
LUIS ALBERTO DE HERRERA
Y LA REVOLUCION EN AMERICA
Enrique Zuleta Alvarez
Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Cuyo
Numerario de la Academia Nacional de la Historia
Conferencia pronunciada el 12/sept/02 en el Archivo General de la Nación
La dimensión intelectual y política de Herrera exigiría mucho más espacio del que hoy dispongo, pues en el patriarca del Partido Nacional habría que considerar al historiador y al pensador político tanto como al protagonista principalísimo de la vida uruguaya durante más de medio siglo. Y aun dentro de estas categorías cabría enfocar a Herrera desde muchos otros aspectos de una vida entregada al servicio de su patria y América.
En esta exposición no puedo, por lo tanto, extenderme sobre la personalidad de Luis Alberto de Herrera como debiera y por ello me referiré, especialmente, a una de sus obras: La Revolución Francesa y Sudamérica, pero, al mismo tiempo, debo ofrecer una introducción que subraye los rasgos principales de la personalidad del patricio Oriental.
Recordemos, primero, que desde el siglo XIX en el Uruguay luchaban dos grandes fuerzas políticas, nacidas bajo la sombra fundadora de Don José Gervasio de Artigas. El Partido Colorado, acaudillado por Fructuoso Rivera, y el Partido Blanco, cuyo líder fue Manuel Oribe. Después de la caída de Juan Manuel de Rosas en 1852, en la Argentina, y del derrumbe del conservadurismo tradicional y federal, la suerte de Oribe y del Partido Blanco uruguayo, que estaba relacionado estrechamente con Rosas, le fue adversa.
El Partido Blanco se recuperó y conservó con altibajos el poder, hasta 1865, cuando Venancio Flores, del Partido Colorado se apoderó del gobierno con el apoyo de Mitre y del Brasil, y el Uruguay participó en la cruenta guerra contra el Paraguay, a la cual se había opuesto el Partido Blanco, luego de lo cual sobrevino una etapa sangrienta de guerras civiles, dictaduras y treguas transitorias.
Desde el comienzo de su vida independiente se luchó en el Uruguay por lograr la libertad en la participación popular en el gobierno y para que en dicha representación se hiciera justicia a las dos principales colectividades -Colorados y Blancos-, tanto en la proporción de los cargos de gobierno como en todo aquello que correspondiera a la vida social, cultural y política del país. Durante la larga preponderancia del Partido Colorado, tanto en los períodos de tolerancia y libertad como en los más fuertes y autoritarios, los Blancos constituyeron la oposición y, a partir de su reorganización en 1872, se denominaron Partido Nacional y sus partidarios, Nacionalistas.
Las luchas políticas y militares en la Banda Oriental se deben ver dentro de la poderosa corriente hispanoamericana que, desde la emancipación, ha tratado de llevar a la práctica el gobierno popular, prometido en la teoría del Liberalismo pero obstaculizado y desfigurado por el fraude, la violencia y el despotismo inspirados en intereses espurios.
Los blancos o Nacionalistas se sublevaron varias veces contra los gobiernos colorados, y su máximo caudillo militar fue Aparicio Saravia, jefe de las dos grandes revoluciones de 1897 y 1904, en uno de cuyos combates finales sobrevino la heroica muerte de Saravia. Vino la paz de Aceguá y se afirmó en el poder el más importante conductor del Partido Colorado, José Batlle y Ordóñez, bajo cuyo largo predominio el Uruguay consolidó su vida institucional en una línea netamente liberal.
Luis Alberto de Herrera nació en Montevideo el 22 de Julio de 1873, en el seno de una familia ilustre por su consagración a la vida política. Joven miliciano en la revolución Nacionalista de 1897, Luis Alberto de Herrera comenzó a militar desde muy temprano en el Partido Blanco o Nacionalista, de acuerdo con una herencia familiar de la cual era consciente con toda claridad intelectual. Fue periodista, parlamentario, diplomático y dirigió los organismos partidarios hasta convertirse en el líder principal del Partido Nacional. No es exagerado afirmar que en torno de él gira gran parte de la vida política uruguaya durante más de medio siglo.
Con dotes notables de escritor y ensayista político, Herrera ahondó en la historia de los conflictos nacionales e internacionales del Uruguay, examinó su trama ideológica y el sentido de su dimensión hispanoamericana. Sobre esa base propuso una estrategia para defender los principios Nacionalistas en lo político, cultural y económico. Actitud con la cual desafió al vigoroso liberalismo del Partido Colorado y al internacionalismo más dogmático y virulento de los diversos grupos de la izquierda uruguaya y americana.
Desde su primer libro de memorias, explicaciones y relatos de la revolución de 1897: Por la patria (1898) y La tierra charrúa (1901), Herrera justificó la actitud rebelde del Nacionalismo por las violaciones de la legalidad en que incurrió el Partido Colorado, por las alianzas que éste estableció con los extranjeros y por la destrucción del Paraguay; como parte de una política internacional desastrosa para el Uruguay. Los viejos agravios históricos que todo ello comportaba, según Herrera, fueron comprendidos por caudillos como Aparicio Saravia y por una serie de personalidades del Uruguay que, en los terrenos de la cultura y de la política, no se resignaban al fracaso de sus principios Nacionalistas.
Entre 1891 y 1893 estudió en la Facultad de Derecho y recogió la herencia Federal ríoplatense con una adhesión juvenil al Radicalismo de Leandro N. Alem. Dos de los primeros actos testimoniales de su ideario patriótico son el homenaje a Paysandú y su presencia en Tucumán para celebrar un aniversario de la independencia argentina, oportunidad en que trabó relación con Leopoldo Lugones.
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Se inició como profesor de Historia en la Universidad pero definió su militancia en el Partido Nacional al entrar como periodista en el diario El Nacional, que dirigía Eduardo Acevedo Díaz. Del periodismo pasó a participar en la revolución de Aparicio Saravia contra el gobierno de Juan Idiarte Borda y junto a Carlos Roxlo y Florencio Sánchez se exilió en Buenos Aires, desde donde partió a Colonia en 1897, junto a los revolucionarios encabezados por Diego Lamas, en la campaña que culminó en la batalla de Tres Árboles y la paz del Pacto de la Cruz. En esta oportunidad Herrera, además de soldado, fue el redactor de La revolución oriental, periódico de los rebeldes y su experiencia fue reflejada luego en los libros ya citados.
En 1902 fue designado Encargado de Negocios del Uruguay en los Estados Unidos y Canadá, mirador desde el cual afinó su percepción de los problemas internacionales y, en especial, del surgimiento del poder norteamericano que comenzaba a extenderse por Hispanoamérica, posición que se reflejó en informes diplomáticos, artículos periodísticos y en dos libros: Desde Washington (1904) y Labor diplomática en Norteamérica (1905).
Se recibió de abogado y cuando en 1903 Aparicio Saravia encabezó otro levantamiento de los Blancos, Herrera renunció a su cargo diplomático, se incorporó a la revolución, asistió, en 1904, a la derrota de Masoller, a la trágica muerte de Saravia y a la redacción de los acuerdos de paz de Aceguá, circunstancia que le permitió definir los objetivos políticos que perseguían los Blancos:
- 1°) Reforma de la Constitución para asegurar la separación e independencia de los poderes y la elección del Presidente por un congreso elegido a ese efecto.
- 2°) Libertad electoral efectiva.
- 3°) Descentralización administrativa y creación del gobierno municipal.
- 4°) Seguridades de la participación efectiva de todos los orientales en el gobierno.
- 5°) Creación del servicio militar obligatorio y nacionalización del ejército, para acabar con las tropas con divisas partidarias.
- 6°) Prohibición del voto de los suboficiales para evitar el fraude electoral.
- 7°) Anular las interdicciones y despojos de bienes de los revolucionarios.
- 8°) Aministía general.
- 9°) Entrega de las armas revolucionarias.
- 10°) Acuerdo para elegir las jefeturas del gobierno.
- 11°) De forma
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Estas bases no se cumplieron y fue la causa de los enfrentamientos políticos que habrían de sucederse en adelante. Herrera volvió al periodismo político en La democracia, junto a Carlos Roxlo y a la actividad parlamentaria, a la que puso fin en 1906, cuando viajó a Europa, donde permaneció hasta 1910, en una experiencia de estudio y observación que dio origen a su libro La revolución Francesa y Sudamérica (1910), obra a la cual quiero referirme en forma especial.
La revolución francesa y Sudamérica
La formación de Luis Alberto de Herrera, como la mayoría de los hombres de su tiempo, debió sus elementos principales al Liberalismo político y al Positivismo como base científica. El fundador del Positivismo, Augusto Comte consideraba necesaria una política de fuerza que solucionara "la gran cuestión del orden", como él la llamó, es decir, lejos de los sueños utópicos y destructivos de la Revolución Francesa, cuyos resultados negativos aún impresionaban a los franceses.
La referencia principal de Herrera fue, por lo tanto, el pensamiento francés, pero con una fuerte inflexión hacia los Estados Unidos e Inglaterra y cabe señalar que desde la segunda mitad del siglo XIX el liberalismo francés estaba de regreso de la exaltación de la línea jacobina, de tan fuerte presencia en la Revolución de 1789, y después de la experiencia imperial napoleónica y de la derrota de 1870 en la guerra franco-prusiana con sus consecuencias en la sociedad francesa, las ideas liberales habían virado hacia una posición conservadora. Podría afirmarse, por lo tanto, que el abandono de la línea rusoniana y jacobina había dado paso al retorno al realismo moderado de Montesquieu.
Esta concepción del liberalismo democrático moderado y anti-jacobino no eran nuevas para Herrera, pues desde su más temprana educación se había formado en el respeto a lo que podríamos llamar el estilo británico de entender los valores cívicos y culturales: realismo, seriedad, tolerancia, humor. Por su abuela pertenecía a la religión anglicana y hablaba y escribía en inglés desde su infancia. Nada había más lejos de su personalidad que el exceso retórico de la democracia entendida como un absoluto arrollador de toda convivencia.
Su educación se completó con la experiencia en los Estados Unidos, con el modelo de una democracia que funcionaba porque habían sabido evitar los excesos del racionalismo, en una concepción matizada de lo que significaba un liberalismo democrático a la inglesa, es decir, con instituciones y costumbres políticas moderadas y realistas que equilibraban los principios ilustrados franceses con el respeto por la peculiaridad social y cultural norteamericana.
El liberalismo democrático y moderado, que repudiaba los excesos del jacobinismo inspirado en la Revolución Francesa de 1789, también gozaba de partidarios en Hispanoamérica y bastaría mencionar al gran escritor peruano Francisco García Calderón, pero es muy importante recordar que en 1906 el mayor escritor del Uruguay, considerado como "el maestro de América", José Enrique Rodó había publicado su ensayo Liberalismo y jacobinismo, escrito precisamente para denunciar que se hubiera quitado de los hospitales la imagen de Cristo Crucificado, medida que formaba parte de la fuerte ofensiva anti-católica que las clases dirigentes americanas habían llevado por inspiración en las logias masónicas y de ideas que se consideraban libertarias y progresistas pero que, sin dudas, exhibían un altísimo grado de intolerancia y fanatismo. Dos liberales auténticos -uno protestante, como Herrera y otro agnóstico, como Rodó- que aceptaban muchas de las medidas laicistas y modernizadoras que Batlle había impuesto, sin embargo coincidían en que la peor forma de Liberalismo era la que agraviaba las creencias profundas de las mayorías americanas en nombre de una supuesta libertad de la razón.
Guizot, Edgar Quinet, Albert Sorel, Ernest Renan e Hipólito Taine representan, pues, el clima de ideas que se advierte en los juicios sobre el desarrollo de las fuerzas políticas y sociales, y sobre los valores espirituales y morales. Alexis de Tocqueville, por ejemplo, valorizó la creación peculiar de la democracia en los Estados Unidos, y Gran Bretaña representaba un modelo que había impresionado decisivamente a Taine, del mismo modo como atrajo la atención de juristas y ensayistas como Boutmy, para los cuales el sistema inglés era un modelo de democracia real, moderada y exitosa.
Si se observan los autores citados por Herrera en su libro aparecen los nombres antes citados y muchos argentinos (Mitre, Ramos Mejía, Arrayagaray), dentro del contexto del Liberalismo positivista, para el cual funcionaban conceptos que explicaban la evolución de las sociedades sobre un organicismo naturalista -nacimiento, crecimiento, enfermedad, muerte- basado en elementos como la raza y las tradiciones sociales. Para esta visión, Hispanoamérica arrastraba un lastre negativo por su herencia aborigen e hispánica y muchos afirmaron que se trataba de un "continente enfermo".
Sería impertinente que me extendiera sobre este capítulo de la historia de las ideas en Hispanoamérica pero habría que mencionar, entre muchas otras, las obras de los bolivianos Franz Tamayo, Alcides Arguedas, del mexicano Justo Sierra o de los argentinos como Carlos Octavio Bunge. Me importa ahora señalar un clima de ideas donde los excesos de la democracia o sea del jacobinismo o rusonianismo, se consideraban como una deformación peligrosa del ideal liberal que todos aceptaban.
Un modelo decisivo fue el de Ernest Renan, cuyo pensamiento impregnó al liberalismo hispanoamericano en el orden político y religioso, pero que propugnaba un conservadorismo fundado en las experiencias amargas de la derrota de Francia en 1870. Uno de sus libros claves fue La reforma intelectual y moral, cuyo sentido reconstructor de una sociedad arruinada por los excesos revolucionarios, impresionó hondamente a Herrera como a todos los hombres de su generación.
Estos autores contrastaban el ejemplo de la Revolución de 1789 con el que ofrecían Inglaterra, los Estados Unidos, Holanda, Suiza y otros países sajones y nórdicos, Para no mencionar a Macaulay, Carlyle y muy especialmente a Edmund Burke, el gran crítico de la Revolución Francesa, y el que impidió que su ejemplo funesto se extendiera por otros países de Europa.
Luis Alberto de Herrera condenó las ideas del liberalismo jacobino que para muchos constituían el ideal de un utópico progreso futuro, y La Revolución Francesa y Sudamérica comienza con la premisa de que uno de los errores más graves cometidos en Hispanoamérica fue el espíritu imitativo, en este caso del jacobinismo frances, en lugar de crear una construcción original basada en la realidad étnica, cultural e histórica que constituía nuestro patrimonio.Sin respetar la base de la tradición hispánica nos lanzamos a la imitación de los excesos dogmáticos y virulentos de una revolución que tenía como divisa principal la negación y hasta la destrucción, si fuera necesario, de todo lo que venía del pasado.
El pésimo ejemplo de la Revolución Francesa provocó que los hispanoamericanos renunciaran al aprovechamiento de un pasado en el cual se habían forjado una personalidad física y espiritualmente valiosa, con hábitos que debieron ser perfeccionados con una proceso moderado y lento de creación de formas originales.
Por repudiar toda la herencia española, sólo se concibió la monarquía bajo la forma odiosa del absolutismo de Fernando VII, y el doctrinarismo de la Ilustración jacobina implantó los "dogmas resplandecientes" de la Revolución Francesa, cuando la naturaleza de nuestros pueblos, su "constitución hereditaria" -dice Herrera-, exigían "un mando inconmovible y de hierro".
De la monarquía que rechazamos debimos aprovechar la vocación para un gobierno republicano fuerte que no fuera avasallado por las promesas igualitarias del jacobinismo rusoniano y asegurara la libertad con la educación en el respeto de leyes que reflejaran las limitaciones auténticas de la realidad.
Los americanos del sur se habían acostumbrado a vivir bajo una monarquía que consideraba a América como un territorio propio porque como escribió Herrera,
"España hizo a América del Sur a su imagen, es decir, unitaria en todos sus servicios públicos y también en sus ideas. El rey, por intermedio del Consejo de Indias y de la Casa de Contratación de Sevilla, ejercía dominio paternal sobre inmensos dominios, mal conocidos, resolviendo por expediente todos los asuntos, aun los secundarios, surgidos en lejanísimas tierras. El resorte comunal, la entidad ciudadano no ocupaba sitio eficiente en esa organización hermética y del más perfeccionado ceentralismo" (1)
Elogió a Chile y al Brasil por haber conservado la huella de un aristocratismo inicial que los había apartado de la facilidad demagógica que hizo estragos en Suramérica donde costaba superar el anarquismo que alternaba con el despotismo y la dictadura. Así escribió:
...a pesar de la renegación de la herencia española, ese repudio no pudo sancionarse en la práctica del gobierno pues las costumbres, las ideas generales, las tradiciones, la creencia religiosa, los prejuicios de raza, el analfabetismo, las pasiones desordenadas quedaron en pie, más poderosas en su arraigo étnico que la soberbia deleznable de airados decretos. Se asistió entonces al injerto de fórmulas exóticas en el árbol secular,con la agravante de aabrigar los ensayistas la convicción, muy sincera, de cumplir un cometido redentor.(2)
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La causa de estos males, reiteró Herrera en su obra, reside en aquellos "vacios y obscuridades de los tiempos" donde arraigó una herencia que permitió el desarrollo de la demagogia y la tiranía. La única manera de construir una república en las cual fuera posible la controversia democrática, más allá de la letra de las declaraciones constitucionales, era contar con un poder judicial íntegro, con fuerzas armadas nacionales, libertad de prensa, seguridad del domicilio y la propiedad privada y el respeto irrestricto de las libertades individuales.
Fue implacable en su retrato de la sociedad americana y así escribió:
Caracterizan a nuestra raza la arrogancia en el extravío; la preconización permanente de la libertad, desmentida por los hechos; el sofisma esgrimido con habilidad en todas las encrucijadas del deber,para rehuirlo;la poesía del desinterés decorando a la prosa interesada;arrestos de equidad.sin perjuicio de medirla siempre con metro de vencedor;protestas de respeto a la ley,pero sin disciplina para acatarla cuando ella decide en contra;una fiebre declamatoria que descompone las mejores iniciativas, invasora, además, del terreno privado; la malaria politiquera, en pleno desarrollo, adueñada de todos los ánimos y haciendo costumbres de las murmuraciones de barrio; el hábito heredado de la desobediencia en lo trivial y en lo solemne; el encarnizamiento en las pasiones¸la ignorancia de las virtudes tolerantes, aunque vivamos en su incienso; el espíritu leguleyo, que tranquiliza al despotismo siempre que encuentre ¡y la encuentra! nueva fórmula literaria de justificación; y, culminando esas flaquezas, la peor de todas, o sea que consiste en cerrar los ojos a ese índice adverso y creerse, por ende, en el soberano ejercicio de las calidades que le faltan.(3)
Los norteamericanos, por su parte e individualmente, no eran ni mejores ni peores que los suramericanos pero en Norteamérica, la Corona inglesa dejó a los colonos al arbitrio de su propia decisión, entregados a su voluntad férrea de bastarse a sí mismos y en función del respeto legal al individualismo en que se habían formado. Por eso la de ellos no fue una revolución sino una defensa de sus derechos, los de colonias libres e independientes.
La Constitución norteamericana reflejaba estos principios e ideales y aseguraba la vigencia de una democracia basada en la manera realista, equilibrada y moderada con que los norteamericanos consideraban sus relaciones sociales. Instituciones como el parlamento, la presidencia y la Corte Suprema, por ejemplo, no respondían a teorías racionalistas y utópicas -aun cuando se hablara de ideales de perfección y felicidad- sino a las condiciones reales del medio social imperfecto - recuérdese a Taine- en que se vivían estas instituciones.
Después de la emancipación privó el plagio y adoptamos las formas nuevas como si fuera una ropa que se compra ya hecha y se quiso implantar la república democrática como si ésta se pudiera crear desde la nada, es decir, sin poseer las condiciones sociales, culturales y políticas que serían su base.
En Suramérica se atacó la forma y no el fondo de las cosas y, sobre todo, se ignoró la condición del hombre, a quien se consideró con la utópica visión del citoyen francés con los resultados desastrosos que se dieron en la historia. Según Herrera las sociedades americanas debieron basarse en el conocimiento y la comprensión de nuestra realidad histórica, que sólo podía perfeccionarse con paciencia y tiempo, sin forzar su carácter esencial y sin recurrir a la oratoria demagógica y las promeses utópicas de imposible realización.
Pero nada podía construirse mientras se mantuviera la actitud iconoclástica que reniega de la la herencia hispánica sin conocerla ni asimilarla:
Sin saber nadar,abandonamos lejos de la orilla, el esquife volcado que nos ayudaba a mantenernos sobre la superficie. Éramos fruto legítimo de España, de sus buenas como de sus malas cualidades. Para mayor desventura, la metrópoli no quiso, no pudo o no supo -con probabilidad lo último- prepararnos para la vida autonómica. Ella nos hizo a su imitación:una España americana, como decía Martín de Álzaga. (4)
Herrera se hizo cargo de las críticas a los problemas principales de la sociedad hispanoamericanas, tales como el caudillaje, al que juzgó como un "desastre interno" que fue inevitable fruto de la situación americana y de una emancipación que nos encontró sin la preparación que reclamaban las nuevas instituciones copiadas de Europa. De ahí su texto:
El caudillaje fue consecuencia lógica, impuesta,de la condición moral y política de la sociabilidad indígena.
De manera, pues, que las acciones y reacciones posteriores a 1810, el despertar de los instintos desordenados, su galope por todos los escenarios, y el vértigo de las pasiones enloquecidas, coronadas, aquí por un tirano; allá por el gesto de un militar; más lejos por el alarido del dominador pampeano, todos esos cuadros dolorosos apuntan el fin del inmenso error inicial.(5)
Herrera advirtió que detrás de las promesas de un igualitarismo utópico y de la convocatoria a una conmoción revolucionaria y anárquica que arrasaría con el pasado y el presente, mediante soluciones violentas y artificiales, se escondía la intención egoísta de sectores sociales y políticos que,en realidad, despreciaban al pueblo y sólo buscaban utilizar la fuerza desatada en los clamores de las plazas públicas, para medrar con sus intereses:
Mientras se aclaman las mayores temeridades igualitarias y se reniega de preciosas y saludables diferencias de clases, se crea un odiosísimo cisma de castas arbitrarias; la casta de las oligarquías adueñadas del poder, contra la voluntad popular, y la casta de los ciudadanos privados del poder.(6)
En otro texto que sintetiza el núcleo de este libro, Herrera escribió:
Deslumbradas y creyendo llegar más pronto al destino soñado, las jóvenes nacionalidades tomaron el camino del atajo, haciendo suyas instituciones y principios políticos que les eran desconocidos, cuyo ejercicio elemental ignoraban, que se esterilizarían en sus manos, reducidos a una pomposa simulación, como sucede con los trofeos irreprochables de las salas de armas.
La imaginación tropical se encargó de convertir a la -sombría tragedia extranjera en un poema lírico, salvado en sus deficiencias por el ruido de cascada de los grandes giros metafóricos.
Pero la experiencia, que es hija del tiempo y que por eso se teje con hilos de plata, muestra ya la intención del error de rumbo en que incurrimos.
Descontentos del atraso de las ideas políticas españolas caímos, hundiéndonos hasta besar el fondo, en el mar de las quimeras, francesas.De la serenidad tradicional pasamos, en un instante, al vértigo más furioso que haya presenciado lá sociedad moderna. ... La influencia de la Revolución ha complicado, en vez de simplificarlo, el problema democrático en Sudamérica.(7).
Los capítulos finales de esta obra los dedica Herrera a una crítica de los resultados negativos de la Revolución en la vida social, política, cultural y religiosa de Francia. Su severidad sigue la línea de los autores ya nombrados, además de la información concreta referida a la decadencia del país por la baja de la natalidad, por el descreímiento de valores esenciales como el patriotismo y la religión, aparte de los turbios negocios que, por entonces, se denunciaban. Panorama que contrastaba con el que ofrecían Inglaterra, Estados Unidos y otros países que habían escapado a los efectos negativos de la revolución.
Desde el punto de vista del pensamiento político, el libro de Herrera marca el punto más alto de su capacidad especulativa y de su valentía para plantear una visión de la historia que desafiaba todos los lugares comunes de la facilidad retórica. Sólo tenía entonces 37 años pero la obra acreditó sus dotes de pensador y el talento de un escritor de raza por el manejo de un idioma fresco, original y exacto en la expresión de su pensamiento.
Herrera escribió, como dije, muchas otras obras que se deben ponderar en un juicio general de su personalidad intelectual, pero La Revolución Francesa y Sudamérica queda como su libro más logrado, único en su patria, uno de los primeros en el mundo hispánico y cuya lectura sigue conmoviendo a todo espíritu apasionado por la suerte de los países americanos y por el enigma de muchos de sus fracasos.
Una vida política
Luis Alberto de Herrera intensificó su actividad como parlamentario y político en la dirección del Partido Nacional siempre en oposición a la figura más prominente del Partido Colorado: José Batlle y Ordóñe; lideró una facción importante de su partido (donde abundaron cismas y polémicas, los "doctores" y el enfrentamiento con figuras como Antonio Lussich) y participó comicios internos y externos mientras reunía en libros su labor parlamentaria y continuaba su obra histórica con obras donde esclareció los problemas de la política exterior de su patria: La diplomacia oriental en el Paraguay ((1911) y El Uruguay internacional (1912), Buenos Aires, Urquiza y el Uruguay (1919) y La clausura de los ríos (1920), El drama del 65:la culpa mitrista, (1926), La misión Ponsomby (1930), La paz de 1828 (1940), Orígenes de la Guerra Grande (1941), La seudohistoria para el Delfín (1947) y Antes y después de la Triple Alianza (1951).
Esta producción confirmó a Herrera la figura principal del Revisionismo histórico, sobre la base del rescate de la tradición Federal, la crítica del Liberalismo rioplatense y la propuesta de una política exterior conjunta basada sobre la cooperación de la Argentina, el Uruguay y el Paraguay. Para Herrera era esencial una política que asegurara la soberanía y la libertad de los países rioplatenses como garantía del perfeccionamiento de su vida social, cultural, política y económica.
La obra historiográfica de Herrera que por su volumen e importancia se ha comparado, con justicia, con la del mexicano Carlos Pereyra y otros de su misma estatura y orientación, representó un viraje extraordinario en el estudio de los temas ríoplatenses. Revisó archivos, compiló un caudal inmenso de libros, publicaciones periódicas y documentos de América y Europa y expuso sus conclusiones con vigor polémico y absoluta honradez intelectual. Así fue de plena justicia que en 1950, el IV Congreso de Historia de América, en Santiago de Chile y a moción del gran historiador mexicano Silvio Zavala, consagrara a Herrera como "Padre del Revisionismo Americano".
Volvió a Europa varías veces (1923,1927) y en 1932 apoyó al Paraguay en la Guerra del Chaco.Desde 1922 fue varias veces candidato a Presidente y lideró a su partido en la lucha contra el gobierno Colorado a través de décadas de turbulencia y en el marco de partidarios y enemigos.
Se recuerdan sus duelos y enfrentamientos con Gabriel Terra y Baltasar Brum, lucha que llevó siempre con altura e hidalguía junto a múltiples propuestas para el perfeccionamiento de la vida política sobre la base de mayor y mejor democracia, del mejoramiento de la condición de las clases populares y de la defensa irrestricta de la soberanía nacional.
Sus aportes a la configuración institucional y a las reformas constitucionales, tales como las reformas de la constitución, en contra o a favor del Colegiado, y sobre todo de la soberanía irrestricta de su patria frente a las presiones extranjeras que pretendían alinear al Uruguay en las grandes contiendas mundiales y torcer el libre ejercicio de su política internacional, integran uno de los capítulos más valiosos de la historia contemporánea de Hispanoamérica.
Sobre la base de su tradición histórica, Luis Alberto de Herrera hizo un planteo político Nacionalista que partía de la asimilación y defensa de los elementos concretos, espirituales y materiales que configuraban el acervo de su patria Oriental. La realidad suprema era esa patria, concebida como organismo biológico, tal como lo entendieron los Nacionalistas franceses del siglo xix herederos del positivismo.
Herrera rechazó los diversos internacionalismos que, como el liberalismo y el marxismo, anteponían valores universales a la nación, cuyo interés sagrado era, para él, norma suprema en política nacional e internacional. Su noción tradicional de lo popular, subrayada por su condición de caballero criollo con la vivencia a flor de piel de la totalidad del país, no admitía las consideraciones clasistas ni el racismo xenofóbico.
Su raigambre telúrica y su inteligencia clásica, pragmática y realista en política, le permitió una concepción del Nacionalismo que si bien abarcaba a todos los sectores sociales y a la vasta porción del Uruguay inmigratorio, rechazaba enérgicamente el predominio de las empresas económicas extranjeras y sus implicaciones imperialistas en la política interior e internacional de su país.
Su tenaz e irreductible antimperialismo, como correspondía a un Nacionalismo inteligente, no consistía en predicar el odio a los países extranjeros en cuanto tales, ni mucho menos a países que, como Inglaterra y los Estados Unidos, admiraba como realidades sociales, culturales y políticas. Sólo quería que respetaran el derecho soberano del Uruguay de mantener su propia política internacional y de regular su vida económica de acuerdo con los dictados del interés del país.
La defensa de esta posición y de la. neutralidad uruguaya en las dos grandes Guerras Mundiales de este siglo, le valieron -como a Yrigoyen, a quien se parece en muchos aspectos- los ataques más enconados y calumniosos. A partir de 1940, la defensa de España, de muchos gobiernos autoritarios hispanoamericanos y la oposición tenaz a quienes querían alinear al Uruguay en el bando de los Aliados, hizo que estos ataques arreciaran. Luis Alberto de Herrera defendió con gallardía dos principios básicos del derecho internacional iberoamericano, como son los de autodeterminación de los pueblos y de no-intervención.
En el Uruguay, luchó contra la que se llamó doctrina Larreta, que facultaba a los Estados Unidos a realizar una intervención multilateral en nombre de la democracia y de la defensa de los derechos humanos. Y con el mismo vigor se opuso a la concesión a los Estados Unidos para que instalara bases militares en territorio uruguayo, en una campaña que recibió el apoyo de todo el Nacionalismo hispanoamericano, especialmente de los argentinos ligados entrañablemente a Herrera desde hacía muchos años. Por su defensa de la neutralidad, que lo aproximaba a la posición que defendía la Argentina, en 1940 recibió la visita de adhesión de argentinos encabezados por el novelista Manuel Gálvez, quien en 1942 publicó una biografía de Aparicio Saravia, que dedicó a Luis Alberto de Herrera.
El odio de los liberales y de la izquierda marxista se cebó en Luis Alberto de Herrera: de ahí la falsísima acusación de nazismo y la consigna de ¡Herrera a la cárcel!, que lanzó el Partido Comunista.
El liderazgo que ejerció sobre el Partido Blanco o Nacional tuvo, como era lógico, serios altibajos. Provocó disensiones y desencuentros con personalidades que surgían revolviéndose contra el viejo caudillo.De todos modos, cuando murió, en 1959, alcanzó a ver a su Partido triunfante, al fin, en las elecciones generales de noviembre de 1958.El Nacionalismo de Luis Alberto de Herrera, como ha escrito Methol Ferré, fue
...estructuralmente uruguayo, aunque con una dimensión de nostalgia, de solidaridad con el añejo tronco hispanoamericano (7).
Conclusión
La figura y la obra de Luis Alberto de Herrera se agrandan en su perspectiva histórica. Al consagrarse a una reconstrucción de la vida política oriental e hispanoamericana, advirtió que el núcleo esencial de nuestros problemas radicaba en los obstáculos que el pueblo había encontrado, desde la Emancipación, para lograr su libertad política.
En esta lucha por el sufragio libre descartó la imitación retórica de las utopías de la Ilustración jacobina y reclamó la autenticidad de la república. Señorial y aristócrata por cuna y grandeza de espíritu y ajeno a todo esnobismo, vivió inmerso en la masa del pueblo de las campañas y las ciudades movido por la pasión de brindarles a sus compatriotas los bienes del progreso, la paz y la justicia. Carlos Real de Azúa, uno de los críticos que con mayor sutileza han estudiado la complejidad de la obra y la personalidad de Herrera, ha subrayado su intimidad afectuosa con el pueblo:
Hubo en este hombre ya viejo, un fenómeno muy difícil de explicar en términos racionales, de literal sumersión en la masa, en esa "multitud nunca abandonada...en cuya matriz nos hicimos... En ese bálsamo de un cálido fervor de turba (muchas mujeres,niños y ancianos, sobre todo) envolviéndolo, entró en la muerte y en la historia, ostensiblemente victorioso, secretamente derrotado."(8)
Herrera, hombre de libros, diarios y parlamentos, sin embargo no temió galopar en las montoneras de Aparicio Saravia, por fidelidad a unas ideas y a una bandera que era necesario defender con las armas. Como ha escrito Miguel Unamuno, a quien debemos reconocer una permanente fidelidad herrerista:
En Herrera el pueblo no era una entidad anónima sino concreta y real,suma de cada región y cada rostro, de cada dolor y cada esperanza.(9)
Republicano auténtico desdeñó la seudo democracia que asumía como si fuera una religión su intolerancia y autoritarismo y extendió la fraternidad que arraigaba en el viejo pasado federal ríoplatense a todos los movimientos americanos en los cuales advertía la misma raíz nacionalista. De ahí su proximidad al Radicalismo histórico y su afecto por Hipólito Yrigoyen, a quien ofreció su hogar cuando ocurrió el siniestro derrocamiento del 6 de Septiembre de 1930. Esa solidaridad también se hizo efectiva cuando, a la muerte de Yrigoyen, el Partido Nacionalista acompañó el duelo argentino en la voz de Eduardo Víctor Haedo. Del mismo modo se solidarizó con Perón cuando pensó que representaba los mismos ideales de soberanía nacional y representación popular.
Su poderosa inteligencia le permitió cumplir con dos objetivos: Primero, la revisión de la historia rioplatense para abrir una posibilidad política esterilizada por los esquemas del liberalismo, y segundo, el planteo de una política Nacionalista abarcadora de lo cultural y político, que junto a su indeclinable patriotismo uruguayo, lograba una proyección de trascedencia perdurable en la mente y afecto de todos los buenos americanos.
NOTAS
1) Herrera, Luis Alberto de. La Revolución Francesa y Sudamérica. Edición Oficial. Montevideo, Serie teorización política, Volumen 2., 1988. 22-23. Entre la bibliografía general sobre el tema: Pivel Devoto, Juan E., y Ranieri de Pivel Devoto, Alcira, Historia de la República Oriental del Uruguay (1830-1930), Montevideo, Medina, 29 ed., 1956; Pivel Devoto, Juan E., Historia de los Partidos Políticos en el Uruguay, Montevideo, Medina, 1942-1943, 29 t.; Real de Azúa, Carlos, Herrera; El Colegiado en el Uruguay, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1972; Idem, Herrera: la construcción de un caudillo y un partido. Montevideo, Cal y canto, 1994; de Salterain y Herrera, Eduardo, Luis Alberto de Herrera, Revista Nacional, Montevideo, 29 ciclo, año IV, n9 200, abril-junio 1969, ps. 187-205; Haedo, Eduardo Víctor, Herrera, caudillo oriental, Montevideo, Arca, 1969. Unamuno, Miguel, Herrera. Un oriental de todo el Plata. Buenos Aires, El Galeón, 1990; Luis Alberto Lacalle Herrera, Herrera; un nacionalista oriental. Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1978; Zubillaga, Carlos. Herrera; la encrucijada nacionalista. Montevideo, 1976.; Alén Lascano, Luis. "Eduardo Víctor Haedo y su particular visión de la historia " Desmemoria, Buenos Aires, enero-marzo, 1995. Rico, Alvaro. "Tres lecturas conservadoras de la revolución francesa en el Uruguay: Soler, Rodó, Herrera. Hoy es historia. Montevideo, IX, 49, 60-66. volver
2) Ibídem, 36-37.. volver
3) Ibídem, 40. volver
4) Ibídem, 99. volver
5) Ibídem, 117. volver
6) Ibídem., 262. volver
7) Methol Ferré, Alberto, Prólogo a La formación histórica rioplatense de Luis Alberto de Herrera, Buenos Aires, Coyoacán, 1961, p. 14. Del mismo autor, ver: La crisis del Uruguay y el imperio británico, Buenos Aires, Peña Lillo-Colección La Siringa, 7, 1959. volver
8) Unamuno. Ob.cit. 89.. volver
9) Real de Azúa, C. Herrera:la construcción de un caudillo...,117. volver
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