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Mr. A
por Helena Arce
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Hace hoy 89 años, desde aquel lejano 8 de diciembre del año 1915, ese día fue seguramente cálido, con olor a jazmines. Una pareja con sus tres pequeñas hijas, residían en la Villa del Cerro, en una casa propiedad de María Luisa Fernández de Neyra, quien alquilaba habitaciones a los inmigrantes recién llegados.
Ella, Antonia Montini, era italiana, como tantas otras había emigrado de su Ancona natal, junto a su hermana a Brasil en busca de trabajo. Por esas cosas del destino, se trasladó a Arroyo Seco, en la Provincia de Santa Fé, ciudad, apenas un pueblo por aquel entonces, satélite de Rosario. En ese lugar, conoció al hombre con quien compartiría el amor y formaría su hogar. El era el único hijo varón de Cristina Góngora, viuda de Francisco Arce y madre de tres hijos, Gregorio Arce era perito mercantil, pero debió hacerse cargo de la carnicería de su padre, al morir éste. Un día, se enamoró de aquella italiana dulce, bellísima y emigró con ella al Uruguay Soñaban con un hijo varón, y aquel día, al fin su cuarto hijo, el cuarto de cinco, vino al mundo, era el varón ansiado, y el único que tendrían. Luego a fuerza de trabajo, lograron mudarse a Lezica, y allí en una casa rodeada de encinas, disfrutaban de su familia.
A ese hermosísimo lugar, llegó la tristeza un día montada en un carruaje negro tirado por caballos, que trasladó a su descanso eterno a aquella rubia italianita que había encontrado el amor en aquel argentino descendiente de vascos. Mientras esto ocurría, un niño de corta edad miraba "tras los cristales el carruaje que le arrebataba para siempre, a aquella, a la que no olvidaría". (1)
Luego vinieron las mudanzas, Gregorio debía trabajar para mantener a su familia, y cuidarla al mismo tiempo, por ello llevó a sus hijos a vivir cerca de su trabajo, de Lezica a la Ciudad Vieja, de allí al Cordón y luego a la Punta de las Carretas, desde allí el también partió a reencontrarse con Antonia.
Así ese hijo varón tan anhelado, perdió a su madre, en su más tierna infancia. "Madrecita, santa y buena, dime por qué desapareciste, Madrecita, santa y buena, dime oh, por qué te fuiste? Y allá lejos en el cielo, donde seguramente estás, a este, tu hijo, llorarás?" (2) , y a su padre, con quien compartía inolvidables visitas al velódromo, al comenzar la adolescencia. Creció al amparo de María Luisa, tan amiga de aquella dulce italianita, que fue la madrina de todos sus hijos, a quienes apoyaba sin desmayar, desde su nuevo hogar, en la calle José Llupes. "Madrina" nunca dejaría de cumplir la promesa hecha a la madre agonizante, de velar por sus hijos, sobre todo los hizo estudiar, para que lograran valerse por si mismos. También encontró amparo en su padrino, un comerciante de La Paz de apellido Morales, quien siempre estaba cerca de
" mi muchacho, posiblemente un poco díscolo, al perderme tan pronto" (3) .
Cuando al fin todos los hermanos lograron subsistir por si mismos, se juntaron y compartieron nuevamente una vivienda, un hogar donde disfrutaron al fin, estar en familia de nuevo. Con muebles confeccionados por Aníbal, aquel hijo varón, tan esperado, quien por cierto no era un experto carpintero, fabricó con sus manos un armario para guardar la ropa, el armario al son de un cierto vaivén, parecía mugir, por ello lo bautizaron la "vaca", y una mesa"la bailarina", pues las patas no habían quedado muy firmes, y bailoteaba cuando apoyaban la comida en ella. . Pero ellos disfrutaron de esos tiempos, difíciles pero alegres, amparándose el uno al otro, unidos, queriéndose por sobre todo. . .
Al fin llegó la época del amor, una a una las hermanas se fueron casando, y el quedó un poco solo, hasta que conoció a la mujer "de los ojos mas lindos que han visto mis ojos"(4) . María Esther que así se llamaba, compartió su vida y su destino, vivieron juntos 55 años, siempre "a tu vera, a la verita tuya" (5) .
Esta es la historia de la familia de unos inmigrantes de principios del siglo pasado, que temprano partieron, posiblemente una historia de tantas, llegaban al Uruguay buscando un futuro mejor, un destino de trabajo y libertad. Exactamente como estos años, fueron los uruguayos quienes partieron, con la valija llena de ilusiones.
Esta historia, sin embargo, es por sobre todo, la de un hombre muy especial. Un ser increíble, que aprendió a superar las pruebas que el destino le puso en el camino, sin relamerse las heridas, formó una familia y se hizo un camino de la nada. Claro de la nada material, pues dentro suyo vivía el amor de aquellos dos seres, una lombarda y un rosarino, quienes a pesar del poco tiempo que la vida les dio, dejaron en sus hijos la fuerza y la calidez necesaria para que fueran personas de bien, legándoles la posibilidad de encarar el futuro con responsabilidad y alegría, la alegría de poder reír, sobre todo y a pesar de todo, de si mismos. .
Tal vez por todo ello, para él por encima de todo estaba su familia, y si bien hizo un culto de la amistad, fue la llegada de sus hijas la que dio sentido a su vida :" Y tendrá su objeto, ya, mi pasar por el mundo" (6)
Hace una década que Mr. A, como irreverentemente suelo llamarlo, partió. No existe para mi la fecha de su ida, todos los primeros días del año, como un rito sagrado, procedo a tachar ese día en mis calendarios. Sin embargo siempre festejo su cumpleaños, pues ese bendito 8 de diciembre de 1915, nació ese ser inolvidable, alguien que irradió tanta luz durante su existencia, que ha logrado alumbrar no solo a sus hijas, sino también a los hijos de sus hijas, y a los hijos de los hijos de sus hijas.
Aníbal Rolando Arce Montini, fue un ser increíble, que pasó por este mundo, repartiendo amabilidad, tolerancia, respeto y alegría. Un ser tan amado por quienes tuvieron la dicha de ser sus amigos, que no recuerdo haber podido encontrar un hombro en quien verter mis lágrimas, aquel difícil día en que debí afrontar su partida. Aquellos quienes lo habían conocido, estaban tan transidos de dolor, que no encontraban fuerzas para consolar. Y sin embargo valió tanto la pena haberlo tenido, al punto de validar el dolor de ya no tenerlo!.
Feliz cumple "Pap", donde quiera que estés más allá de mi corazón.
(1) Relato "Por qué te quiero tanto Lezica" de Aníbal Arce
(2) "Madrecita", poema de Aníbal Arce
(3) Esquela donde Gregorio Arce, compartía su preocupación, por el futuro de su hijo con su amigo y compadre.
(4) Tango cantado por Carlos Roldán, con que Aníbal Arce solía despertar a su esposa, los domingos a la mañana.
(5) Carta de María Esther Misol, dirigida a su esposo Aníbal, quien se encontraba en Rosario visitando a su familia paterna..
(6) Poema "Paz Hogareña" de Aníbal Arce