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Año III - Nº 139 - Uruguay, 15 de julio del 2005

 
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EL APOSTADERO NAVAL DE MONTEVIDEO
Y SU PROYECCION HACIA EL PACIFICO

Alejandro Bertocchi Morán
Liga Marítima Uruguaya

El Plata es el verdadero y único antemural de esta América, a cuyo fomento se le ha de propender con todo empeño,... porque es el único punto en que ha de subsistir y por donde ha de perderse la América meridional.
Capitán General don Pedro de Cevallos Primer Virrey del Río de la Plata

DADO el descubrimiento, al establecerse la Corona hispana en los vastos territorios del Nuevo Mundo debió casi de consuno construir un sistema defensivo eficaz para afrontar con seguridad las ambiciones de las potencias rivales que obviamente intentarían también sentar sus reales en las Indias Occidentales, pese al impedimento de las bulas papales.

En los documentos firmados con la Corona portuguesa, con la aquiescencia del supremo Pontífice, los Reyes Católicos ya disponían bajo su Imperio un gigantesco espacio con una delimitación que era considerada segura. A partir de estos primeros tiempos bien se puede expresar que no existieron tentativas demasiado asiduas de otras potencias que hicieran temer la pérdida de alguna porción de estos territorios. Es a inicios del siglo XVII -con el acoso de la piratería organizada sobre el Caribe y Centroamérica- que se da el comienzo de una constante con los reiterados ataques en gran escala llevados adelante por los filibusteros, primeramente, para después -con la paulatina afirmación política de los Estados Nacionales- aparecer operando sobre estas zonas a ejércitos regulares y marinas de guerra, que ya no venían a depredar, sino a asentar sus colores en estas tierras, cuestión que llevó a la definitiva pérdida para España de la América del Norte, en manos de holandeses, franceses y británicos.

A todo lo largo de este siglo XVII, enormemente problemático para España, el continuo acoso enemigo sobre el Caribe llevó al surgimiento de poderosos e imponentes puntos fortificados, en los que la Real Armada y el Ejército asentaron un firme sistema defensivo basado en posiciones como Veracruz, La Habana, Panamá, San Juan de Uliua, Portobelo, Maracaibo, etc., que lograron aventar el peligro y disuadir al enconado enemigo, y sólo en estas luchas los hispanos perdieron zonas en las que no se tenía un mayor interés, como algunas islas antillanas, la Tortuga y otras.

Realmente, el acoso filibustero -llevado al frente de hombres de la talla de Drake, Morgan, Frobisher, Raleigh, el Olonés, Piet Heyn y otros- caía completo sobre territorios en donde se efectuaba un continuo trajinar comercial, con el traspaso y embarque de las cuantiosas riquezas indianas, lo que provocó la lógica preocupación española por la seguridad de sus vitales líneas de comunicaciones terrestres y marítimas. Así, Centroamérica, el Caribe las Antillas y las costas de Nueva España y el Perú fueron teatro de acciones en un continuo sentido, lo que llevó al descuido y casi al olvido a otros territorios que quedaban por fuera de estas zonas.

De manera que el Río de la Plata, prácticamente poco conoció de las depredaciones piratas y sólo hechos aislados y de paso se vivieron, en los que John Drake (sobrino de Sir Francis), Fenton, Cavendish, Le Maire, Moreau y algún otro corsario, llevaron la alarma sobre estas poblaciones. Empero, todo esto nunca pasó de este sentido, dado que las incursiones extranjeras sólo venían a repostar en las costas platenses, bien provistas de ganado, vegetales y piedras para lastre, y de aquí se dirigían hacia el austro con rumbo al estrecho de Magallanes y el Pacífico, con sus famosas riquezas y su trajinar comercial.

Las autoridades rioplatenses, pese a sus menguados elementos, siempre lograron disuadir a estos peligrosos enemigos y expulsarlos de la zona, gracias también a que estos nada deseaban de estas poblaciones, cuyas únicas riquezas eran cueros, lanas y carne. Y por muchos años esto fue cosa común.

Claramente, en toda la bibliografía de aquellas horas se advierte que sólo dos gravísimos hechos van a provocar el súbito interés de España en el Plata con la subsiguiente tarea del potenciamiento militar de sus asentamientos, y ellos van a ser la continua ingerencia portuguesa o la organización de varias expediciones británicas hacia el Mar del Sur, como la de Lord Anson, de sensible éxito, pues logró cruzar impunemente las aguas atlánticas y el estrecho, penetrando en el Pacífico, que era casi considerado un coto exclusivo para la navegación hispana. Las Indias Occidentales se hallaban inermes por el sur, lo que causó grave temor a la Corona en la meta de la defensa plena de tierras que eran preciosas para España.

Así, a principios del siglo XVIII aparecen sobre el mapa varios puntos amenazados por fuera de aquellas tierras donde durante décadas se habían centrado las defensas del Imperio, siendo imprescindible ahora realizar un conjunto de medidas similares en éstos, considerándose al Río de la Plata zona de marcado interés estratégico como llave del Atlántico sur y custodia de las derrotas hacia el estrecho de Magallanes, la Patagonia y el pasaje hacia el Mar del Sur, parajes que por cierto era imposible fortificar in situ, por la inclemencia de sus tierras y clima.

Corresponde a Felipe V, primer soberano de la Casa de Borbón, propiciar en el año 1724 la fundación de San Felipe y Santiago de Montevideo, sobre la amplia bahía de su nombre, como una consecuencia lógica de las penetraciones portuguesas y las amenazas de las potencias marítimas rivales. Hasta esos años el potencial militar español se hallaba en el área del Río de la Plata, constreñido al pequeño reducto de Buenos Aires y a la existencia en el Territorio de las Misiones de un considerable conjunto de milicias indígenas, verdadero ejército que rindió magníficos frutos a España en su confrontación con Portugal, hasta la firma del llamado Tratado de

Permuta, que entregó ese territorio a los lusitanos. De aquí en adelante y con el paso de los acontecimientos, Montevideo pudo observar que desde sus aguas se efectuaba no sólo el control de los espacios rioplatenses, sino -como pieza central para cuanta operación fuera realizada en el Atlántico, ya fuera el relevamiento de las costas patagónicas o los infructuosos intentos de su poblamiento- la cerrada vigilancia y control del archipiélago malvinense y aun la exótica toma de posesión de las islas de Fernando Poo y Annobón en el lejano golfo de Guinea.

En el año 1776 los españoles prepararon la mayor campaña naval de cuantas se han efectuado a lo largo de los tiempos sobre el Atlántico sur para operar contra el Brasil lusitano, hecho sólo equiparado en sus guarismos a la guerra de 1982 por las Malvinas. Los mejores hombres de la Real Armada y sus naves más potentes, al comando del Almirante Marqués de Casa Tilly, participaron en la toma de la isla de Santa Catalina y la colonia del Sacramento; 97 transportes artillados, escoltados por cerca de 19 buques de guerra de todas las clases, con 632 cañones y unos 9 mil hombres de tropa, con todo tipo de bastimentos, fueron empleados utilizando como base principal la bahía montevideana, que desde esas mismas fechas y por Real Orden de 9 de agosto de este año señalado se convirtió en el principal punto militar hispano sobre las costas meridionales atlánticas, con el título de Apostadero de Marina.

Don Pedro de Cevallos, primer Virrey del Río de la Plata, encabezó dicha operación, que en esencia política significó otorgar a Buenos Aires -virtual puerto seco por razones geográficas- la capitalidad de la región platense desde el Alto Perú y el Paraguay hasta no más allá del río Deseado, y por consiguiente a la plaza fortificada de Montevideo la jefatura suprema del Atlántico sur, lo que significó realmente que ante la preeminencia política de la primera se alzaba la autonomía funcional de la segunda, enmarcada en el Apostadero de acuerdo a las Ordenanzas Reales que consideraban a estas plazas, tal cual Acapulco, Cavite, Portobelo o La Habana, con una precisa independencia administrativa de Gobernadores o Virreyes basada en las competencias propias de la Real Armada, cuestión semejante a la propia península ibérica con las bases de Cartagena, Cádiz o El Ferrol.

Las competencias del Apostadero de Montevideo se afirmaban, en
lo jurídico, en los fueros de guerra y en las Reales Ordenanzas, que para el espacio marítimo de su jurisdicción y el territorio de la Gobernación militar montevideana daban al Comandante General el título de Justicia Mayor del Mar, con varias prerrogativas en casi todos los terrenos, fueran estos jurídicos, religiosos e incluso administrativos. En este último sentido la bibliografía rioplatense señala que casi todas las controversias habidas entre el Virrey y el Comandante en la esfera de la Real Hacienda, elevadas al alto juicio del Rey, fueron zanjadas a favor de la Real Armada, siendo el más claro de todos ellos el caso habido entre el Consulado de Comercio de Buenos Aires y sus colegas de Montevideo, por causa del celo bonaerense ante la mejor operatividad del único puerto oceánico platense.

De modo que España comprendió que la llave geopolítica del Plata era Montevideo y su dominio de vital necesidad para la seguridad de la navegación entre la metrópoli y los estrechos, y así con la institución del Apostadero y su cuasi independencia administrativa de la capital se fue creando, sin quererlo, entre los habitantes de la Banda Oriental, esa mentalidad autonómica que con el paso del tiempo conduciría a su total emancipación de la égida bonaerense, primero como Provincia bajo la dirección de José Artigas, y después, por el peso de los acontecimientos, como nación soberana. Claro que estos hechos no fueron óbice para que cuando el extranjero osó incursionar las aguas platenses, Montevideo se lanzara a la lucha en la defensa de la capital virreinal y de la integridad imperial. El ejemplo lo trae la fallida invasión inglesa de 1806-1807, única derrota de la Real Armada Británica en todo el siglo XIX.

En el aspecto estratégico general de las Indias Occidentales, la relación del Río de la Plata con el océano Pacífico se dio desde los inicios de la conquista. Por las pardas aguas platenses pasaron y repostaron Magallanes, Loayza, Alcazaba, Pancaldo y además casi todos los corsarios que intentaron el paso a la Mar del Sur.

Entonces, bajo el imperio de la razón geográfica y sus consideraciones, la responsabilidad sobre la defensa del estrecho de Magallanes y el paso de Drake caía en forma pendular sobre los Apostaderos de Montevideo, el Callao y la Capitanía General de Chile.

Empero, si bien el Montevideo oceánico terminaba en el cabo de Hornos y sólo en esporádicas oportunidades los buques de comando montevideano realizaron alguna operación más allá de estas regiones, ya que siempre se creyó que la dotación basada en las Malvinas bastaba para disuadir a los posibles incursionistas. Para ello el sistema de registro obligatorio rigió en oportunidades para los navíos hispanos en el Atlántico, cualquiera fuera su destino y procedencia y aun para los esforzados correos marítimos.

Referente a éstos, desde el año 1569, con la creación del sistema de correos a Nueva España, se logró una muy lenta comunicación entre la metrópoli y diversas regiones como Perú, Chile, Molucas y Filipinas. Según señala Francisco Garay Unibaso en su obra sobre los correos marítimos españoles: "desde Nueva España a Chile se navegaba cerca de la costa y dando bordadas de tal forma que un viaje solía durar un año e, incluso, a veces más, pero al ser apacible y seguro se prefería en muchas ocasiones a los viajes terrestres, que tenían el peligro de los indios en guerra. El viaje por mar de Chile a Nueva España era, sin embargo, rápido, y los navíos solían tardar unos dos meses en hacer el trayecto". En el año 1767 fue creada la carrera postal a Buenos Aires, utilizando en casi todas las oportunidades a Montevideo para repostar, siendo entonces que para una mejor comunicación fueron instituidas cuatro carreras, a saber: A Potosí, a Chile con un punto final en el Presidio de Valdivia, a Tucumán y Mendoza y finalmente al Paraguay, todas utilizando el sistema de postas con gran resultado. Así eran disipadas en parte las enormes dificultades físicas que presentaba la navegación hacia el Pacifico chileno.

Concluyendo, es evidente que la íntima relación del puerto de
Montevideo con todas aquellas travesías llevadas a cabo hacia los pasos a la Mar del Sur fue una constante en la época hispánica. En este menester siempre es de honor señalar el sacrificio que significó a los españoles mantener expeditos los estrechos y la lucha constante que se llevó adelante en el intento de poblamiento de la Patagonia, hecho en el que Montevideo tuvo su cuota aparte.

Hubo momentos en que la Corona creyó que este problema se le escapaba de las manos ante lo inhóspito de las zonas australes, siendo la Real Cédula de fecha 21 de mayo de 1684 bastante esclarecedora al respecto, ya que prohibió levantar población de indígenas a no menos de 30 leguas de la costa; "por ser conveniente esté despoblada dicha costa, para que nunca hallen abrigo extranjeros enemigos, ya que no es posible fortificarlas con armas reales".

Ante esta definición causada por el incremento de la piratería en la zona se hace notar la firme voluntad de la Real Armada con las fundaciones de Carmen de Patagones, San José y Puerto Soledad de Malvinas, exclusivo sacrificio para las gentes montevideanas, que además desde 1790 tenían la invalorable colaboración de la Compañía Marítima y de Pesca, fundada en Maldonado, que desarrolló durante una década una gran gestión en las aguas australes. No hay dudas de que todas estas historias están aún por ser contadas.

Entonces, ante este espectáculo que nos dan las crónicas de aquellos tiempos, observamos que pese a todo obstáculo que la naturaleza puso en el camino entre Montevideo y el Pacífico, el dispositivo defensivo hispano estuvo firmemente asentado y sólo tuvo su ocaso en las horas de la emancipación americana, en donde la caída del Apostadero de Montevideo tuvo una señalada importancia.
Cuando en el mes de mayo de 1814 la escuadra bonaerense, al
comando del Almirante Guillermo Brown, batió en las aguas del Buceo a los restos de la flotilla montevideana, provocando la capitulación de la última plaza española en el Río de la Plata, se disipó de una manera definitiva, ante el desfallecimiento final de la Madre Patria, el único obstáculo para la empresa de las fuerzas independentistas.

Así, poco después se dio inicio a la campaña de Los Andes, con la cual los pueblos hermanos del Pacífico obtendrían su definitiva liberación con la cláusula de esa gloriosa época indiana, en la que todos estábamos unidos bajo los mismos colores.

BIBLIOGRAFIA
- Crawford, Leslie: Uruguay atlanticense, Montevideo, 1974.
- Martínez Montero, H.: El Apostadero de Montevideo, Madrid, 1968.
- Garay Unabaso, Francisco: Correos marítimos españoles, Bilbao, 1980.
- Martinic, Mateo: Historia del estrecho de Magallanes, Santiago de Chile, 1977.
- Zorrilla de San Martín, J.C.: Historia de América, Santiago de Chile, 1950.

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