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Año V Nro. 294 - Uruguay,  11 de julio del 2008   
 

 
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Visión Marítima

2012

 
Raúl Seoane

Todos fuimos Colombia
por Luis Alberto Lacalle Herrera

 
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         Tal cual el rayo, restallante, parte en dos las tinieblas e ilumina en un momento incomparable el paisaje, la operación militar de las Fuerzas Armadas de Colombia ha arrojado luz sobre el oscuro panorama de la tremenda guerra que vive ese país. Se trata sin embargo de algo más que un alarde de profesionalismo de perseverancia, de planificación seria y de lucidez del mando político y militar, mucho más.

         La América contemporánea a través de la nefasta influencia de Fidel Castro, de sus teorías, de sus escuelas de subversión y sabotaje, de su intervención en los asuntos internos de los demás países del continente, ha representado en los últimos cincuenta años la teoría y la praxis de la destrucción del sistema democrático. Un éxito y quizás el no menor de esta fuerza negativa ha sido el lograr que respecto de ella se establecieran criterios dobles y diferentes criterios de ética.

         Lo que en una extremo del espectro político se condenaba y con razón en las dictaduras militares, en el otro se justificaba y justifica hasta el día de hoy a pesar de los atropellos a los derechos humanos, de la negación del sistema democrático y de la conculcación de los derechos ciudadanos. Tanto en Europa como en América esta manera parcial y sesgada de mirar las cosas determinó que se construyeran teorías y se organizaran grupos políticos para los cuales no había un sistema de medida parejo para las violaciones al derecho, a las constituciones, y a las garantías mínimas de los ciudadanos.

         Conocemos esta hemiplejía política por que largo tiempo ha estado presente entre nosotros.

         Así fue que no solo se aplaudió la acción de las guerrillas sino que, como tristemente lo sabemos, se procuró implantarlas y transplantar a nuestra vida similares prácticas. Todo ello bajo un manto de comprensión y justificación que, aunque no resiste el más leve análisis, se convirtió en una suerte de evangelio de las teorías que llevadas a la práctica, sembraron la muerte y el terror en España, en Alemania, y en toda la América Central y del Sur.

         Sabemos que en su más lejano origen la acción de las FARC tuvo una base de diferencias políticas internas dentro de un país que como Colombia llegó a llamar a un período de su historia "la violencia". Pero la deriva de estas siniestras fuerzas hacia el campo claramente delictivo ya ha durado demasiados años como para que el tenue disfraz con el que se ha pretendido disimular su esencia, resulte penosamente escaso para ocultar la cruda realidad de una organización basada en el secuestro y el comercio de droga.

         Es así que la nación del Norte de nuestro sub continente ha venido soportando, no solamente atentados contra sus gobernantes, sus militares y la propia y sufrida población, sino que ha representado la instalación del miedo en todos los ámbitos de la vida cotidiana y aún la ocupación mediante la fuerza de importantes porciones de aquel territorio.

         Ante esa cruda realidad hubo quienes llegaron a señalar que estas fuerzas armadas revolucionarias de Colombia en su ámbito de violencia y de destrucción estaban formando al "hombre nuevo". Típica afirmación de cuño marxista que pretende la tabla rasa, la destrucción de todo lo anterior, en la jacobina creencia de que solamente mediante el arrasamiento de una civilización y una cultura puede iniciarse un tiempo nuevo.

         Muchos fueron los gobiernos colombianos que tuvieron que enfrentar esa fuerza multiplicada en sus efectos nefastos por el hecho de actuar fuera de toda norma y de todo parámetro ético.

         El sufrido pueblo colombiano no sólo pagó con muerte y miedo sino que vio enormes recursos que tanto mejor hubieran estado en el desarrollo social, ser aplicados al gasto militar de la guerra no convencional. Acción bélica para la cual no existen manuales y que conlleva la tremenda sensación de que las ciudades y el campo vivían bajo el imperio de la ilegalidad siempre agazapada para golpear, para robar, para secuestrar, para matar.

         El episodio del miércoles pasado, cuando pase el tiempo suficiente, será visto correctamente como un hito en esta larga y dolorosa etapa de enfrentamiento.

         Con una profesionalidad del más alto nivel y con la fortaleza de carácter de un Presidente que ha demostrado que es capaz de asumir el drama de la Jefatura del Estado en circunstancias extremas, se lleva a cabo el operativo que comentamos. Va mas allá de ese éxito bélico indudable y resonante, que ha representado una luz en medio de las tinieblas. Es un punto de inflexión en el combate concreto que se libra en aquellas tierras pero también la reafirmación de que las convicciones acompañadas de la perseverancia y de la voluntad pueden transformar la realidad y trocar un ambiente de resignación y de permanente concesión, en la reasunción del poder democrático en toda su plenitud.

         Es sin lugar a dudas una muestra de que dentro de la ley, con el pulso sereno y la mano firme no hay crisis que no sea reversible, no hay circunstancia de desesperanza que no pueda transformarse en fuerza de distinto signo.

         Por un instante pero seguramente que con consecuencias importantes de futuro se ha producido este hecho que en todo el mundo ha dejado un mensaje positivo y ha resultado en un acontecimiento fortalecedor de los valores, a veces disminuidos de lo que es la fuerza del sistema democrático cuando detrás de la ley y de la razón hay perfiles de coraje.

         El miércoles pasado todos fuimos Colombia.

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