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Año IV - Nº 255
Uruguay,   12 de octubre del 2007
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La libertad de expresión puede ser libre,
pero no es gratuita

por Phyllis Chesler
 
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            Los terroristas no me aterrorizan -- pero la pasividad de sus víctimas potenciales sí, al igual que su glamorización entronizada de los líderes fascistas y totalitarios. Que Columbia haya invitado de nuevo a Amadinejad a dar una conferencia no me sorprende; qué tantas personas "buenas" no hayan captado la inevitabilidad de tal invitación me entristece profundamente.

            Llevo desde el 2002 escribiendo acerca de la estalinización y la islamización del mundo académico occidental y su traición a la verdad, a los judíos, a América y a la mujer. Lo discuto en mis libros El nuevo antisemitismo y en La muerte del feminismo también, así como en aproximadamente un centenar de artículos entre el 2003 y el 2007. Por mis opiniones, las cuales un respaldo con orgullo, he sido difamada como "neoconservadora racista" (sí, hasta Orwell sonreiría).

            La libertad académica, la libertad de expresión y la Primera Enmienda, todas son utilizadas para justificar y explicar porqué proteger el discurso de odio contra Israel, contra América y contra los judíos en los campus norteamericanos. Otras opiniones no son bien recibidas y conducen a no invitaciones, desinvitaciones, y en el mejor de los casos entornos laborales extremadamente hostiles en campus en los que el orador disidente es ridiculizado, intimidado, culpado de las fuertes medidas de seguridad que sus opiniones parecen exigir, y con frecuencia sacado a toda prisa por su propia seguridad.

            Esto me sucedió en Barnard en el 2003 y he escrito sobre ello. Me sucedió de nuevo en Columbia cuando hablé en una conferencia muy grande en el 2004. Los activistas palestinos se levantaron para interrumpir y denunciarme mientras hablaba, y activistas judíos de extrema izquierda montaron piquetes en los exteriores de la conferencia. Si mi memoria funciona correctamente, se les permitió entregar sus panfletos justo entre Broadway con la 116.

            El momento más triste en Columbia quizá sea el que se refiere a una conferencia de licenciados en la Escuelas de Asuntos Internacionales y Públicos -- donde habló Amadinejad -- que tuvo lugar en el 2004. Apenas 15 personas se acercaron a escuchar a entre cuatro y cinco oradores de peso que habían sido invitados para debatir el estigma demonizado que la palabra "judío" y la palabra "Israel" evocan ahora en los campus americanos de la liga universitaria. El boicot a nuestras conferencias por parte de los licenciados de Columbia fue absolutamente imponente.

            Bien -- hubo un acto más triste para mí relacionado con Barnard. Mi propio colectivo, del que soy fundadora (Feministas Veteranas de América) celebraba un panel plenario acerca del futuro de la mujer en todo el mundo en Barnard el año pasado. Rehusaron permitirme hablar acerca del apartheid islámico de sexo. Cuando solicité hacerlo, se me dijo que varias mujeres de color ya habían sido invitadas y que sin duda cubrían todos los temas relevantes que afectaban a la mujer del Tercer Mundo. Por supuesto no lo hicieron. Una mujer de color, una mujer que me caía bien, en su lugar se despachó contra el abanico de organizaciones feministas porque la mayor parte de sus miembros son "blancas". Por lo demás, las augustas panelistas no se apartaron de sus preocupaciones políticamente correctas en materia de racismo, que se imponía a todas y cada una de las preocupaciones que pudieran haber tenido en materia de género.

            Ninguna cantidad de argumentos apasionados y desapasionados han sido capaces de apartar a los centros occidentales políticamente correctos y sus administraciones de creer que el discurso de odio merece todos los instrumentos y protecciones tanto de la libertad de expresión como de las distinguidas plataformas universitarias y editoriales. Los títulos recientes más repugnantes, todos han sido publicados por editoriales prestigiosas en tiempos.

            University of California Press publica las Grandes mentiras de Norman Finkelstein; Oxford University Press publica la campaña de desinformación sutil y agasajada de Tarik Ramadán, también conocida como su taqquia; Farrar, Strauss, Giroux acaba de publicar la diatriba de Walt-Mearsheimer. En la práctica, en una curiosa coincidencia, ha publicado un anuncio a toda plana en el New York Times (y basándonos en toda la cobertura de lo que pagó Moveon.Org por su traidor anuncio a toda plana para difamar al honorable General Petraeus) todos sabemos ahora que puede haber pagado entre 67.000 y 167000 dólares por su anuncio. Pero tal vez pagaron menos.

            Un signo brillante pero muy pequeño. El New York Times Book Reivew publicaba justamente ayer una sobria y negativa crítica literaria del tratado Walt-Mearsheimer por parte de un veterano del Times, Leslie H. Gelb, que examinó el libro en la materia. Lo encontró seriamente cojo. Observaba que el lobby petrolero árabe es mucho más poderoso que el lobby de Israel -- en mi opinión en los campus, y en los medios mucho más; que la ayuda militar norteamericana a Egipto, un país que no es aliado americano de la misma manera que Israel, es igual de grande; y que la política exterior norteamericana apoya a Arabia Saudí mucho más de lo que apoya a Israel.

            Quizá esta crítica explique la necesidad del anuncio a toda plana. No obstante, el libro de Walt-Mearsheimer ha aterrizado ya en la lista de bestsellers del New York Times. Me pregunto si el lobby saudí, que puede explicar las cifras de ventas del libro más reciente "Apartheid" de Jimmy Carter podría haber financiado este también.

            Este es un tiempo de grandes mentiras, fotografías manipuladas y documentales falsos, de profesores arrogantes con el cerebro lavado y delicados izquierdistas occidentales e islamistas que hoy te difaman o te demandan cuando denuncias sus mentiras.

            Permítame parafrasear al difunto y grande Winston Churchill, que dijo una vez: "Una mentira puede recorrer el mundo antes de que la verdad tenga oportunidad de levantarse y ponerse los pantalones".


Fuente: El Diario Exterior

 
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