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Año V Nro. 299 - Uruguay,  15 de agosto del 2008   
 

Visión Marítima

historia paralela

 

La cumbre tripartita y el brazilian style
por Martín Santiváñez Vivanco

 
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         El Palacio San Martín, sede protocolaria de la Cancillería argentina, ha sido el marco perfecto para que reluzca la añeja costumbre latinoamericana de apelar al oropel foráneo cuando el frente interno amenaza con desmoronarse. Los Kirchner encarnan esta distorsión secular, comodín a menudo empleado cuando la falta de ideas y políticas proactivas impiden a un gobierno recuperar la iniciativa. Al margen de esta maniobra circunstancial del gobierno argentino ¿reunir a los amigos¿, la cumbre tripartita de Buenos Aires ha vuelto a desnudar la vocación imperial de dos modelos completamente distintos, incluso antagónicos: el bolivariano y el amazónico.

         Suramérica carece de una política internacional viable. No tiene objetivos regionales concretos, utopías indicativas o anhelos precisos. Se empantana en la táctica y naufraga en la estrategia. La región concentra sus recursos en redistribuir la riqueza, combatir la corrupción, crear la infraestructura justa y capear, ante todo, el temporal. No hay margen, dinero y voluntad para más.

         Es el caso, por supuesto, de la Argentina kirchnerista. Desde la tragedia del corralito, el país ha perdido el norte y apenas logra domar las fuerzas centrífugas de su batahola nacional. Los Kirchner, en su afán de perpetuarse, perciben que obteniendo el respaldo simbólico de líderes mejor valorados, distraerán a la opinión pública. Pero nada más. La reacción de los super K no pasa de ser un psicosocial coyuntural, una técnica de supervivencia o, a lo sumo, un plan urdido al calor del conflicto que sólo sirve para ganar tiempo y lanzar una nueva ofensiva contra el campo, verbal o real.

         La ambición venezolana es distinta. La calculada presencia de Hugo Chávez en Buenos Aires responde a una estrategia permanente del imperialismo bolivariano. Se trata, en suma, de crear y consolidar lo que el chavismo denomina, en su atávica megalomanía, "el eje central del Sur". Ello implica, por supuesto, inmiscuirse en territorio comanche, adquirir bonos, dispensar petróleo y, por supuesto, tomarse una foto cada mes con el hombre que tiene en sus manos la llave del poder real: Lula. La revolución chavista ostenta una sed de /protestas /que sólo podrá saciarse si el Brasil permite que el/ soft power/ bolivariano y la chequera de los petrodólares continúen forjando alianzas impunemente.

         El expansionismo imperial de la revolución terminará estrellándose, tarde o temprano, con el velo amazónico. El único imperio que Brasil está dispuesto a consolidar es el propio. Los brasileños, todos los brasileños, pertenezcan al 'Partido dos Trabalhadores' o a los núcleos monárquicos de Petrópolis y Vassouras, apuestan por una democracia étnica sui géneris que luche contra las taras violentas de la pobreza y la corrupción. El romano quiere ser romano. Brasil es, como decía Gilberto Freyre, una "civilización tropical", un pueblo continente. Su vocación imperial no ha cesado ni con la República Velha ni con el Estado Novo de Vargas. Prosiguió, rejuvenecida, durante el pragmatismo de Kubitschek y se ha prolongado, incólume, en la tercera vía latinoamericana que Lula procura encarnar.

         No es la "comunidad inédita" que defiende Cristina Kirchner o el eje bolivariano de Chávez y sus satélites lo que preocupa a los estrategas brasileños. Tienen un proyecto permanente, alejado del radicalismo estéril y contumaz de sus aliados temporales. Condenado a ser grande, como afirmara el Barón de Río Branco, Brasil se enfrenta al gran desafío de un destino inconcluso. Y lo hace respetando las reglas de juego, apelando a la competitividad global, generando y redistribuyendo riqueza.

         Si la pampa no va a Lula, Lula va a la pampa. El ex sindicalista ha visitado Argentina con 300 'bandeirantes' del capital para defender una izquierda responsable, digna, posmoderna. Abierta a los desafíos y al comercio global. No se trata, como esgrimen los demagogos que sufraga el oro negro, de enfrentar la libertad del Ariel latino con el materialismo absurdo de un Calibán anglosajón. Es, por el contrario, una cuestión de complementariedad. O globalización o autarquía. O enriqueces a tu pueblo o lo entregas a la serpiente del autoritarismo. Sólo desde este 'élan' modernizador puede analizarse la travesía bonaerense del Presidente brasileño. La integración política, en este sentido, poco o nada tiene que ver. Ante un Mercosur catatónico, Lula viajó a Argentina a negociar, a hacer empresa, a invertir. Unilateralmente. Y partirá a Pekín a continuar con el 'business'.

         Tenemos mucho que aprender del 'brazilian style'. Mientras Chávez y los Kirchner se empantanan en el altiplano y pronto habrán de enfrentarse a una realidad que refuta su demagogia, Lula conduce a su país a las ligas mayores. Reivindicación y globalización no son conceptos extraños. La síntesis es posible. Y a veces, para triunfar en el vecindario, tienes que conquistar el mundo. Brasil, 'o país do futuro', por fin lo ha comprendido.

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Fuente: El Tiempo/Colombia
 
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