EL PEQUEÑO LUSTRA BOTAS Y UNA HISTORIA SIN FINAL
por Luis Tappa
Corría el año 55 o 56, creo, un año más o un año menos no importa, por entonces yo trabajaba en lo que en aquella época eran los "Talleres Gráficos 33" una imprenta muy grande, con unos 40 empleados y que estaba ubicada en la calle Piedras 522.
Allí, entre un sin fin de máquinas y trabajos, se editaban libros y se sacaba el boletín del Ministerio de Ganadería, este se editaba semanalmente y tenia una tirada de unos 6 o 7 mil ejemplares si mal no recuerdo.
La empresa contaba con una antigua rotativa que estaba sobre el pozo de un manantial, este se había cubierto con hormigón pero igualmente manaba agua que había que estar permanentemente bombeando para que no se inundara.
Se trabajaba en tipografía que era el método que se usaba en la época, se contaba con 8 linotipos un montón de planas de todos los tamaños, varios tipos de impresoras más, y también una moderna máquina, para la época, que se llamaba "Ludlow", no recuerdo si el nombre se escribe así, pero la gente del gremio sabrá disculpar si me equivoco, esta máquina servía para hacer los títulos con que luego se iban a armar las paginas para imprimir. En ese mismo lugar también hacíamos el semanario "Marcha" es más, yo entré a trabajar en la imprenta por el Dr. Carlos Quijano a quien hacía tiempo conocía y fue quien me recomendó. Pero no solo conocía a Quijano, sino también a toda la gente que componía el grupo. Yo trabajaba en la oficina como 2º auxiliar, en realidad éramos tres, el Gerente, Sr. Canedo, el 1er. Auxiliar, Sr. Antúnez y yo. Los jueves era el día de Marcha en la imprenta, y desde la mañana, ya alguno de ellos, incluido el Dr. Quijano, ocupaban las oficinas y máquinas de escribir y se quedaban hasta que la edición estaba casi pronta para entrar en máquinas. Entre las 7.30 y las 8 de la noche, luego de las primeras pruebas, la rotativa comenzaba a rodar con su insoportable ruido y a escupir ejemplares a un promedio de 15 mil por hora, que, salvando las clásicas detenciones para corregir algún problema, roturas del papel o recargar bobinas, en tres horas estaba terminado el trabajo. Se hacía una tirada entre 27 y 30 mil ejemplares que se iban recogiendo y haciendo atados con ellos a medida que iban saliendo.
Aunque mi horario era hasta las siete, los jueves me quedaba hasta que salían los primeros ejemplares para llevarme uno. El viernes de mañana la "Marcha" ya estaba en la calle.
Mis funciones se repartían entre la liquidación de sueldos, presupuestos y bancos, a los que concurría a diario con la finalidad de hacer gestiones, depositar o retirar dinero. La cobranza nos la repartíamos con Antúnez.
Entre mis recorridas por los bancos de la ciudad vieja, casi siempre me hacía un lugarcito para ir a tomar un capuchino y comerme una media luna en un bar que estaba ubicado en la esquina de Zabala y 25 de Mayo, era una costumbre ir a aquel lugar, aunque siempre dependiendo del tiempo y la urgencia de mis quehaceres cuando salía en mis recorridas bancarias. Iba a aquel bar, principalmente, debido a que los bancos con que trabajábamos, República y Comercial, estaban juntos y a una cuadra.
Uno de esos días, en que me encontraba en el bar, entró un pibe con una caja de lustrar zapatos ofreciendo su trabajo, no tendría más de 11 años.
En aquella época se usaba traje, corbata y zapatos de cuero negro para ir a trabajar, era la época en que un diario costaba lo mismo que un boleto, y los avisos económicos eran económicos de verdad, no como ahora, donde una línea microscópica de una página a 8 columnas en formato tabloide vale más de 80 pesos. Por entonces los diarios se vendían como pan caliente. La palabra Cantegrill solo significaba el nombre de un barrio rico de Punta del Este, y la ciudad de Montevideo no estaba rodeada del cinturón de miseria de hoy día, tampoco existían los carritos tirados por caballos recogiendo basura, y los pocos que habían eran de mano y llevados por alguien que al grito de, ¡fierro viejo, botellas coooompro... botelleroooo! recorrían alegrando con su grito canto las calles de la ciudad. Tampoco existían las distribuidoras de diarios y revistas, que le quitaron el trabajo a tanta gente pobre para pasar a ser el gran negocio de unos pocos. Era el tiempo de los repartos a domicilio, y cualquier pibe o persona que quisiera hacerse el pesito para pucherear, no tenía más que ir a la boca de salida de cualquier periódico, comparar una mano de diarios y salir a vender por la calle o los tranvías y ómnibus. Era la época en que Pepino y sus Patos Cabreros, sin tanta sofisticación, nos deleitaban con sus cabriolas y cantos, y el "cotorra" Migues hacía goles de todos los colores.
También era la época en que en la imprenta un linotipista ganaba más que el gerente, y un tipógrafo andaba por ahí y ni hablar de los correctores. Nosotros, los de la oficina éramos los que ganábamos menos, pero de todas maneras era un buen sueldo. Los Talleres eran una Sociedad Anónima, y uno de sus principales accionistas era un señor de apellido Sosa que vivía en la calle Capurro a media cuadra de la vías del tren, por entonces era el Director General del Correo y por la imprenta se le veía muy poco.
Me llamó poderosamente la atención aquel botija, ¿pero por qué?, porque no era un pibe común de la calle que salía a trabajar, como muchos entonces, tenía un encanto especial en su personita, una educación y fineza en su trato y conversación que cautivaba a los parroquianos, servicial, amable y prolijo hasta en su modesto vestir, parecía de otro planeta y totalmente fuera de lugar en el trabajo que hacía. Con la excusa de lustrarme los botines comencé a ir más seguido al bar con la finalidad de verlo para charlar. Aquel chiquilín era especial, lo vi una vez llamar y salir corriendo detrás de una persona a la que se le había caído un dinero al retirarse del bar, para devolvérselo. El niño me conmovía profundamente, de a poco le fui sonsacando donde y como vivía, y quien era su familia. Supe que no tenía familia, estaba solo y vivía en algún lugar de una pensión donde lo dejaban quedarse por unos reales. Luego comencé a invitarlo a que se sentara a la mesa que yo ocupaba y le hacía servir unas buenas meriendas que compartíamos entre interesantes conversaciones, daba gusto hablar con el, parecía una persona mayor, alegre por naturaleza, tenía esperanzas, proyectos y ganas de vivir.
Al poco tiempo, aunque me conocían, ya que era cliente de aquel bar, se me acercó uno de los mozos y me dijo que el botija no podía ocupar una mesa porque daba mala imagen para el negocio, supuse entonces que algún pelucón de los que a diario paraban ahí, de esos que nunca faltan, se habría quejado, le respondí que yo era cliente de la casa, pagaba por la consumición y era dueño de invitar a quien se me antojara y que si aquel niño no podía compartir una merienda conmigo me retiraba de la casa, había otros lados a donde ir. Por el momento quedo por esas y todo siguió igual. Para entonces me había encariñado con el pibe y una idea loca comenzó a dar vueltas en mi cabeza, estaba pensando en hablar con mi madre y llevarlo para casa, podríamos proporcionarle un hogar, estudio y sacarlo de la calle. Siempre he sido impulsivo e intuitivo y había algo en aquel chico que me decía que valía la pena. Pero no terminaba de decidirme, la idea me daba vueltas y vueltas en la cabeza, se perfectamente que con mi madre y mi padre no hubiera habido ningún problema, mis queridos viejos eran de esa clase de gente de corazón abierto que tanto se precisarían hoy en día. Pero demoré demasiado, tampoco era una decisión fácil.
Luego de un breve tiempo, nuevamente en el bar me volvieron a insistir en que aquel pibe no podía ocupar una mesa y no le permitieron entrar más. Ese día, cuando alcancé a ver que lo corrieron al entrar, mi indignación era tal, que recuerdo haberles dicho algún "disparate", me levanté, y sin terminar lo que había pedido, pague y me fui para nunca volver a ese lugar. Me fui muy enojado, mas bien "caliente como un chivo" por esta segregación social, la que muchos uruguayos aun no creen que exista en nuestro país, pero es real, y eso que era un niño... ¡tan solo un niño! Que no entraba a pedir ni a vender nada, solo a trabajar o a charlar conmigo y no molestaba a nadie.
Y aquí viene lo más extraño, por increíble que parezca tampoco volví a ver al pibe, solo me quedó su recuerdo, imborrable en el tiempo. Pienso que se debió sentir tan humillado que se fue para no volver. En mis salidas recorría cuanto boliche había por la zona, arriesgando algún rezongo en la empresa por demorar demasiado, no hubo forma, incluso preguntaba por él en los lugares que iba, tampoco lo encontré por las calles ni nadie me supo dar el más mínimo dato. Algunas veces, luego de terminar la jornada en la imprenta, recorría los bares y la zona, no me podía conformar.
Entre tanta cosa que hablamos y le pregunté, me olvide de averiguar donde quedaba esa pensión que dijo que pernoctaba.
¡Fue como si se lo hubiera tragado la tierra!, desapareció de la misma manera que había aparecido, de golpe, rodeado en el halo misterioso del alma millonaria de un niño pobre y trabajador, pero de la calle, y con una personalidad y educación que bien podría envidiar el hijo de algún ricachón educado en carísimo colegio privado.
Ya le había preguntado en una oportunidad si le gustaría ir a vivir con nosotros, ya que estaba solo y no tenía padres ni a quien darle cuentas, su sonrisa y aquel ¡SI! aun lo llevo en mi memoria.
Desde entonces ha pasado mucho tiempo y poco olvido, no recuerdo como se llamaba, pero no hay día que no me acuerde de aquel pibe y no me reproche la demora en tomar la decisión que le hubiera cambiado la vida a él y a mi me hubiera dado el hermano menor que nunca tuve. Jamás me lo he podido perdonar.
Aquello fue una de esas cosa que quedan prendidas de la memoria y del alma, y que terminan formando parte de esos recuerdos que nos atormentan, de cosas que hicimos mal, o no supimos hacer bien, en la vida.
Comentando con amigos, después de lo sucedido, no faltaron los que me dijeron, -"¡Tas loco... andá a saber lo que hubiera resultado! menos mal que no te lo llevaste pa' tu casa"-
Y realmente no se lo que hubiera resultado, pero le tenía un fe enorme, y resultara lo que resultara, por lo menos hoy lo sabría, y no tendría esa espina clavada en el corazón que me sigue molestando a través de los años.
Aun hoy, porfiada, sigue en mi cabeza una pregunta sin respuesta... ¿Qué habrá sido de aquel chico lustrabotas?
En mis hermosos ratos de divague, cuando dejo a mis pensamientos volar libres y sin tiempo, me pregunto si no habrá sido, realmente, alguien de otro planeta, que solo vino a probarme y luego se perdió en el infinito, o si esto solo existió en mi imaginación.
Partida de ajedrez con finales sin resolver, nuestra vida.