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Sobre una entrevista a Ingrid Betancourt
por Marcelo Ostria Trigo (Perfil)
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BBC Mundo acaba de difundir una extensa entrevista de Gerardo Lissardy a la ex rehén de las FARC, Ingrid Betancourt que, en esta oportunidad, ya no relató su rescate ni las penosas condiciones de su largo cautiverio. Reapareció la política que ahora, a diferencia de cuando fue candidata, goza de gran popularidad. La señora Betancourt retoma, por supuesto en otras circunstancias, su estilo y muestra sus objetivos políticos, esta vez, apoyada en su espectacular imagen de mártir liberada de la violencia terrorista en Colombia.
La ex secuestrada ya se va apartando del agradecimiento y la exaltación del operativo de su rescate. Tiene otra actitud: el de la competidora política, apuntando sus dardos al presidente Álvaro Uribe. En efecto, en la señora se advierte el subyacente propósito de buscar, nuevamente y ahora con la ventaja adicional que significa su papel de víctima, la presidencia de Colombia. Claro que todavía no se libera de su marcada condición de ex cautiva, que la lleva a un natural sentimiento de gratitud, y, al hacerlo, incurre en contradicciones, mezclando la alabanza con la crítica, intentando rescatar su inclinación hacia la izquierda que, en el tiempo en que fue capturada por las FARC, no le había servido de mucho para captar adherentes a su candidatura.
La señora Betancourt, en la entrevista también incurre en el “comodismo”, al ver la violencia como resultado de una única causa: el malestar social. Nadie puede negar que la injusticia contribuye a la violencia, pero creer que en Colombia todo se reduce a ese origen, es una demasía. Es que la ex cautiva olvida que la guerrilla de las FARC no hubiera sobrevivido estos últimos años sin el apoyo –o sociedad delictiva– del narcotráfico. En esto, por supuesto que cuenta poco el componente del malestar social, sino la acción de bandas de criminales organizadas internacionalmente.
Y por supuesto que en la señora Betancourt salen a relucir sus objetivos políticos que, admirablemente, no cambiaron en los años de su cautiverio. A tiempo de afirmar que le “irrita un poquito” que le pregunten sobre sus planes para llegar a la presidencia de Colombia, como si “saliera –de su cautiverio– con ansias de conquistar la presidencia”, es notorio que la domina el entusiasmo, puesto que con su rescate ha concitado simpatías y posibles adhesiones que nunca hubiera conseguido sin su condición de ex rehén de la barbarie guerrillera. Y tiene derecho a buscar que por lo menos en esto le sea provechoso ese doloroso capítulo de su vida. Por lo menos no es objetable.
A lo largo de la entrevista se nota el esfuerzo por mostrar que es una persona sacrificada y dispuesta a la ayuda, y sin ambiciones... Hay un dicho popular: “No quiero, no quiero, échamelo al sombrero”, y esto es cierto en ella, porque en medio de sus afirmaciones candorosas sobre cómo se puede ayudar desde abajo o desde el poder, comienza cautelosamente a tomar distancia del presidente Álvaro Uribe. “Yo soy una política diferente”, dice. “Me parece que la presidencia está muy bien si uno puede ayudar, pero uno puede ayudar de otras maneras”. E insiste en su desprendimiento: “… hay otros sitios, otros espacios desde los cuales uno puede ayudar”. Y sobre la posible segunda reelección del actual mandatario, es ambivalente: “Lo que está haciendo Uribe está bien. (Pero) No es el único que lo puede hacer y puede haber otros que lo hagan mejor”. ¿Se ofrece ella como alternativa temprana?
Por supuesto que la señora Betancourt actúa con cálculo. No se atreve a diferir con el presidente Uribe en la justificación del ataque al campamento guerrillero en el Ecuador en que fue abatido el segundo en comando de las FARC, Raúl Reyes. Pero, a la vez, revela: “… créame que yo no voté por Uribe no solamente porque estaba secuestrada sino porque no hubiera votado por él porque yo soy de otro pensamiento político.” Y continúa con otro lugar común, como enterneciendo a su audiencia: “Yo siempre seré de izquierda. Pero no es una izquierda tontarrona ni ingenua. Es decir, yo creo que uno tiene que estar donde la gente sufre, donde uno puede hacer la diferencia”.
Otro tema. En actitud ambivalente, la señora Betancourt afirmó: “… a mí no me importa que Chávez tenga contacto con las FARC…”. Y continúa “yo creo que Uribe no debió suspender la mediación de (Hugo) Chávez porque estuvo a punto de concretar”. Parece que en esto también opina sobre lo que sabe sólo de oídas; en el campamento de su detención es dudoso que haya sido informada lealmente por sus custodios, especialmente sobre las posibilidades de liberar a los secuestrados. En realidad no fue informada y, si lo fue, recibió noticias parciales y manipuladas. Ahora liberada la señora Betancourt todavía no ha tenido tiempo para reunir y digerir tanta información. Es frecuente que algunos políticos, cuando no saben algo, inventen. Es que no parece muy serio afirmar que la mediación de Chávez estuvo a punto de concretar. La insistencia no estuvo ausente en la entrevista: “… yo pienso que Uribe no pensó en la vida de los secuestrados. Tuvo suerte porque ahora logró sacarnos a nosotros y lo hizo de una manera extraordinaria”.
Cuando responde a una pregunta sobre el supuesto aislamiento de Colombia, se advierte que la señora Betancourt se refugia en la vaguedad. No conoce el tema internacional, lo que en sus actuales circunstancias es comprensible, luego de tantos años cautiverio. Y terminando, la aguda pregunta de Gerardo Lissardy: “Para acceder a la presidencia de Colombia usted tendría que renunciar a la ciudadanía francesa. ¿Estaría dispuesta a hacerlo teniendo en cuenta la pasión que usted expresa por Francia?” La respuesta de la señora Betancourt: “Va a tocar hacer una reforma constitucional...”
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