pruebas acabará convenciendo a la opinión pública mundial de cómo ocurrieron los hechos. Y cuando eso suceda, la vergüenza puede ser por partida doble: por la complicidad, por acción u omisión, con el nazismo, y por el intento de montar una impostura tergiversando los hechos.
Todos los hombres y mujeres de buena voluntad en el mundo, en especial los católicos y los judíos, esperan que el Vaticano asuma con valentía su responsabilidad histórica por los errores cometidos por su máxima dirigencia durante la segunda guerra mundial y en los años siguientes.
Porque inexorablemente la historia habrá de exhumar la verdad de los hechos. Y el Papa de turno tendrá también, inevitablemente, que pedir perdón por los errores y las imposturas de sus antecesores.
Tal como lo hizo Juan Pablo II con Galileo Galilei en 1992.
Esperemos que en este caso, no haya que esperar 359 años para verlo.
Montevideo, diciembre de 2004