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Año V Nro. 325 - Uruguay, 13 de febrero del 2009   
 

Visión Marítima

historia paralela

 
Raúl Seoane

¿La cultura del bajón?
por Hernán Bonilla

 
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         En una columna del diario El Observador, el politólogo Adolfo Garcé plantea una tesis que quienes tuvimos la suerte de ser sus alumnos y seguimos su trabajo académico conocemos: Al Uruguay, desde la recuperación democrática, le ha ido mejor de lo que suele reconocerse (al menos hasta la crisis del 2002). La idea tiene sustento en datos económicos y sociales, pero no es la que prima entre los intelectuales, en sentido amplio –forjadores de palabras diría Nozick–.

         Plantea Fito en su artículo: “Uruguay es un país valiente que, al menos desde 1985 en adelante, viene luchando denodadamente para modernizarse y por volver a ser ese pequeño “país modelo” del que nos hablaban, con tanto orgullo, nuestros abuelos.” Y más adelante agrega: “Después de la dictadura, nuestra elite política sabía perfectamente que las grandes reformas pendientes (apertura comercial, privatizaciones, desregulaciones y reforma de la seguridad social, etc.), tenían costos políticos importantes. Aun así, se atrevieron a ejecutarlas.” ¿Tiene razón Garcé y los uruguayos somos hipercríticos? ¿Está mejor visto criticar que reconocer los aciertos? ¿Seguimos clavados en la tradición de la generación del 45?

         Vamos por partes. No comparto la idea de que nuestros gobernantes desde la recuperación democrática hayan tenido un proyecto de país. Basta recordar que las reformas que podían acarrear elevado costo político fueron casi todas ejecutadas o planeadas en el gobierno de Lacalle. Sanguinetti es socialdemócrata –batllista en definitiva– y Batlle se limitó a campear la crisis como pudo. La muestra más clara es el plebiscito sobre la llamada Ley de Empresas Públicas, donde si la “elite política” hubiera estado unida tal vez otro hubiera sido el cantar. En buen romance, los gobiernos de Sanguinetti y Lacalle representaron dos modelos de país distintos, el primero fue el continuismo batllista que viene de principios del siglo XX, el segundo fue el gobierno que intentó (y parcialmente logró) las reformas de las que habla Garcé.

         En segundo lugar, en vista de lo que se ha logrado creo que hay más razones para ser pesimista que para ser optimista. Mientras otros países, Nueva Zelanda, Chile, España, Irlanda, entre otros, han logrado en las últimas décadas procesar reformas que efectivamente los han puesto en la senda del desarrollo, por acá seguimos discutiendo la patente única y la matrícula universitaria. En un trabajo sobre las reformas estructurales en América Latina (cuya lectura debo a una recomendación de Garcé) Eduardo Lora  mide los avances en una escala que va de 0 a 1. Nuestro país, que tenía un puntaje de 0,369 en 1985, pasa a 0,477 en 1999. Mientras tanto, el promedio de América Latina pasó, para los mismos años, de un índice inferior al uruguayo (0,341) o uno superior (0,583). En síntesis, creo que avanzamos poco y lento.

         Ahora bien, por lo que he dicho hasta aquí bien podría ser uno más de los que critican sin reconocer nada. Así que pasemos a los reconocimientos: se proceso una tímida pero positiva reforma previsional, se desmonopolizó el mercado de seguros, se llevó adelante una importante apertura comercial, se produjo una revolucionaria transformación del puerto, se lograron atraer importantes inversiones del exterior, y se consolidó la democracia, entre otros logros. Pero con eso no alcanza, el resto del mundo se mueve más rápido y cada vez estamos más lejos. Los veinte años que siguieron a la recuperación democrática probablemente fueron los mejores del siglo XX en materia de políticas pública, concedido, pero no es suficiente. Como dice el economista y politólogo Bryan Caplan en su interesantísimo libro The myth of the rational voter: “Una democracia no debe ser juzgada como exitosa simplemente porque limita que las malas políticas se vuelvan peores –o hace un esfuerzo a medias por corregir los errores estructurales.”

         Garcé tiene razón en que no suelen reconocerse los avances, pero creo que es más lo que resta por hacer que lo hecho, por lo que la crítica tiene sentido. No la crítica destructiva y antisistema al estilo de muchos de los integrantes de la generación del 45, pero sí una crítica propositiva. La crítica es útil como insumo para el diagnóstico pero es cierto que nos iría bastante mejor si además de criticar hiciéramos más cosas, especialmente, si nos involucráramos más en la acción política. En eso, estoy seguro, Fito y yo coincidimos.

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