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Año V Nro. 351 - Uruguay, 14 de agosto del 2009   
 
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Mary Anastasia O'Grady

Los amigos hondureños de las FARC
por Mary Anastasia O'Grady

 
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          El presidente de Estados Unidos, Barack Obama; el primer ministro de Canadá, Stephen Harper; y el mandatario mexicano, Felipe Calderón, se reúnen hoy en Guadalajara, México, en la Cumbre de Líderes de América del Norte. Entre los temas que abordarán estará la creciente violencia relacionada al narcotráfico en el continente, pero también se espera que conversen sobre la situación política en Honduras.

          Es una lástima que el Ministerio de Defensa de Colombia no participe ya que podría mostrarles evidencia de la conexión entre los simpatizantes del depuesto presidente hondureño, Manuel Zelaya, y el proveedor sudamericano más importante de drogas ilegales a América del Norte: las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Lo sé porque la semana pasada esa evidencia llegó a mi escritorio.

          Las FARC son uno de los actores principales en el comercio de cocaína y documentos encontrados en las computadoras que halló el ejército colombiano durante una redada en un campo del grupo guerrillero en Ecuador el año pasado, muestran que los rebeldes han estado activos en Honduras. Varios de esos documentos llegaron a mi poder la semana pasada. Uno es una carta de marzo de 2005 escrita por uno de los capos de las FARC dirigida al hoy fallecido líder rebelde, Raúl Reyes. La carta ofrece una lista de "relaciones políticas que apoyan (a las FARC) y con las cuales se coordina trabajo" en la región y en España.

          El Partido de Unificación Democrática (UD) de Honduras es una de las organizaciones en dicha lista. El UD tiene una representación limitada en el Congreso pero es el único partido que apoya el regreso de Zelaya. Dondequiera que haya manifestaciones violentas y bloqueos de caminos en apoyo a Zelaya, está el UD.

          La carta de las FARC dice que existen 45 de esas organizaciones. A Calderón tal vez le interese saber que entre ellas figuran el Partido de los Trabajadores y la Juventud Comunista de México.

          Incluso sin la conexión con las FARC, no hay que perder de vista que Zelaya violó la ley hondureña al tratar de cambiar la Constitución para que pudiera postularse a una reelección. Zelaya también exhortó a una turba que irrumpió en una bodega de la Fuerza Aérea donde se guardaban las papeletas que se iban a usar en su referéndum ilegal. El 28 de junio, fue arrestado por una orden de la Corte Suprema, deportado por el ejército y removido de su cargo por el Congreso. Incluso su propio partido, el Partido Liberal, apoyó su destitución y expulsión del país y la mayoría de la población respalda tales medidas.

          Obama y Calderón, sin embargo, no son partidarios de la destitución de Zelaya y ambos quieren su regreso.

          Hace dos semanas, el gobierno de Obama anuló las visas de algunos funcionarios del gobierno hondureño. Además, la semana pasada Calderón desplegó la alfombra roja en Ciudad de México para recibir a Zelaya en una publicitada demostración de apoyo a su regreso al poder. Hay que reconocer que el gobierno de Harper ha sido más mesurado en su respuesta a los acontecimientos de Tegucigalpa.

          Se dice que un presidente mexicano que se ubica a la derecha de la Casa Blanca enciende la mecha de la política doméstica. Eso podría explicar por qué el centroderechista Calderón fue el anfitrión de una visita de Estado de Zelaya. En este tema, quiere mantenerse a la izquierda de un presidente estadounidense izquierdista.

          Pero la situación no es tan simple. Calderón ha librado una "guerra" contra los carteles del narcotráfico en México que desde diciembre de 2006 ha cobrado la vida de 1.077 agentes del orden. Ahora, tanto él como Obama, tendrán que explicar su apoyo a una facción política en Honduras que está aliada al crimen organizado. Según la evidencia recogida por la inteligencia colombiana, que me llegó en forma indirecta, eso es exactamente lo que están haciendo.

          Los hondureños no quieren a Zelaya en su país porque lidera una turba violenta y antidemocrática con la que intentó socavar las instituciones de la misma manera en que lo ha hecho Hugo Chávez en Venezuela. Chávez también ha entrenado a Daniel Ortega en Nicaragua, a Rafael Correa en Ecuador y a Evo Morales en Bolivia. Las democracias de esos países se han visto gravemente debilitadas.

          Pero aunque a Obama y Calderón no les importara la libertad de los hondureños, no pueden pasar por alto la posibilidad de que el establecimiento de un gobierno chavista en Honduras eleve el costo, en sangre y en el erario público, de su "guerra contra las drogas".

          La conexión de las FARC podría ayudar mucho a explicar por qué Chávez se esfuerza tanto en que Zelaya sea repuesto en el poder. Ya es sabido que el hombre fuerte de Venezuela apoya de manera activa a las FARC en Sudamérica. Los rebeldes cuentan con un refugio seguro a lo largo de la frontera y tan sólo el mes pasado, una redada del ejército colombiano a un campo de las FARC arrojó una serie de lanzacohetes antitanques de fabricación suiza que habían sido originalmente vendidos a Venezuela. A Chávez todavía le falta ofrecer una explicación creíble sobre cómo estas armas llegaron a manos de los terroristas colombianos.

          Un informe de julio de la Oficina de Auditoría General de EE.UU. (GAO, por sus siglas en inglés) halló que Venezuela se ha convertido en una ruta de tránsito de cocaína colombiana, 60% de la cual es exportada por las FARC. La GAO también encontró que altos miembros del gobierno de Chávez y del ejército venezolano son cómplices. "Según los funcionarios de Estados Unidos, la corrupción dentro de la Guardia Nacional de Venezuela representa la amenaza más significativa porque la Guardia le reporta directamente al presidente Chávez y controla los aeropuertos, fronteras y puertos de Venezuela", dice el documento de la GAO.

          Los líderes de la cumbre de hoy hablarán sobre su guerra contra las drogas. Quizá Calderón y Obama explicarán por qué apoyan a un político hondureño derrocado cuyos simpatizantes comparten una causa con los terroristas narcotraficantes. Todos los norteamericanos merecen una explicación.

Fuente: Cato Institute

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