Año III - Nº 152 - Uruguay, 14 de octubre del 2005

 
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Crónicas del Viejo Montevideo.
El gran balneario
de la calle Piedras

Recopilación de Alvaro Kröger
Sobre un texto de José María Fernández Saldaña



Los montevideanos lo conocieron con el nombre familiar de "las Piletas", y fue probablemente además de la única realización completa de la "Epoca de Reus", 1888-90, un apropiado símbolo de la época.

Los baños públicos de mar y agua dulce de la capital, concepción grandiosa para sus tiempos -y aún para los actuales -abiertos al público por aquellos años, alcanzaron a funcionar languidecientes y fuera de moda hasta 1907 o 1908.

Significaron algo excepcional en cualquier sentido, en una ciudad como era Montevideo hace un siglo. No se conocía nada igual en América Latina.

Se proyectó un establecimiento igual en Buenos Aires, el cual debía construirse en el Paseo de Julio, entre las calles Callao, Ayacucho y Juncal, amparado por una concesión municipal por término de 80 años, pero el animoso plan sólo queda, ahora, la medalla que el contratista coronel Carlos Gaudencio hizo batir conmemorando la iniciación de las obras, cuando era presidente de la Argentina el Dr. Miguel Juárez Celman.....

Aquí, asociado con Emilio Reus, también el concesionario fue el coronel Gaudencio, porteño que sirvió en nuestro ejército y en el de su patria, hombre de larga y movida existencia, que alcanzó a servir en 1904 en las filas gubernistas, avejentado y enfermo, para fallecer en esta capital dos años después. Las iniciales de Gaudencio y de Reus lucían en el frente Norte.

Las obras del gran balneario - como si hubiera existido el presentimiento de que era de inflazón y de grandeza no podía prolongarse mucho - se llevaron a término con un apresuramiento tan grande que se las concluyó en 150 días hábiles de trabajo.

Cubría el Balneario en la punta de Gounouillou, la manzana que delimitan las calles Piedras y Guaraní y la rambla que bordea la bahía, con entrada monumental por Piedras.

Constituían el doble casco fundamental del establecimiento 2 grandes piletas, de 60 metros de largo, una para baño de señoras y otra para baño de hombres, cubiertas por una alta y airosa claraboya de vidrios, y alimentadas por agua de mar que bombeaban poderosas máquinas.

El fondo descendía en leve pendiente en dirección norte, donde un conjunto de grutas y cascadas hacía el fondo decorativo.

Una numerosísima serie de camarines se extendía en el corredor de la pileta, cuyas aguas verdes eran renovadas cuando menos 2 veces por día en horas que el público estaba especialmente invitado para presenciar la exigida cuanto indispensable operación.

Complementando este servicio, había departamentos de hidroterapia medicinal, departamentos de baños de inmersión individuales y filas de lavatorios, de duchas y de lluvias, frías y calientes, salobres y dulces. Anexos funcionaban servicios de peluquería, pedícuro, manicuro, tocador de señoras, y en todo lo largo de la calle Piedras se extendían los salones de conciertos, reunión social, confitería, bar y café.

Y por todas partes, repartidos en profusión, ricos mármoles, prolijos implementos de metal, maderas trabajadas con primor y brillantes lacas y barnices.

Establecimiento semejante - suntuoso para la época de 1888 - exigía público de afuera que contribuyese a sostenerlo.

Fue entonces, y a tal efecto, que se dio principio del Gran Hotel Nacional, en la manzana de enfrente, la gran casa de 4 pisos, que pese a que se trabajó de noche, a la luz de arcos voltaicos, no alcanzó a se habilitada para sus fines y vino a convertirse primero en local de la Universidad, luego por la vieja Facultad de Ingeniería y sus anexos.

Pero las esperanzas que se pudieron fundar en la marcha futura del Hotel Nacional fueron llevadas por el viento huracanado de la formidable crisis del 90.