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Año V Nro. 281 - Uruguay, 11 de abril del 2008   
 

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Entre el Fascismo y la Libertad
por José Antonio Fontana

 
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El gobierno argentino, que se llama a sí mismo peronista, sigue tratando en estos días de repetir las mismas fórmulas que repitiera Perón hace casi sesenta años, y antes el fascismo italiano, su más preclaro antecesor. Sindicatos convertidos en vulgares turbas. Algunos sectores empresariales que de tan comprometidos con el gobierno parecen sus lacayos y nada envidian a un sindicato. Piquetes subsidiados por el estado que conforman una especie de fuerza para-policial amparada por el gobierno.

         El jueves 27 y viernes 28 de marzo, asistí al muy gratificante evento que con motivo de su vigésimo aniversario organizara la Fundación Libertad con sede en la ciudad de Rosario, en la provincia de Santa Fé, Argentina.

         Debido a la absurda situación reinante en ese país, derivada de la confrontación campo-poder político, el arrivo a esa ciudad situada en la ribera del río Paraná, se tornó bastante surrealista. En diversas ocasiones, a lo largo del trayecto por tierra desde Buenos Aires, sendos piquetes de productores amenazaban con impedir el paso de los vehículos. El humo de los asados solidarios se confundía en algunos casos con el proveniente de la quema de cubiertas realizada en plena ruta, para evitar o controlar muy estrictamente la circulación. 

         Más tarde supimos, que los “asados solidarios” provenían de la colaboración de quienes sufriendo las mismas injusticias, no estaban en condiciones de permanecer en la ruta, pero colaboraban a su manera enfrentando el desorbitado abuso de poder y la desmedida ambición impositiva del gobierno.

         Y es que los productores argentinos, simplemente desafiaron a quienes de buenas a primeras y después de décadas de despilfarro, se atrevieron una vez más a meterles la mano en el bolsillo, decretando de un plumazo impuestos confiscatorios capaces de convertir a esforzados empresarios independientes en esclavos del poder. Así las cosas, no pudimos dejar de recordar a Locke y su Segundo Tratado Sobre el Gobierno Civil, y muy especialmente donde refiere al derecho de rebelión de los pueblos.

         Populismo mediante, el gobierno argentino, que se llama a sí mismo peronista, sigue tratando en estos días de repetir las mismas fórmulas que repitiera Perón hace casi sesenta años, y antes el fascismo italiano, su más preclaro antecesor. Sindicatos convertidos en vulgares turbas. Algunos sectores empresariales que de tan comprometidos con el gobierno parecen sus lacayos y nada envidian a un sindicato. Piquetes subsidiados por el estado que conforman una especie de fuerza para-policial amparada por el gobierno, capaz de generar las más absurdas confrontaciones. Esa es la realidad cotidiana de un país que por su riqueza, capacidad industrial instalada y capital humano, estando llamado a integrar la privilegiada lista de los ganadores del mundo, se conformó hasta ahora con agrandar la nómina de los desamparados sin fe en el porvenir. 

         Las palabras trabajo, ética, moral y dignidad, parecen haber cambiado de significado en la Argentina de nuestros días.

         El seminario de Rosario se desarrolló en un marco de gran camaradería. Cuando una institución exitosa logra reunir en dos jornadas inolvidables a más de doscientos amantes de la libertad, provenientes de todo el mundo, a los que se suman más de mil argentinos procedentes de todo el país, ávidos de información e intercambio de ideas, las cosas suelen funcionar bien.

         La constante y creciente amenaza del castro-chavismo y sus estrategias en América Latina, fue tema recurrente a lo largo de las diferentes conferencias, y el riesgo de su avance constante y exponencial sobre toda la región, fue denunciado en reiteradas oportunidades. La extraña relación de amor-odio que llevan adelante Bush y Chávez manteniendo en paralelo un constante intercambio de agresiones verbales a la vez que un cada vez más intenso vínculo comercial, estuvo también sobre la mesa. América Latina, con algunas puntuales excepciones, parece haber quedado sola, librada a su suerte, mientras un cúmulo de información tergiversada bombardea día a día a su población, haciendo presa fácil de los más desprevenidos. 

         La izquierda, otrora socialista, caído el muro de Berlín se ha tornado fascista. Es bien sabido que no es rentable ser oposición en estas tierras. Como dijera ese gran liberal que fue Carlos Rangel, “El mejor negocio en Venezuela – y puede hoy en día extenderse a muchos países de la región-  ha sido apoderarse del Estado. Y el segundo mejor negocio, ser amigo, cómplice o sirviente de los dueños del Estado. Así como la mejor manera de arruinarse ha sido, tradicionalmente, ser enemigo del gobierno.” Esa es nuestra triste realidad.

         El almuerzo del viernes se llevó a cabo en la Bolsa de Comercio de Rosario, institución cuyo majestuoso edificio condice con su seriedad. En su hall, aún mantiene congelada una pizarra del año 1929, para recordar a sus asociados que lo único permanente es el cambio y que para eso hay que estar preparados siempre.

         Es la antítesis del estado devorador, que succiona cualquier intento de producir riqueza.

         Salimos de allí esperanzados, sabedores de que existe una Argentina real, que solo requiere del campo fértil de la libertad de mercado y del respeto por los derechos individuales para transformarse en la potencia económica, social y cultural que merece ser y que nunca debió dejar de ser. 

         Abordamos el ómnibus que nos conduciría de regreso a la sede del evento, y a pocas cuadras de allí ocurrió un hecho tan absurdo como sorprendente. Una turba chavista de alrededor de un centenar de personas, portando banderas de Cuba, de la República Bolivariana de Venezuela y del Che Guevara, aparentemente descontrolada pero prolijamente dirigida, nos agredió. Primero fueron gestos e insultos para después pasar directamente a la acción arrojando bolsas de pintura y a continuación hacer añicos los vidrios. El cierre rápido y cuidadoso de todas las cortinas les impedía ver lo que ocurría dentro del ómnibus, por lo que solo atinaban a lanzar piedras y y latas,  golpeando con palos desde cierta distancia. Tiempo después, algunos estruendos anunciaron la proximidad de las fuerzas del orden, y poco a poco las cosas se fueron calmando. 

         Entre quienes se encontraban viviendo esa “aventura latinoamericana” estaban Mario Vargas Llosa y Mauricio Rojas. Los que viajábamos en ese ómnibus, personas de las más diversas nacionalidades, estábamos unidos por una misma idea englobada en una sola palabra: libertad. 

         Pensé en la Cuba de los años sesenta, donde hubiéramos sido fusilados por pensar diferente. Pensé en la Cuba de hoy, donde los juicios sumarios continúan y los presos políticos se consumen en las mazmorras por sus ideas. Pensé en los muertos víctimas del comunismo. Pensé en el holocausto, el nazismo y el fascismo. En tantas y tantas injusticias. Pensé en la Unión Soviética, en la primavera de Praga. Y pensé en la Argentina y la América Latina del presente, y encontré para todo un solo denominador común; al parecer, para mucha gente, libertad es una palabra fácil de pronunciar, pero muy difícil de asumir. 


Fuente: Diario de América
 
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