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Año V Nro. 273 - Uruguay, 15 de febrero del 2008   
 

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Fernando Pintos

Discépolo y el fútbol uruguayo
por Fernando Pintos

 
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          Tan sólo bastará con que recordemos el mejor tango escrito por Enrique Santos Discépolo… Pero, ¿qué digo? ¡Si nos bastaría con apenas la primera estrofa de ése que, en justicia, debería ser el himno mundial del siglo XXI, con Posmodernidad y Globalización incluidas: «El mundo es y será una porquería, ya lo sé…».  Y poco más que decir. En la práctica, tenemos ahí una declaración emblemática, que en honor a la justicia debería hoy presidir todas las actuaciones del fútbol uruguayo. Pero no me refiero a éste en toda su historia, que como bien sabemos ha sido por demás gloriosa y en absoluta desproporción toda vez que se confronte con nuestra limitada geografía y nuestra esmirriada demografía…

«…Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo se...
en el quinientos seis
y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublés...
Pero que el siglo veinte
es un despliegue,
de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue,
y en un mismo lodo
todos manoseaos...».

          En su historia, el fútbol uruguayo, más que grande ha sido enorme, porque le ha pintado la cara al mundo entero. Lo hizo en 1924 y 1928 (cuando los campeonatos olímpicos sustituían a los mundiales). Lo siguió haciendo en 1930 y 1950, a pesar de la formidable oposición de gigantes como Argentina y Brasil (a quien le arrebató el título en su propia casa)… Lo continuó en 1950 y 1954 (con dos cuartos lugares, posición que, en un Mundial de Fútbol, no ha sido alcanzada por casi ningún país americano). Pero también lo hizo al ganar 13 veces la Copa América, una hazaña que en el ámbito sudamericano sólo pudo igualar Argentina. Y, además, siguió haciendo al situar a sus dos clubes grandes, Nacional y Peñarol, entre los cinco únicos que consiguieron ganar en tres ocasiones la Copa Intercontinental (los otros tres fueron, ni más ni menos que Boca Juniors de Argentina, Real Madrid de España y Milán de Italia)… Y detengo la reseña, porque de seguir, necesitaría un espacio por demás dilatado y los estaría aburriendo (a mis lectores uruguayos, cuando menos) con el relato de algo que es por todos bien sabido y mejor recordado.

«…Hoy resulta que es lo mismo
 ser derecho que traidor..
 ignorante, sabio, chorro,
 generoso o estafador
 ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
 ¡Lo mismo un burro
 que un gran profesor!
 ¡No hay aplazaos, ni escalafón,
 los inmorales nos han igualao!
 Si uno vive en la impostura
 y otro roba en su ambición,
 da lo mismo que sea cura,
 colchonero, rey de bastos,
 caradura o polizón...».

          Que el fútbol uruguayo de hoy es un cambalache, ¡todavía más desdichado y  confuso que el tango de Discépolo!, no es ninguna metáfora, sino una dolorosa realidad. Es un fútbol que ha caído en picada libre, desde veinte años a esta parte. Y fijo ese límite temporal en vista de que, en 1988, se logró el último gran título a nivel de clubes: la Copa Intercontinental, conquistada en Tokio por el Club Nacional de Fútbol frente a un PSV Eindhoven donde, entre otras luminarias, alineaba nada menos que Romario… Y aclaremos que era aquel un Romario fresquecito y lleno de potencial, con 22 años apenas sobre las espaldas. Pero no sólo eso… En aquel 1988, que fue algo así como el canto del cisne para las glorias internacionales del fútbol uruguayo (también podría compararse con esas impresionantes y engañosas mejorías que experimentan algunos pacientes, exactamente antes de una muerte inevitable y súbita), los tricolores arrasaron con todas las copas que se les pusieron a tiro: Libertadores de América, Interamericana, Intercontinental. Y además, la Recopa Sudamericana, la Copa Mar del Plata y la Copa Corea del Sur. Claro que, por entonces, ni Paco Casal ni ningún otro vampiro disfrazado de contratista hacía de las suyas para desangrar al fútbol uruguayo hasta llevarlo a un extremo de agonía, como el que hoy vive. Y, por supuesto: los dirigentes de aquel fútbol uruguayo todavía contaban dos cualidades que ahora parecen escasear con persistencia alarmante: ideas y agallas. Empero, y más que cualquier otro factor que pudiera mencionarse: aquellos jugadores eran bastante diferentes de los de hoy. Recordemos algunos de los que alinearon en aquel Nacional que arrasaba copas internacionales: Jorge Seré (quien nunca fue citado a la Selección), Hugo De León, Yubert Lemos, Daniel Carreño, Santiago Ostolaza, Tony Gómez, Daniel Revelez… Y también algunos otros, como José Pintos Saldanha, William Castro, De Lima… Con aquella generación de verdaderos cracks y hombres de temple indudable, ¡como para no ganar torneos internacionales! Sin embargo, ahora y en vista de los magros resultados obtenidos por el fútbol uruguayo a todo nivel (clubes, selección mayor, selecciones juveniles), encaja como anillo al dedo el siguiente pasaje del «Cambalache» de Discépolo:

«¡Que falta de respeto,
 que atropello a la razón!
 ¡Cualquiera es un señor!
 ¡Cualquiera es un ladrón!
 Mezclao con Stavisky va Don Bosco
 y «La Mignón»,
 Don Chicho y Napoleón,
 Carnera y San Martín...
 Igual que en la vidriera irrespetuosa
 de los cambalaches
 se ha mezclao la vida,
 y herida por un sable sin remache
 ves llorar la Biblia
 contra un calefón…».

          El último partido de la Celeste en el Estado Centenario, frente a un combinado de Colombia, significó una nueva decepción. Aunque también un alivio, gracias a que se remontó un 2 a 0 adverso y se pudo cuando menos empatar, evitando de tal manera un nuevo papelón en nuestro máximo escenario deportivo. Para decir verdad, y analizando fríamente el funcionamiento del seleccionado uruguayo, no hay razones siquiera para una dosis mínima de optimismo con vista al futuro. Jugando así, muy difícilmente podrían calificar para el próximo Campeonato Mundial de Sudáfrica. Aunque es muy posible que esa nueva frustración no será tan cruel como bien pudiera serlo una participación mundialista uruguaya desastrosa, arrastrando el desorden e impotencia de este equipo inconexo frente a representantes no ya del Primer Mundo futbolístico, sino, antes bien, de Asia, Oceanía y la CONCACAF… Y sí, tal como bien lo escribió en su momento el inolvidable maestro Discepolín:

«Siglo veinte, cambalache
 problemático y febril
 El que no llora, no mama,
 y el que no afana es un gil.
 ¡Dale nomás! ¡Dale que va!
 ¡Que allá en el horno
se vamo a encontrar!
 ¡No pienses más,
 sentate a un lao!
 Que a nadie importa
 si naciste honrao…
 Que es lo mismo el que labura
 noche y día, como un buey,
 que el que vive de los otros,
 que el que mata o el que cura
 o está fuera de la ley…».
 
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