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Año V Nro. 390 - Uruguay, 14 de mayo del 2010  
 
 
 
 
 
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Michael S.Castleton-Bridger

Entre el petróleo y las piedras
por Michael S.Castleton-Bridger

 
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          Como ya sucediera en las prístinas costas de Alaska cuando el caso Exxon Valdez los E.E.U.U. se enfrentan a un desastre ecológico de enormes proporciones.

          Una plataforma petrolera semi-sumergible que trabajaba en el Golfo de México a unas 40 millas náuticas de la costa se ha incendiado y  hundido. Se han perdido once vidas lo cual es una tragedia.

          Hay, sin embargo una tragedia adicional en ciernes que marcará las vidas de buena parte de las poblaciones costeras de los estados de Louisiana y Missisipi. Estos verán sus costas bañadas del tóxico y pegajoso ‘oro negro’ que no solamente afectará al turismo sino a buena parte de la pesca costera del golfo y la totalidad de la zafra camaronera. Peor, los estragos de esta marea negra no podrán revertirse por al menos, lustros, o quizás décadas.

          Es lamentable pensar en el frágil ecosistema del delta del río Missisipi  tan rico en fauna y flora indígena bañada por esa pegajosa y maloliente marea negra, que en alguna medida imposibilitará la vida silvestre en esos miles de kilómetros cuadrados de bañados, que son el pulmón ecológico de los deshechos de una considerable parte de la superficie de la unión norteamericana.

          En síntesis una tragedia inimaginable a nivel ecológico. Llevará años arreglarlo y cambiará vidas y poblaciones costeras para siempre.

          Hasta ahí se podría decir que aunque lamentable no deja de ser un problema de los yanquis que deben solucionar los yanquis. Hasta se podría decir con un poco de maldad, que bien le viene a esa sociedad consumista hasta el hartazgo, sufrir en carne propia las consecuencias de su estilo de vida tan extravagante en cuanto a hidrocarburos se refiere.

          Hay otras consideraciones tan o más importantes, sin embargo, que este desafortunado accidente saca a la luz.

          Este insuceso no hace más que focalizar a la humanidad sobre nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Combustibles cuyo uso cada vez más poluciona la atmósfera de nuestro pequeño planeta.

          La realidad es que hasta ahora los humanos no hemos desarrollado una alternativa viable a los hidrocarburos que constituyen la fuente de energía por excelencia de nuestra civilización.

          La consecuencia de esto es que cada vez más estos preciados depósitos sean más difíciles de encontrar y de explotar. Ya las reservas en tierra están prácticamente todas desarrolladas. Lo mismo sucede con las reservas subacuáticas en ubicaciones potables como por ejemplo, el Mar del Norte.

          Por lo tanto la realidad de la situación no es que falte petróleo. Lo que falta es petróleo extraíble a un costo y riesgo razonable. Todo parece indicar que las reservas que aún quedan vírgenes en el planeta están bajo agua y a grandes profundidades.

          Los uruguayos, nosotros, tenemos probablemente dentro de nuestras aguas territoriales, o sea dentro de las 200 millas de la costa, considerables reservas de hidrocarburos sub-acuáticas.

          Los problemas de extracción son básicamente dos, el principal que el precio del petróleo en el mercado resista los costos altísimos de la explotación sub-acuática a grandes profundidades y el segundo de que por cada 1000 pies de profundidad de las aguas en la zona de explotación los riesgos se multiplican en forma exponencial. A más profundidad más y más riesgo. Riesgo humano en vidas y riesgo ecológico de derrames como el actual en el Golfo de México.

          El casi infinito ingenio de los humanos seguramente podrá solucionar los problemas técnicos de prospección y explotación de los yacimientos de petróleo mar adentro y a grandes profundidades. Lo que difícilmente podrá solucionar son los embates de una naturaleza furiosa que se expresa en el océano con temporales y huracanes.

          Los riesgos para el medio ambiente serán cada vez mayores  en tanto y cuanto la explotación de hidrocarburos se localice cada vez más en los océanos del mundo y a profundidades crecientes.

          Seguramente esto provocará el desarrollo de nuevas tecnologías de explotación, pero estas tecnologías serán cada vez más caras, para mantener un grado razonable de seguridad.  Esto provocará, si los políticos no se meten, un ímpetu cada vez mayor a la búsqueda de sustitutos prácticos para los hidrocarburos como podría ser el hidrógeno una vez solucionado el problema de su almacenamiento.

          La humanidad y las sociedades como las concebimos hoy necesitan una fuente de energía barata, almacenable y distribuible. Hasta ahora los hidrocarburos han cumplido todos esos requisitos con creces.

          En la medida que los costos y los riesgos ecológicos aumenten surgirán sustitutos.

          Como dijera ese gran especialista en temas de petróleo el Sheikh Ahmed Yamani de Arabia Saudita, “la edad de piedra no se terminó por falta de piedra, se terminó porque apareció algo mejor”.

          Seguramente con los hidrocarburos pasará exactamente lo mismo. Es de esperarse que la transformación no demore demasiado y que en el mientras no se produzcan demasiados accidentes como el actual.

          Las consecuencias de un derrame como el actual en el Golfo de México sobre nuestras costas por ejemplo, serían inimaginables.

          Ojala no debamos correr esos riesgos.

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© Michael S.Castleton-Bridger

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