Año III - Nº 156 - Uruguay, 11 de noviembre del 2005

 
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Día de los Difuntos
La muerte de Tía Manuela

 

Si no conocemos realmente los secretos de la vida para que preocuparnos por la muerte, que en definitiva es una cosa tan natural como nacer, aunque algunos se han empecinado en otorgarle un sentimiento trágico.

Si todos estamos de acuerdo que la muerte es inevitable debemos preocuparnos por la vida y dejar que las frases de los grandes pensadores circulen por el mundo más allá de sus muertes. "Meditando sobre la muerte, he podido comprobar que es el menor de todos los males." (Bacón) "Todo nace, todo pasa. La ola se pierde en la playa, a la hoja se la lleva el viento, la aurora termina en la tarde y el hombre en la muerte." (Lamartine) "Vivir es una enfermedad; el sueño es un paliativo y la muerte el remedio infalible." (Chamfort) "La naturaleza no es más que una sucesión de nacimientos y muertes." (Diderot) "La vida de los muertos no cabe en el ingenio de los vivos." (Cicerón)

Por supuesto que cada uno le dará su propia interpretación a este breve pasaje por la vida con su carga de tristezas, victorias, alegrías y derrotas.

Como sucede todos los años, hemos llegado al 2 de noviembre y se está repitiendo la cita con lo inmaterial, solamente porque el almanaque nos está indicando que debemos desfilar silenciosamente por los cementerios.

Nuevamente las lápidas se cubrirán de flores, aunque muchas de ellas estaban abandonadas desde el año pasado o quizás antes. Abundarán las flores, las velas, recuerdos y algunos mensajes dirigidos a la eternidad, estarán allí como mudos testigos de un encuentro fugas de la vida breve, con la muerte eterna.

Una experiencia personal nos vuelve a la realidad. Fue nuestro primer encuentro con la muerte. Cursábamos 4º en la Escuela 28 y regresábamos a casa en compañía del "Fifo" Vidal.

De entrada tuvimos el presentimiento de alguna desgracia. Los rostros severos y alguna lágrima que la abuela enjugaba, nos anunciaba alguna noticia desagradable que no se hizo esperar: había muerto la Tía Manuela.

Cambiada la indumentaria escolar marchamos en procesión con otros familiares que se fueron agregando en el camino y que ensayaban sollozos mientras nos íbamos acercando a la casa que había sido de la tía hasta pocas horas antes.

Teníamos 9 años y todavía recordamos con nitidez aquellos momentos de miedos y fantasías que soportamos aquella noche.

Con el tiempo comprendimos que era el miedo natural que vamos perdiendo con los años en la medida que se van los amigos, los parientes, los abuelos y los padres. De todas maneras aquel día, la muerte nos agarró de sorpresa, como a la tía que "vendía salud".

Nos fuimos escondiendo lentamente entre los mayores tratando de ocultar nuestros temores sin darnos cuenta que no era de la tía que debíamos cuidarnos, sino de los asistentes al velorio.

Todo estaba arreglado, los muebles y los espejos se habían cubierto con sábanas, algunas sillas para los asistentes y las infaltables fotografías redondas de los bisabuelos que desde las paredes parecían observar con silenciosa veneración el cajón de la tía.

Muy cerca de la puerta un cuadro gigante del abuelo que había servido en la revolución junto a uno de los Saravia, nos daba la bienvenida con austera mirada.

Los parientes fueron llegando en tandas desde Cebollatí y Potrero Grande, con la reiterada frase de que "nos vemos solamente en estas oportunidades". O como lo dijera Landriscina "queriéndolo saber todo, la edad de la tía y las circunstancias que rodearon su muerte, mientras murmuraban entre dientes "parece mentira, ayer estaba ahí".

Algún desmayo accidental reanimado con alcohol o la presencia de algún borracho que llegaba equivocado, fueron las notas dominantes del velorio, que supo tener también su asadito en el fondo para los parientes.

Cuando la dejamos en el cementerio los gritos y desmayos se fueron prolongando durante el regreso por el camino La Higuera que se hacía más largo que nunca teniendo en cuenta que los dos (únicos) automóviles llevaban a los familiares más directos.

Era evidente que la muerte en 1950 complicaba sobremanera la vida de los que se quedaban. En la actualidad todo ha cambiado. Los velorios se realizan en salas especiales y los familiares del difunto no se ocupan ni del café.

Para resumir lo que significó a fatalidad de perder a la tía Manuela, tuvimos que concurrir a la Escuela con un brazalete negro durante seis meses y conformarnos con escuchar solamente los informativos radiales, no fuera cosa que algún tema musical pretendiera alterar el ambiente de tristeza.