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Año III - Nº 212
Uruguay, 15 de diciembre del 2006
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historia paralela

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humor político

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Refugio y Amistad
por León Mileris
 
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El sonido del timbre me despertó. Prendí la luz de mi mesita de luz y miré la hora. Dos de la mañana. Verdaderamente no era una hora habitual de que alguien llamara a la puerta. Posiblemente algún borracho o alguna travesura de algún muchacho que vagabundeaba a esas horas. Mientras tanto oí los pasos de mi padre que se dirigían a la puerta. Una voz conocida me hizo abandonar la cama y dirigirme a donde mi padre hablaba con esa conocida voz.

- Juan que haces aquí- le pregunté a mi compañero de Universidad. Los dos estudiábamos medicina y Juan era uno de mis mejores amigos.

- Necesito tu ayuda, Carlos- me dijo, y sentí el temblor de su voz. - La policía me sigue los pasos y me avisaron mis compañeros que no fuera a mi casa.

- He estado dando vuelta por distintas calles sin saber que hacer y no encontré otra salida que dirigirme a casa de un amigo. – Ayúdenme, por favor- dijo Juan con voz desesperada. – Si la policía me encuentra, tengo prisión por varios años y según lo que comentan los compañeros, no es raro que desaparezca para siempre.

Por aquellos días, un movimiento revolucionario florecía en todas las Universidades y en las centrales obreras. Un gobierno dictatorial y despótico, se había apoderado de todas las Instituciones democráticas y aun no habían respetado el propio Parlamento, al que habían cerrado y detenido a algunos de los senadores y diputados. El Uruguay se había transformado en un país en donde el miedo reinaba. Vehículos eran inspeccionados, calles en que se veían mas soldados que gente. Prensa amordazada y en el cual los comunicados del ejército ocupaban las primeras planas de los diarios.

En poco tiempo, la que fue llamada la Suiza de América por su tranquilidad y democracia, se había transformado en un país dirigido con mano de hierro por un grupo de militares, que no conocían otro medio de razonar, que la fuerza y el miedo.

No poca culpa de la situación la tenían diarios y revistas que predicaban diariamente su oposición al gobierno del País, creando ellos también un movimiento y un lavado de cerebros a la juventud siempre pronta para tomar banderas revolucionarias. Huelgas y ocupaciones de liceos y universidades por los estudiantes, muchas veces dirigidos entre las tinieblas por políticos que tejían la trama de un levantamiento popular, habían creado lo que mas tarde despertó a las mentes más agresivas y radicales de las Fuerzas Armadas. Las aventuras del Ché y su muerte, daban el tono y al mismo tiempo, un sentimiento épico y beligerante que iban transformando las mentes, a toda esa juventud que tomaba su camino y esperanzados en ideas foráneas y que hablaban de amor, bienestar. Todo era solucionado en aquellas continuas prédicas.

El resultado no se hizo esperar. Y allí estaba mi amigo Juan, como muestra de lo que trajeron aquellas calenturientas prédicas, cuyas ideas muchos jóvenes tomaron.

Buscaban un mundo mejor y trajeron el despotismo de un ejército que no vacilaba en usar los medios más bestiales para derrotarlos.

América se había convertido toda o casi toda, en dos campos opuestos en que no se respetaban leyes y sentimientos de fraternidad. Cada uno despreciaba a su contrario y no dejaba de usar métodos que hasta hace poco tiempo parecían inmutables.

Ya la historia se ocuparía de desenredar aquella madeja de enconos, crímenes y despotismo. Tampoco iba a dejar de analizar la culpa de aquellos que inculcaron en la mente de muchos jóvenes, ideales que no eran los más apropiados para una convivencia pacífica entre todos los ciudadanos.

Mi amigo Juan, recibió el albergue en mi casa, aun conociendo que también nosotros podíamos caer en manos de aquel cruel ejército que no hubiese respetado el que hubiéramos dado cobijo a un enemigo. Sabía que mi padre no era muy amigo de las ideas de aquellos jóvenes que buscaban modelos políticos, que no coincidían con sus ideas democráticas.

Pero triunfó la amistad y el compañerismo.

Dadle un vaso de agua al sediento y una ayuda al necesitado.

Aquellas palabras tantas veces usadas y tan poco practicadas, encontraban hoy, el verdadero sentido de cada una de ellas.

Con lágrimas en los ojos y gran emoción, nos abrazamos Juan y yo.

Observé que en los ojos de mi padre, una lágrima se deslizaba, recordando quizás algún pasaje de su vida en la lejana Europa, en donde muchas veces, judíos tenían que buscar refugio en casas de los no judíos y no siempre las puertas se abrían.

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