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Vergüenza familiar…
¡Genialidad frustrada!
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Me encontraba en un supermercado, haciendo cola con la habitual cara de aburrido frente a una caja, cuando mis ojos se detuvieron sobre la portada de un libro que exhibía título sugestivo: «¡Yo estuve girando por la galaxia a bordo de un plato volador y volví para contarlo!», cuyo autor —me parece que el penoso incidente se aclara en la misma contraportada— se vio impedido de concurrir a la entrega de su propia obra por encontrarse recluido en una clínica para desintoxicación alcohólica.
El asunto, es lógico, trae de inmediato a la mente algunas reflexiones que no carecerán de valor. La primera: los extremos a que uno puede llegar cuando abusa de las bebidas espirituosas con altísimo octanaje… Un tema acerca del cual podría dictar cátedra, pues procedo de un distinguido linaje con afición enfermiza por elíxires de exagerada volatilidad alcohólica. Para que todo el mundo lo entienda: dos familias de ilustres borrachos. (Hubo una época en la cual pretendí continuar la entrañable tradición familiar, y para tales efectos, acostumbraba alegrar cada una de mis jornadas con dos o tres litros de alcohol azul (de primus), convenientemente rebajado con alpiste y azúcar… Pero poco después de que empecé a mantener interminables y muchas veces agitadas charlas de sobremesa con aquellos enanitos verdes que no sólo tenían antenas, sino la mala costumbre de ponerse a flotar caóticamente en medio de las conversaciones más interesantes, cundió la alarma a mi alrededor... Sin embargo, lo peor ocurrió aquel otro día, aciago por cierto, cuando en plena vía pública me abracé del pescuezo de un caballo, mientras le decía, a grito pelado: «¡Hermano mío!»… En aquel momento fue, ¡justo!, cuando me encerraron en una celda con las paredes acolchadas y alguien tuvo la antipática ocurrencia de tirar la llave por la ventana)…
En fin… ¡Qué enternecedores recuerdos, aquéllos! Nada mejor que una clínica psiquiátrica para reencontrarse con el sentido de la vida. Pasado tiempo prudencial, y cuando caí en cuenta de que aquello (la celda acolchada, el chaleco de fuerza, los electro-shocks y el intento de lobotomía) no era lo que más me convenía, recordé e hice mía aquella célebre frase de Benito Mussolini: «¡Sólo los muertos o los locos no cambian de idea!», y obré en consecuencia, declarándome cuerdo. (Nota: reconozcamos que aquella creciente dificultad que estaba sufriendo para embocar mi entera humanidad por las aberturas de las puertas, toda vez que pretendía entrar o salir de algún recinto, pudo tener cierta influencia en mi decisión).
Ahora, esa actitud distante y despectiva que mantengo con respecto al variado arsenal de la botella, ese néctar de borrachos, elíxir de alcohólicos, pase libre hacia el delírium trémens, paradisíaco pasaporte a la cirrosis o la lobotomía progresiva, me provoca un íntimo sentimiento de bochorno y, ¿por qué no decirlo?, también de frustración. Y he de aceptarlo en todos sus términos: ¡qué vergüenza irreparable para mi familia! ¡Soy un monstruo! ¡Un paria! ¡Un abstemio!… Me he convertido, sin quererlo, en la proverbial y detestable mosca blanca de la cual nadie está libre: ni clubes de fútbol, ni familias, ni mafias, ni gobiernos. Y para colmo, también soy y seguiré siendo, por el resto de mi lamentable existencia, un escritor frustrado. Es que (¡ahora sí lo veo claro!), si hubiera seguido mis interminables charlas con aquellos hombrecillos verdes que se ponían a flotar cada dos por tres, ¿qué best-séllers de éxito mundial no hubiera llegado a escribir?
© Fernando Pintos para Informe Uruguay
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