Año III - Nº 156 - Uruguay, 11 de noviembre del 2005

 
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Un país llamado Uruguay,
rehén de una minoría

* Danny Luque
 

A un año del popular " festejen uruguayos, festejen" hay un sabor agridulce en la boca de muchos uruguayos.

Cómo bien lo señaláramos en aquella oportunidad, las expectativas que se habían originado en cuanto se supieron los resultados electorales eran altísimas.

Era una combinación explosiva de alegría, miedo a lo desconocido, altas expectativas, necesidad de un cambio, incertidumbre, alivio, y tantos otros sentimientos encontrados que llevaron al pueblo charrúa a volcarse a las calles a festejar, a dejar escapar toda esa tensión acumulada, que significaba en definitiva quebrar con una vieja tradición que había acompañado al pueblo desde los albores de la democracia.

Desde el regreso de la democracia al Uruguay, el partido ganador de las últimas elecciones había quedado relegado detrás de los partidos tradicionales.

Si bien es cierto que durante los gobiernos anteriores el Uruguay era mirado por los organismos internacionales como un país serio, coherente y responsable en el manejo de los compromisos adquiridos, la situación interna no reflejaba la misma sensación de bienestar y esto se agravó durante el gobierno de Jorge Batlle. Comenzando por la devaluación del real, el ex- presidente colorado se vio atrapado en lo que yo llamé "La tormenta perfecta", (la debacle en la Argentina, la corrida bancaria y todo lo que siguió). Así y todo, con la bacanía de un viejo lobo de mar logró timonear a ese buque llamado Uruguay a través del ojo del huracán hasta depositarlo en aguas más tranquilas. En una movida sin precedentes por primera vez un presidente uruguayo lograba un préstamo directamente de la reserva federal de los Estados Unidos que ayudó a paliar la caótica situación que se vislumbraba.

En aquel momento estaban dadas todas las condicionantes para que se diera el anhelado (por muchos de los que hoy son gobierno) estallido social, el rumor había ganado la calle "...vienen bajando del cerro, se escuchaba " .Nada de eso ocurrió, otra vez, como tantas otras, primó el sentido común, el compromiso con la democracia y la responsabilidad cívica del estoico pueblo oriental. Más de uno quería ver correr sangre, pues se quedaron con las ganas. Se relamían ante la posibilidad de que Jorge Batlle cayera como su homólogo argentino, Antonio de la Rúa.

Quedaba confirmado lisa y llanamente que la mayoría del pueblo charrúa estaba plenamente identificado con las instituciones democráticas y prefirieron aguantar el cimbronazo, que fue durísimo, a comprometer sus libertades, sus derechos y responsabilidades cívicas. Ese fue el momento de coyuntura en el Uruguay donde el FA-EP aprovechó para catapultar y asegurar el futuro triunfo electoral. De allí para adelante el desgaste que sufrieron los partidos tradicionales fue "in crecendo", los daños que había ocasionado "La tormenta perfecta", habían erosionado ostensiblemente la economía de la sociedad uruguaya. Los gobiernos blancos y colorados no habían podido reactivar el aparato productivo, el desempleo se disparaba hacia las nubes, igualmente la canasta familiar seguía el mismo derrotero.

Si bien es cierto que desde mediados hacia fines del año 2004 se avizoraba una mejoría, ya el daño estaba hecho. Miles de ex-colorados y blancos se volcaron hacia las filas del partido que decía tener el elixir mágico para erradicar todos los males que aquejaban al resignado pueblo oriental.

Jugando con dos puntas de lanza, Tabaré Vázquez y Danilo Astori, los rostros democráticos de este conglomerado de ex-tupamaros mezclado con políticos populistas, el FA-EP se lleva consigo la victoria electoral, victoria justa y elocuente.

Han pasado ocho meses desde que el nuevo gobierno ocupa la silla presidencial y a veces nos queda la sensación de que se está gobernando para una minoría, que se prioritiza la agenda de unos pocos por sobre el bienestar de la mayoría. Veamos cuales han sido las prioridades del nuevo gobierno: El reestablecimiento diplomático con Cuba, la ley de cárceles, el resurgimiento del polémico tema de los desaparecidos durante la dictadura militar, que está costando tiempo, dinero y abriendo nuevas heridas en donde las viejas aún no habían llegado a cicatrizar.

Sumado a lo anterior se vive en un estado de inseguridad y desprotección que se ha acentuado en los últimos meses. A veces da la sensación como que esta administración les ha dado bandera verde a todos los malvivientes que otrora lo pensaban dos veces antes de cometer una fechoría. Desafían a las autoridades y al resto de la ciudadanía con arrogancia, como sabedores que están en tierra de nadie y pueden actuar a piaccere. Los disturbios en la ciudad vieja no hacen más que corroborar lo que venimos presenciando hace unos meses, la lenta respuesta de las fuerzas policiales (tardaron más de 45 minutos en llegar al lugar de los hechos) debe de ser explicada por el Ministro Díaz.

También el interior del país ha visto un crecimiento en actividades delictivas de toda índole. La propia "perla" del Uruguay, Punta del Este, ha sido visitada por delincuentes, que no solo atentan contra la seguridad de los fernandinos, también están deteriorando la bien ganada imagen de ciudad tranquila y segura que la ciudad ha adquirido por mérito propio. La reciente ocupación de una finca puntaesteña nos da la pauta de lo que se avecina si las autoridades no cortan de raíz la proliferación de este nuevo modus operandi de ciertos delincuentes, en un punto turístico que genera necesarias e importantes divisas y empleos para la endeble economía del país.

Días atrás, escuchando las declaraciones de un analista político francés sobre los graves disturbios acaecidos en la bella Francia, principalmente en Paris, explicaba que la mayoría de los violentos manifestantes eran jóvenes musulmanes desempleados, sin futuro, y desesperanzados con el porvenir, por lo que comentaba que una de las fórmulas más eficaces para contrarrestar estos brotes de violencia y destrucción era la creación de jobs, jobs, jobs. Intentando establecer un paralelo entre las palabras del analista político francés y el grueso de la población uruguaya, estoy seguro que lo que la gran mayoría de los que votaron por el FA-EP lo hicieron, en otras cosas, con la esperanza de que este nuevo gobierno generara jobs, jobs, jobs.

Hasta ahora pareciera que la administración de Tabaré Vázquez gobernara para una minoría: para los más ruidosos, lo más radicales, los intransigentes, mientras que el ciudadano común y corriente, el que tiene dos o tres trabajos, el que paga sus impuestos, el que poco tiempo tiene de salir a manifestar (o a destrozar), el que sigue creyendo en el país y por eso no emigra, el que se desvive por darle una mejor educación a sus hijos, el que es frecuente víctima de los inadaptados que actúan como el perro del hortelano (no comen ni dejan comer a los demás), se siente rehén de esa minoría.

Un gobierno democrático debe de darle cabida a todos en su propuesta, pero debe de respaldar con más contundencia a aquellos que están empujando a diario a que el país salga a flote, la voracidad fiscal que ha demostrado el gobierno del Dr. Vázquez, no concuerda con la realidad económica que se vive, no es con impuestos impagables que se reactiva la economía. Quizás sea oportuno estudiar la posibilidad de combatir la evasión fiscal con impuestos más asequibles para los empresarios, comerciantes, etc.

Sería una interesante oportunidad no solo para los capitales nacionales sino también para atraer futuros inversores del exterior. En definitiva, lo que todos buscan son oportunidades para crecer, nadie arriesgaría un capital a sabiendas de que no va a obtener ganancias o que no va a poder hacer frente a los gastos de funcionamiento.

El plan de emergencia establecido por este gobierno y que también anduvo a los tumbos, es necesario, pero más necesario aún es el poder crear fuentes de trabajo que le devuelvan la dignidad a todos aquellos que se han sentido marginados por el sistema económico predominante. Es la única forma de romper el círculo vicioso que se ha creado en muchos países latinoamericanos, en donde la dependencia se trasmite de generación en generación.