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Los estúpidos argumentos
Acerca de los dolorosos disparates del doctor
Julian Simon (¡Ejem!)& * Fernando Pintos
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En 1710, seis años antes de morir, Gottfried Leibnitz publicó, en la ciudad de Amsterdam, su Ensayo de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal, obra filosófica y religiosa de carácter polémico en la cual -muy sutilmente- explicaba que vivimos en . Tales razones fueron de inmediato apoyadas por Christian Wolff, discípulo del anterior, quien por añadidura pretendía demostrar todo aquello por deducción. Contra aquella filosofía, saturada con una sobrecarga optimismo irracional, iba a reaccionar algunos años más tarde Voltaire, y lo haría a través de una novela de tesis que se tituló Cándido o el optimismo, y se publicó en la ciudad de Génova (febrero de 1759), constituyéndose, hasta la fecha, en una de las sátiras más terribles jamás escritas contra la estupidez y sus fieles escuderos y caballeros andantes: los estúpidos de solemnidad. Pero vamos a dejar algo en claro: Voltaire de ninguna manera pretendía destruir aquel optimismo creador que ennoblece la vida y es padre de las más formidables empresas del hombre, sino aquel otro, ingenuo por vocación y ciego por propia voluntad, que pretende ver en todo cuanto sea visible el color de las rosas, aunque unos hechos flagrantes estén demostrando lo contrario con una escandalosa elocuencia. Obviamente, si Voltaire viviera en nuestra época debería ser un enemigo irrestricto de los neoliberales, para poner un ejemplo. Ahora bien: en el Cándido de Voltaire, la voz cantante de la imbecilidad es encarnada por el tan irredimible como inolvidable profesor Pangloss, nombre que significa pura lengua y que identifica a uno de los personajes más arquetípicos en toda la historia de la literatura.
En nuestros días, los irrestrictos seguidores de Leibnitz y Wolff abundan por doquier& O antes bien: ¡pululan! Émulos de Pangloss proliferan de manera desenfrenada& ¡Y cómo se hacen escuchar! Pocos años atrás, Francis Fukuyama, un virtuoso del funambulismo intelectual, publicó El fin de la historia y el último hombre. Que el antedicho personaje es un listillo de marca mayor, no cabe la menor de las dudas& Mas, como anticipador del futuro inmediato de la humanidad, este tipo bien podría morirse de hambre. Por ahí han quedado, él y su librillo, arrumbados en algún polvoriento rincón de aquel inolvidable cuan pintoresco Cambalache descrito con maestría profética por Enrique Santos Discépolo. Pero ciertos virus de similar origen persisten en pulular, y ahora está circulando el veneno seudo intelectual producido por un tal (¡de la benemérita e ínclita universidad de Maryland!), el cual, esgrimiendo bizarro la Teodicea y algún otro mamotreto por el estilo, arremete contra las filas de sus enemigos, es decir nosotros: Los pesimistas sobre el futuro de la especie, los malthusianos, los que pretendemos ver al hombre reproducirse como tal y no como los patéticos conejos o como las asquerosas cucarachas& Y ataca con argumentos dignos de un sansón intelectual, a todas luces calvo& ¡Y de tan calvo, que hasta los sesos podrían vérsele a primera vista! Uno de tales argumentos sería el siguiente: cada nuevo niño no es sólo una boca más que alimentar (¡Oh, miopía!), sino que también trae manos para trabajar y cerebro para pensar (¡Eureka!). Yo también podría formular argumentos similares. Pongamos por caso: . . en un partido clásico Nacional hace tres goles y Peñarol tan sólo dos, ganará el bolsilludo& Y así podríamos seguir hasta el infinito, porque, si se me da la tal gana, yo les puedo escribir una guía telefónica de la perogrullada y de la estupidez. O sea, que puedo replicar hasta la saciedad los torpes argumentos del doctor Simon, pero como todavía tengo algunas pocas neuronas en funcionamiento, sé a ciencia cierta que el hambre y pobreza de este mundo no derivan del crecimiento de la población y consiguiente agotamiento de recursos, sino de políticas económicas gubernamentales. Simon, ahora fallecido, estuvo de gira pocos años atrás, repartiendo peligrosos mandobles dialécticos y seduciendo con cantos de sirena los complacientes auditorios con tendencias neoliberales& Pero sus razonamientos siempre fueron dolorosamente frágiles. Tan sólo para refutar el primero de ellos: se tarda de 15 a 18 años en poner recién nacido a producir. En el ínterin, aquél ha consumido toneladas de comida y bebida; cantidad considerable de vacunas y medicinas; montones de ropa y calzado; incontables metros cúbicos de agua corriente; doce o más años de carísima educación; kilómetros incontables de papel higiénico; muchos litros de detergentes; cantidad de jabones, pasta dental, pañuelos desechables& Y una larga lista más& Mas, todo ese gasto enorme lo ha realizado, SIN PRODUCIR ABSOLUTAMENTE NADA PARA LA SOCIEDAD QUE LO HA SUSTENTADO.
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