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Año V Nro. 281 - Uruguay, 11 de abril del 2008   
 

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Emilio J. Cárdenas
La colombiana Piedad Córdoba
sigue jugando al engaño

por Emilio J. Cárdenas (Perfil)
 
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“La primera vez que tu me engañes, la culpa es tuya;
la segunda, la culpa es mía.”
Antiguo proverbio árabe.

         La ambulante senadora colombiana que siempre procura alguna notoriedad, Piedad Córdoba, está haciendo (desde hace rato) un evidente “doble juego” político. Engañando, entonces. O tratando de hacerlo, lo que no es lo mismo.

         Frente a la izquierda radical de la región, Córdoba aparece frecuentemente como una de los suyos. En cambio, frente el resto del espectro político colombiano, la senadora (opositora al cada vez más popular presidente Álvaro Uribe) pretende asumir una posición distante de aquella que caracteriza a los extremistas, lo que (ante sus dichos y conductas) es bastante difícil de creer.

         En recientes declaraciones formuladas en este caso al diario La Tercera, de Santiago de Chile, la senadora “mostró nuevamente la hilacha”.

         En efecto, refiriéndose a las FARC, sostuvo que ellas “equivocaron la forma de lucha”, a lo que agregó que “el secuestro es un acto absolutamente repudiable”, que dijo “no compartir”.

         Lo cierto es que los secuestros hechos por las FARC son mucho más que meros “actos repudiables”. Son crímenes abominables que están absolutamente prohibidos por el Derecho Humanitario Internacional. Es más, en muchos casos ellos son -explícitamente- “crímenes de guerra”, o sea delitos de “lesa humanidad” cometidos por milicianos marxistas con motivo de un “conflicto armado interno” que lleva ya más de cuatro décadas azotando a Colombia. Los secuestros -por ejemplo- están expresamente prohibidos por el Artículo Tercero (la famosa “Cláusula Martens”) de la Convención de Ginebra de 1949, que sintetizando la costumbre internacional prevaleciente es directamente aplicable a los denominados “conflictos armados internos”, como el de Colombia y como el que -en la década de los 70- tuviera por escenario a nuestro propio país.

         Por ello, esos secuestros (como el del Coronel A. Larrabure) conformaron delitos contra la humanidad, que -como tales- son imprescriptibles.

         La senadora colombiana, que se llena la boca con el Derecho Humanitario Internacional, debiera saberlo y animarse a puntualizarlo. Más allá de sus “posturas”. Y seguramente lo sabe, porque si hay algo que no es, es tonta. Pero con rara frecuencia prefiere no llamar a las cosas “por su nombre”, por razones que todos podemos presumir.

         Cuando el periodista trasandino que la entrevistaba le preguntó, con toda razón, por el significado de haber aparecido públicamente ataviada con una boina de las FARC, definió a su insólito proceder –esto es, a portar el atuendo de una agrupación criminal– como “un acto de paz”, agregando que “lo volvería a hacer”. “Fray Ejemplo” es el mayor predicador, dicen.

         Cabe recordar que nuestra presidenta, junto a nuestra siempre sobre-actuante embajadora en Venezuela, aparecieron -ambas- ante nuestras cámaras de televisión que transmitían -en cadena- una encendida “alocución” contra todo el mundo de Hugo Chávez, realizada desde la Casa Rosada- vestiditas ambas de estricto color rojo, con el notorio simbolismo consiguiente.

         ¿Habrá sido otro “acto de paz”?

         “Dime con quien andas y te diré quien eres”, dicen algunos. A lo que habría que agregar que si bien “el hábito no hace al monje” (o a las monjas), por lo menos confunde.

         Y esto es, precisamente, lo que se busca. Lo contrario de la sinceridad, virtud escasa en todas partes, e inexistente en el particular mundo de la política. Si no lo cree, anímese y pregúntele al gran fracasado -y hoy abandonado- Eduardo Duhalde, por la virtud de la lealtad…. y verá (quizás) cual es la respuesta.


Fuente: Economía para todos
 
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