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Año V Nro. 325 - Uruguay, 13 de febrero del 2009   
 

Visión Marítima

historia paralela

 

¿Ha fallado el mercado?
por Michael Miller

 
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         ¿Quién habría imaginado hace 20 años, cuando cayó el muro de Berlín y celebramos el fin del socialismo, que el capitalismo empezaría a ser cuestionado en 2009? El cardenal de Westminster, Comrmack Murphy O’Connor, llegó incluso a decir que de la misma manera que 1989 marcó el final del comunismo, 2008 fue el año en el que el “capitalismo había muerto”.

         ¿Qué defensa podemos hacer del capitalismo a la vista de todas las crisis, el fraude y la intervención pública cuando incluso algunos defensores del libre mercado están apoyando los rescates y parece que han perdido la fe en la libertad? ¿Acaso el capitalismo ha dejado de ser creíble? ¿Debemos culpar a los mercados libres de los problemas financieros que ahora padecemos?

         Antes de intentar responder a esta cuestión, resulta importante recordar que el término “capitalismo” fue, de hecho, acuñado por el marxismo y, pese a que nosotros lo utilizamos como equivalente a “economía de mercado”, la visión marxista aún influye en el modo en que entendemos la economía. El término capitalista nos evoca la imagen de que el mercado es algo con entidad material concreta: una fuerza nebulosa que puede generar gran riqueza pero también dañarnos enormemente. Esta caracterización impersonal puede llevarnos a culpar a los mercados cuando las cosas van mal en lugar de buscar las verdaderas razones detrás de una crisis que suelen ser más difíciles de diagnosticar y que suelen revelar una cultura más profunda sobre el asunto.

         El Papa Juan Pablo II rechazó el término capitalista como una imagen mecanicista, amoral e impersonal, por lo que decía preferir “economía de mercado” o “economía libre”. No lo hizo para ser pedante, sino para ilustrar la profunda verdad de que los mercados son fundamentalmente redes de relaciones humanas. Entender los mercados de esta manera aporta luz no sólo a muchos problemas económicos, sino también a las cuestiones subyacentes a la moralidad de los mercados. Si éstos están intrínsecamente conectados con la acción humana, entonces deben poseer una dimensión moral. El capitalismo tal y como lo estudian los marxistas o los modelos matemáticos neoclásicos, separa los mercados de la moralidad (y por tanto de la realidad).

         Los mercados no son más que las actividades combinadas de millones de individuos y familias. No los componen simplemente los inversores de Wall Street, sino que están formados por nosotros mismos. Como el resto de las cosas humanas, los mercados no son perfectos y pueden fallar. Si nos convertimos en excesivamente especulativos y creemos que los precios pueden llegar hasta el infinito, puede que violemos las normas de prudencia y sigamos inflando esos precios (como sucedió con la burbuja de los tulipanes en 1637, con las empresas puntocom en el año 2000 o con la vivienda el año pasado), pero pronto o tarde tendrán que pinchar.

         A pesar de sus fallos, sin embargo, los mercados libres han sacado a más gente de la pobreza y han creado más prosperidad y paz que cualquier otro sistema conocido. De hecho, por muy grave que esté resultando la crisis actual, en las economías de mercado más asentadas apenas encontramos gente sin recursos y al borde de la inanición. Conviene fijarse en que normalmente se culpa a los mercados de las crisis, pero se suele olvidar que también son la causa del crecimiento anterior.

         En estos días de turbulencias financieras, podemos escuchar a los antiliberales hablar sobre la desregulación o el capitalismo ultramontano. Ambos términos son hombres de paja. Intente pensar en algún país que carezca de regulaciones sobre la economía o las empresas. Para que los mercados libres puedan seguir funcionando, necesitan un marco asentado sobre el imperio de la ley, los contratos y los derechos de propiedad correctamente protegidos.

         La cuestión de fondo es qué clase de regulación y qué nivel de intervencionismo deberíamos escoger. No conviene olvidar que muchas de las causas que han provocado la crisis tienen su origen en el Estado. Los reguladores federales obligaron a conceder hipotecas a los clientes que no podían devolverlas; la Reserva Federal manipuló la oferta monetaria, exacerbando la burbuja inmobiliaria; y los políticos de todos los partidos prometieron rescates varios que incentivaron los comportamientos irresponsables. Todo esto son ejemplos claros de lo que Friedrich Hayek llamó “la fatal arrogancia”, esto es, la idea de que los burócratas y los políticos tienen un mejor conocimiento sobre la economía que los individuos y las empresas.

         Tan importante como el marco jurídico es contar con una cultura moral. Esto incluye confianza, diligencia, cooperación, honestidad, perseverancia y prudencia.

         Si la crisis nos ha enseñado algo, esto ha sido la importancia de la moralidad para una economía de mercado. La lista de los siete pecados capitales resume las causas de la crisis. ¿Cuántos de nosotros, movidos por la avaricia, la gula o la envidia no ha utilizado las tarjetas de crédito para comprar cosas que no necesitaba o que no podía pagar, simplemente para aparentar un status mayor? ¿Qué no decir de los banqueros de Wall Street que no pudieron resistir las oportunidades de asumir riesgos más y más imprudentes con el dinero de sus clientes y que adquirieron instrumentos financieros que casi no entendían? Los mercados no pueden persistir sin una sólida moral ciudadana.

         Sin embargo, en lugar de aprender las lecciones del pasado, volvemos a oír llamadas a la regulación y a la intervención pública. Puede que alguna regulación sea necesaria, pero no deberíamos creer que la regulación va a solucionar nuestros problemas morales. Aquí es cuando resulta útil darnos cuenta de que los mercados son redes de relaciones humanas.

         Si regulamos demasiado los mercados, estaremos concentrándolos en cada vez menos manos. Esto es lo que nos ha llevado a toda clase de corrupción: economías socialistas, oligarquías y sindicatos que controlan las industrias para impedir que funcione el mecanismo de precios. Es inútil creer que la regulación lo resolverá todo; es un sueño utópico que ignora la falibilidad humana y es la misma promesa que siempre nos hicieron los socialistas.

         Ahora bien, también es erróneo pensar que los mercados funcionan solos. Los mercados requieren algo más que eficiencia: de virtud. Nuestros Padres Fundadores nos ensañaron que sin virtud política la libertad no puede preservarse a largo plazo. Lo mismo puede decirse de la libertad económica; y también de la libertad política, ya que sin la primera no puede existir la segunda. Como la libertad, el mercado debe comportarse moralmente o terminará por derrumbarse.

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