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Año V Nro. 329 - Uruguay, 13 de marzo del 2009   
 

 
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Prevalece en la Argentina una visión
muy provinciana sobre el principal instrumento de política exterior

por Gabriel C. Salvia

 
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         Es cuestionable la convocatoria de la Presidenta a todos los embajadores de la Argentina en el mundo a una reunión en Buenos Aires, con el gasto de traslados que ello ocasiona, si no prevalece un criterio predominantemente meritocrático en la diplomacia argentina. Al respecto, la reunión convocada por la Presidenta Cristina Fernández de Kirhner para el lunes 9 marzo con los embajadores de nuestro país en el mundo, con el objetivo de impulsar con más énfasis la promoción comercial, ofrece una muy buena oportunidad para revisar la situación de la diplomacia argentina.

         La ley 20.957, conocida como "Ley del Servicio Exterior de la Nación", que rige el instrumento por excelencia de la política exterior de la Argentina, su diplomacia profesional,  y que fue sancionada en 1975 bajo un gobierno peronista, establece claramente en su artículo 5° que el presidente de la nación puede designar excepcionalmente embajadores que no pertenezcan a la carrera. Como esa excepcionalidad no está acotada en forma clara y permanente, y cuando lo está ello ocurre por decreto de un presidente, fácilmente cambiado o derogado, se llega a la situación actual en la que casi un tercio de los jefes de misión en el mundo fueron designados "a dedo" por el poder político. Algo similar sucedió con la cantidad de embajadores políticos designados en la denostada época de Carlos Menem.

         Una excusa frecuente en nuestros presidentes al designar sus embajadores políticos, sobre todo en los países limítrofes u otros considerados estratégicos, es que quienes encabecen la representación diplomática argentina deben ser de estrecha confianza del jefe de Estado que los nombra. Dicho en lenguaje vulgar, "deben ser del palo". Ello representa una visión muy provinciana del principal instrumento de política exterior, si la comparamos, por ejemplo, con la Canciller federal alemana Angela Merkel, una de las figuras políticas por la que nuestra Presidenta siente admiración. En Alemania, ya sea ahora con Merkel, o antes con sus predecesores, más del 90 por ciento de los embajadores son de carrera, especialmente en los países u organismos internacionales clave para Alemania, sean limítrofes o no.

         Sin embargo, en nuestra desventajosa comparación, no es necesario irnos al país más fuerte y uno de los más desarrollados de Europa. En Brasil, socio principal del Mercosur, la situación de la diplomacia profesional es aún más sólida: el cien por ciento de sus embajadores son de carrera. En este caso es difícil imaginarse a Lula da Silva, un obrero metalúrgico que llegó a la primera magistratura del país más grande de América del Sur, un verdadero "outsider" del establishment de la política brasileña, ninguneando la conocida diplomacia profesional de Itamaraty y designando embajadores políticos en Buenos Aires, Caracas o La Paz, por no mencionar  a Estados Unidos, Europa o las Naciones Unidas, con el argumento que  "deben ser de su estrecha confianza".

         Es que los países institucionalmente más avanzados, además de respetar la capacidad de sus embajadores de carrera, tienen en cuenta lo que los contribuyentes a través del Estado invierten en su formación. En ese sentido, hay que destacar que un diplomático argentino de carrera debe tener, por supuesto, título universitario, y además poseer el conocimiento de dos o tres idiomas extranjeros, enfrentar un severo concurso de oposición y realizar un curso de dos años en el ISEN con dedicación exclusiva.

         Pero luego se presenta la paradoja de que con la experiencia adquirida en el mundo, que puede incluir la participación en complicadas negociaciones en organismos multilaterales, un diplomático profesional deba soportar por encima de ellos a ciertos personajes impresentables llegados de la política, quienes además de carecer de preparación universitaria y linguística, falencias que podrían obviarse, son personas que no tienen ni idea de la función ni aceptan adaptarse a ciertas normas básicas de comportamiento, mostrándose inclusive molestos cuando se los trata de apoyar. Y encima son los que califican anualmente a los funcionarios de carrera y su opinión puede incidir en sus futuros ascensos y traslados.

         Es obvio que también hay una responsabilidad del Canciller de turno en la implementación de esta política exterior provinciana, muy alejada de lo que debe ser un país en serio que apuesta al largo plazo, pues los políticos pasan y los funcionarios de carrera quedan. No hay más que leer algunos de los pliegos enviados por el titular del Palacio San Martín a la comisión de acuerdos del Senado de la Nación proponiendo embajadores políticos con curriculums tan paupérrimos que dan vergüenza ajena. Por lo cual, la irresponsabilidad de tener un tercio de jefes de misión en las embajadas argentinas en el extranjero designados con esas características también le alcanza a los miembros de la cámara alta del Congreso de la Nación al aprobar la designación de los mismos.

         Obviamente, esta situación en la diplomacia argentina no escapa al resto de la administración pública, donde en forma más generalizada no existe el mérito, la competencia y la igualdad ante la ley para acceder a cargos de perfil técnico en la alta dirección, sino el amiguismo y acomodo político.

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Fuente: Cadal
 
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