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Año V Nro. 325 - Uruguay, 13 de febrero del 2009   
 

Visión Marítima

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Helena Arce

El derecho a morir con dignidad
por Helena Arce

 
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         Se ha visto sacudido el mundo estos días por el caso de Luana Englaro, la mujer italiana que estuvo 17 años en estado vegetativo, con coma irreversible. Se han levantado voces airadas e intransigentes, llamando el hecho de que su familia pidiera su desconexión,  lisa y llanamente un asesinato. Incluso el gobierno italiano promovió en el Parlamento una ley,  para evitar se la desconectara de los medios artificiales que la mantenían con vida.

         Sin embargo como evidentemente, existe algo más poderoso que la supuesta infalibilidad de los hombres, antes que la ley fuese aprobada,  Luana falleció.

         Los medios de prensa comentaron que su padre únicamente pidió que lo dejaran solo.

         Las fotos de una bellísima joven de 21 años han adornado las portadas  de los periódicos, y los noticieros televisivos,  como una forma de mostrarnos a quien se quería “asesinar”.

         Yo solo pensaba en como estaría hoy ese cuerpo, el de esa hermosa mujer, tras tantos años de coma vegetativo, como habrán ido viéndolo día tras día, sus seres amados irse deteriorando, en esa especie de muerte en vida a la que estaba condenada.

         Divagaba y pensaba, es como si nos obligasen a velar para siempre el cuerpo inerte de un ser amado.

         ¿Cómo procesar el duelo? ¿Cómo seguir viviendo? ¿Ese dolor lacerante querría alguien para aquellos a quienes más quiso cuando vivía?

         Sinceramente me es imposible escribir esto ubicándome en el lugar de sus padres, solo pensar en algo semejante me da escalofríos.

         Aun recuerdo hace unos años, en Maldonado me anunciaron el fallecimiento del hijo de un querido amigo, la persona que me lo dijo me quedó mirando pues yo ni siquiera le contesté, tomé mi celular y comencé a marcar desesperadamente el número de mi hijo. Cuando al fin me contestó y escuché su voz, logré reaccionar, me largué a llorar diciéndole a mi niño lo que había sucedido. El como es lógico me dijo: “tranqui vieja, estoy en casa, todo está bien”. Y allí recién pude seguir hablando con mi interlocutora y sentir el dolor del querido amigo, intentar saber que había sucedido, la ruta, la lluvia y un accidente.

         Han pasado los años y lo veo cada tanto, obviamente ha seguido viviendo, además tiene otro hijo a quien se debe, nunca hablamos del tema más que el apretado abrazo que en la oportunidad le hice llegar. Bromeamos, nos saludamos, pero lo observo y algo casi imperceptible en su rostro cambió, habla, comenta hechos, a veces sonríe, pero nunca volvió a ser la misma persona.

         No puedo, me es totalmente imposible, ni siquiera lo intento, ponerme en el lugar de alguien que ha perdido un hijo. Me niego a hacerlo.

         Por ello no hablaré de los sentimientos de ese padre italiano, quien lo único que pide es que lo dejen solo. Solo me atrevo a pedir que respeten su necesidad de paz.

         Quiero únicamente basar mis comentarios   en esa bellísima muchacha que nos muestran las fotos en los diarios, y en el destino que la condenó a esa muerte en vida.

         ¿Cómo alguien puede sentirse apto para opinar? ¿Cómo pueden existir seres tan increíblemente estúpidos,  quienes se creen depositarios de la voluntad divina?

         Puedo decirles lo que yo sentiría, y lo sentiría ahora que soy una mujer de mediana edad. Estoy esperando que nuestro Estado vuelva a ser “laico, gratuito y obligatorio”, como gusta llamarlo mi amigo el Fer, a los efectos que la ley de voluntad anticipada se apruebe de una buena vez en el Parlamento, pues estoy pronta con mi birome para estampar mi firma donde diga:” No me mantengan con vida artificial, cuando ya no haya esperanzas, den los órganos que sirvan para algo a quienes tengan chance de vivir, y a mí déjenme ir en paz”

         Ahora que ya pasé sin duda, la mitad de mi vida no aceptaría ser una carga para los seres que amo. Sin embargo, soy conciente que tampoco lo hubiese aceptado antes,  cuando era joven y bella, que alguna vez lo fui según opina mi marido. Siempre  tuve en claro, que para mis padres, sus hijas éramos la razón de su vida, aquello que había dado razón a su existencia, al decir de mi padre. Lindo regalo, verme muerta en vida, día tras día, mientras mi cuerpo se fuese deteriorando, pues el paso del tiempo y el estado vegetativo deterioran profundamente un cuerpo, más que la vida diaria. Mis padres no hubiesen merecido eso, por cierto. Ni yo tampoco.

         Aquellos impolutos, los dueños de la verdad revelada, bien harían en tener misericordia ante estas tremendas tragedias que le ocurren a las personas. Para opinar sobre algo así, uno debiera ser capaz de  calzarse los zapatos de quien lo está sufriendo. Y mucho me temo que ese tipo de zapatos les quedan grandes a ese tipo de personas.

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