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Año IV - Nº 255
Uruguay,   12 de octubre del 2007
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Alberto Scavarelli

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por Dr. Alberto Scavarelli (*)
 
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            Parece haberse puesto de moda un mecanismo humanamente lamentable. Los dos equipos grandes de nuestro fútbol utilizaron con pocas semanas de diferencia, el mismo  drástico procedimiento.

            Sin más trámite,  ante la opinión pública pero sin hacer públicos razonables fundamentos, dieron de baja a sus respectivos directores técnicos, más allá de la adhesión a la causa que pudieran tener acreditada con los años, porque las "cosas no salen como se esperaba". Es difícil construir compromisos verdaderos sobre esta precariedad de la confianza, la utilitaria superficialidad de la relación personal y profesional y la volatilidad de los acuerdos personales.

            Estoy muy lejos de la interna de cualquiera de ambos clubes. No conozco más razones que las que como sinrazón, aparecen en la prensa, y las declaraciones públicas de los sorprendidos recipientes de las expulsiones. Más allá de lo deportivo, de la artificiosa e imposible obligación de ganar siempre, aunque mas no sea entre casa; mas allá de procurar tener  la mayor cantidad de parciales a favor de una directiva, del exitismo y de esta forma de actuar lindera al facilismo, lo complejo es el modelo de actuación que se difunde desde la dirección hacia toda una estructura interna y hacia la parcialidad.

            Es realmente triste el mensaje utilitario y ansioso que se envía a los deportistas, que nos consta muchas veces son muy jóvenes, algunos en plena adolescencia, viviendo lejos de sus familias, alojados por un club que apuesta a su futura consolidación personal y profesional como un cotizado jugador.

            El triunfo deportivo es el lógico objetivo, mas no puede serlo a cualquier precio ni por cualquier procedimiento. El juego limpio es el propósito, o debiera serlo al menos como objetivo de una actividad -que más allá de los millones que giran en su entorno- sigue siendo lo que es: un deporte, apasionante sí, pero un deporte, con cifras poco creíbles, pero un deporte. Un juego organizado para placer de multitudes, pero con reglas y estilos que debieran cuidarse y cultivarse por todos nosotros desde la tribuna hasta el transitorio sillón de una directiva.

            Si todos los equipos exigen a sus técnicos ganar o ganar, y solo uno de ellos habrá de lograrlo, el deporte profesional será entonces un imposible sin destino constructivo. Para que uno gane por definición otro debe ser limpiamente derrotado, así que todos no podrán ser nunca ganadores simultáneos.

            Nos ha tocado  estar cerca de los clubes, apoyando en lo posible el esfuerzo de nobles dirigentes que cuidan a sus jóvenes   jugadores de las drogas, el dopaje, el alcohol, actuando casi como padres sustitutos que se esfuerzan por el crecimiento personal de sus muchachos. Parece extraño que luego esas mismas personas, que generosamente dedican su esfuerzo, y por lo menos su tiempo a dirigir el club de sus amores, puedan actuar de pronto de un modo tan extraño a sus estilos cotidianos. La presión como en el tango es cruel y es mucha, pero aun así, se debiera no cobrar a grito sobre el prestigio de los demás, aun sin quererlo.

            No pareciera costar mucho, que cuando las cosas no salen como se espera, se hable francamente con quien eligieron para actuar al frente de un equipo y si las cosas no mejoran entonces con altitud de miras tomar la decisión, de la cual primero que nadie debe estar enterado el afectado. Sin rumores, sin trascendidos ni filtraciones.

            Simplemente juego limpio y con franqueza. Lo mismo que se le pide a un jugador, a un referí, al periodista y a la hinchada enardecida cada fin e semana en la tribuna.

            Se instala un círculo vicioso de previsibles consecuencias.

            Se expulsa un técnico, y se sale a buscar otro. El que viene, vio lo que pasó con quien le deja el puesto, y naturalmente exige condiciones contractuales que por lo menos económicamente le compensen lo que le puede aguardar también a el, si la diosa fortuna no le es grata. Así los contratos pueden terminar   fuera de escala para el medio, alimentando un circuito que deja a los equipos sometidos a ganar, mostrar jugadores, venderlos a buen precio, todo para tratar de mantener la máquina en ansioso y mal refrigerado funcionamiento.  

            El dirigente, también en el fútbol, tiene el supremo rol de absorber la sobreexcitación de la tribuna   y tornarla en energía positiva hasta donde pueda, mostrando siempre un espíritu superior, como el que individualmente como personas muchos de los que he conocido tienen   en su diario trajinar por la vida. Pero pareciera que ejercer la dirección del club les somete a la ansiedad especial, una ansiedad que siempre  es   precipitada y mala consejera.

            Si porque los resultados no se dan, cabe  la aplicación de la guillotina no advertida para un técnico, que impide que las hinchadas que no ven satisfecha su expectativa salgan de cauce, o que los jugadores que creen ser perjudicados por un árbitro lo agredan, o que en procura desesperada de ganar, se deje por el camino la ética y el buen comportamiento, en medio de esa histérica situación de alta exigencia.

            Será difícil pedirle  a un muchacho adolescente "juego limpio" o que no consuma cualquier sustancia creyendo asegurarse un puesto en el equipo. Porque está claro que el mensaje trasmitido es que lo único que importa es ganar, y que el respetuoso trato a los demás es casi lo de menos.

            Estáa fuera de toda discusión el derecho reglado de los dirigentes de manejar las instituciones deportivas a su cargo como puedan y deban. Cada cual – como siempre-   deberá actuar como le parezca mejor. Pero siempre hay un modo mejor de accionar y un camino mejor que recorrer, que en estos casos no parece haber sido transitado.

            Como hincha de mi querido Peñarol de siempre, hace muy poco me consterné por la drástica exclusión de un hombre fiel a la causa aurinegra desde siempre, y hoy desde el recordado tricolor Parque Central de mi niñez, veo salir a un hombre joven, también él con éxitos demostrados, que ante la ansiedad   por encontrar justificaciones, es expulsado  con un casi deshonor, causando un dolor – en nuestra opinión-absolutamente innecesario.

            No es buena imagen para el deporte nacional más querido, que con diferencia de pocos días un caso de otro, deban salir de las sedes de sus clubes con lágrimas no contenidas en sus ojos, dos hombres recios, administradores de duras tensiones, quebrados por la angustia de lo injusto o por lo menos de lo mal manejado. También para estas cosas existe un debido proceso, el mismo por el que tanto hemos clamado en toda circunstancia.

            Todo, aun lo más gravoso, se puede hacer por lo menos con calidad humana. Con el toque de calor interpersonal que haga de la vida algo mejor, y no una urgencia sin sentido tras victorias sin triunfo que las respalde. Una cosa es el rigor, el derecho a exigir, y otra muy diferente es este modo de actuar, tan lejos del imprescindible juego limpio que debe preconizar el mundo del deporte.

            No puede haber juego limpio realmente, si no es límpido el proceder en el manejo de las relaciones personales. Bueno sería hacer una breve pausa en el camino para   repensar en estas cosas. No conozco las razones de ese modo cruento de actuar pero la apariencia señala con crudeza, que ambos "grandes" esta vez no han actuado con la "grandeza" y la prudencia necesaria.

 
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