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Año IV - Nº 251
Uruguay,   14 de setiembre del 2007
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Inventario del Uruguay

por Pedro Hernández
  
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                            ( I )

            Una empresa que se precie, debe conocer con la mayor exactitud su inventario. Los bienes, las deudas, las carencias, las cosas a corregir, las a realizar. El inventario en definitiva nos mostrará descarnado, si se hace con rigor, la realidad.

            Si esto es fundamental para una empresa, cuanto más no lo será para un país.  

            El inventario del País se debe realizar a partir de su historia. Su realidad es consecuencia de ella, no es una casualidad.

            “Pero el Uruguay, que está ausente de los textos, y las doctrinas, es un caso especial según creemos y como tal, con ceñido ajuste a su propia realidad hay que tratarlo”. (1)

            La historia debe ser utilizada  para potenciar o corregir el rumbo, no para el discurso electoral o descalificar como se la usa por estas tierras. La historia nos permite ver, si queremos ver, de donde venimos, lo que hicimos, como lo hicimos y lo que dejamos de hacer. Para ver es necesario contener los prejuicios, el sectarismo y el dogmatismo. Sólo así podremos definir con cierta predecibilidad, hacia donde debemos ir. No podemos ignorar nada.

            El primer tema del inventario es asumir el Uruguay macrocefálico, cuya capital tiene del orden del 50% de la población y desde la cual históricamente se dirigieron los destinos del país. La capital  absorbió la mayor parte de los recursos y su nivel económico y social siempre estuvo muy por encima del resto del país, ni que decir del interior rural. Dos países en uno. Hoy seguimos en las discusiones superficiales y anecdóticas de los acontecimientos diarios, todo lo que nos perturbe lo soslayamos o lo ocultamos. Esta es nuestra realidad desde fines de los 50, por algo los problemas siguen, más allá de los discursos que se empeñan en  ignorarlos. La autocrítica un elemento esencial y una medida de la grandeza, es un evento raro en la vida del país. La dirigencia política que gobernó el país – desde 1931 al 28 de febrero de 2005 - no ha realizado autocrítica, sigue ignorando la magnitud del tiempo perdido y la prensa, que ha sido cómplice o funcional, le sigue el juego.

            Otro tema del inventario es el facilismo. El facilismo es una conducta que nos hace creer que podemos eludir la historia y que el tiempo perdido lo podemos recuperar por un acto de voluntarismo. Que lo que le llevó de trabajo y sacrificio a otras sociedades para tener los niveles que hoy tienen, nosotros lo podemos conquistar en un corto plazo. A la “vuelta de la esquina”. La dirigencia política que gobernó adopta el facilismo  -  “conducta” típicamente uruguaya -  para explicarse la perdida electoral del 2004. Según ellos fueron sacados del gobierno por  muchos de los “clientes”, que los votaron por más de 70 años, engañados por unos pérfidos, que agregan, son poco democráticos. La fuerza política que ganó las elecciones, creyó en el marco del facilismo, que la profunda crisis del país se resolvía cambiando a los hombres. Ese facilismo tan uruguayo es lo que no nos permitió ver como el mundo cambiaba mientras nosotros seguíamos en nuestros juegos electorales. Tampoco la fuerza política en el gobierno ha realizado autocrítica. Tampoco la Universidad, los gremios, las cámaras empresariales, los ciudadanos, todos siguen en el reclamismo histórico, en el más crudo corporativismo, máxima señal de nuestro subdesarrollo. De nuestros problemas nadie es responsable.

            Todo ello es la expresión cabal de un país desintegrado. Estamos hablando a diario de los problemas estructurales ya denunciados en la década del 40 – emigración y empleo -, como descubrimiento para algunos. Se escriben libros – como novedad – y se habla casi a diario en espacios radiales y televisivos de nuestro estancamiento poblacional y por ende del envejecimiento. A comienzo de los 60 Quijano escribió y alertó de ello y de la acelerada emigración, que ya había denunciado hacia la Argentina en la década del 40. Hoy hablamos de la pobreza, la marginación, del 40% de los niños por debajo de la línea de pobreza desde hace décadas, como algo reciente. Seguimos en nuestras discusiones rituales, ignorando la historia y lo peor descontextualizadola. Eso da la medida de nuestra mediocridad y de nuestra decadencia, quizá por ello todos se niegan a  asumir la historia. Esto muestra un tema relevante del país  y  es la carencia de estadistas. Estadistas políticos y en los distintos ámbitos socio -económico de la vida del mismo. El manejo político partidario a partir de 1931- reparto del poder por el pacto del chinchulín- impidió que estos surgieran en ese ámbito. La actividad política se redujo al reparto de cargos en el estado y a una campaña electoral permanente. En los libros de historia, y no en todos, apenas si hay referencia a este tema. Quijano lo denunció con precisión y alerto del daño a la democracia y por ende al País, no fue escuchado y si denostado.

            “Puesto que los partidos forman parte del andamiaje institucional, se ha considerado lógico que esos partidos,- se refiere a blancos y colorados - únicas expresiones reconocidas de la voluntad popular, se dividan también el goce de las instituciones, en todos sus aspectos.
Hay una relación lógica, simple y cerrada, entre el principio y las consecuencias.

            Los partidos integran el Estado; son su basamento. Por tanto, el Estado les pertenece. Toda la Administración Pública ha sido politizada o partidizada, si se permite el horroroso neologismo. A esta filosofía pertenecen el pacto del las reformas constitucionales del 51. Los puestos se reparten proporcionalmente a los votos (ley del 31) o se reparten a cuota fija (constitución del 51).

            El elector ha perdido cada vez más su libertad. El voto es secreto; los escrutinios limpios; el fraude no existe; la coacción, teóricamente, tampoco. Pero a medida que las garantías se han hecho mayores y más detalladas, la libertad de elegir se ha ido diluyendo o desvaneciendo.  Cada cuatro años el votante se ve ante un dilema: o no votar - día llegará, es la culminación natural del proceso, en que el voto haga obligatorio - o votar las listas que los comités partidarios confeccionan”. (2)

            Tenemos una economía desintegrada y hablamos de integración. Una muestra de ello es que en nuestra relación con el Mercosur hemos solicitado varios cientos de excepciones a productos, negándonos a ver que una economía en serio no puede tener tantas y la mayoría deben ser corregidas internamente, vale decir integrando nuestra economía. Pero no, el facilismo nos indica mejor pasemos nuestras asimetrías a la integración regional, - capaz que tenemos suerte y se diluyen - que por algo aparte de la falta de voluntad política no camina. Las excepciones deben ser en los grandes temas y no para cualquier ineficiencia. Sin trazar una meta de integración interna jamás llevaremos a buen puerto la integración regional. La historia desde la creación de la ALALC – 1958 – es concluyente. No funcionó, le cambiamos de nombre, hoy ALADI, el cuidado de las formas es un culto nacional.

            Esta conducta va en la línea de la reafirmación de nuestro facilismo histórico.

            Las soluciones a los problemas estructurales ignorando la historia no pasan de ser meros parches en la coyuntura y han contribuido a ocultar los temas de fondo. Salir del paso desde la visón electoral ha sido la rutina, de ello nuestra historia reciente está llena de ejemplos. En este perverso juego de esquivar la historia se le ha ido al país un tiempo precioso que como el agua del río no pasará nunca más por el mismo punto. ¿Tenemos conciencia de ello?

            ¿Es posible que el Uruguay pueda cambiar ignorando o desconociendo, como mínimo, la historia de los últimos 60 años?
            ¿Son  posibles los cambios ignorando o desconociendo  la conducta de sus dirigentes - en todos los ámbitos - y del pueblo en ese período?
            ¿Es posible cambiar sin asumir? Creemos que no, pero no tenemos la verdad revelada.

            Preguntas que nos hacemos y consideramos ineludibles respondernos, si queremos pensar en serio por el país.

            Otro tema central en el inventario es la información y el papel que han jugado los medios y el periodismo. Tema sobre el cual por ahora daremos algunos trazos. El periodismo cree que informa y no asume que venimos hablando de lo mismo desde hace varias décadas, con los mismos y nadie se inmuta, tampoco le preguntan para que  le suceda.

            Programas de radio y televisión que invitan a dirigentes que han actuando en política, desde de los 50, otros en los 60 y no se les pregunta por la historia. Hablan como si no hubieran estado en el país. No hay renovación  generacional. Desde el reparto de los cargos el país se manejo como un feudo y los señores feudales se niegan a abandonar su condición. Muestra de la decadencia política. A los actuales gobernantes se le exige por los actores políticos que dirigieron los destinos del país por mas de 70 años soluciones ya y perfectas.  Una modalidad muy en boga es “informar” con ironía, no exenta de intencionalidad política. Se “informa” banalizando la tragedia social es pos del rating. La “información” hoy consiste básicamente es resaltar lo que está mal y de ello se nutren la mayor parte de los tiempos mediáticos. Lo que está bien, el esfuerzo silencioso de miles produciendo para el país, casi no existe, salvo que tengan un accidente o una crisis, ahí salen a luz. La crisis es noticia. La desinformación histórica es aterradora en el país. Nadie se pregunta como habiéndose  escrito tanto sobre la misma, salvo una ínfima minoría, se tenga un desconocimiento tan profundo del país. ¿Será un problema de difusión? ¿Será un problema de cómo se escribió?  El interés del país nunca ha estado presente en las discusiones de los temas, ¿si no como explicamos el Uruguay real de hoy?. Bajo la imagen del interés nacional - pomposos discursos - se disfrazó el interés corporativo; económico, social, político-ideológico. Y para finalizar, el país ha ignorado que tuvo tres crisis destructivas de la economía desde los 60 al 2002, en sólo 40 años, casi cíclicas cada 20 años. Tan se ha ignorado que seguimos mirando la crisis del 2002 como referencia. Estas son apenas unas breves pinceladas de un inventario que vamos a continuar.

( 1 ) Carlos Quijano  Marcha, 10 de febrero de 1961
( 2 ) Carlos Quijano Marcha, 3 de diciembre de 1953

Montevideo 28-08-2007

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