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Acerca de sexos opuestos,
estupidez y lenguaje… por Fernando Pintos |
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En una deliciosa fantasía, tan terrible como —por desgracia— desoladoramente real, Louis Devereaux («Una asamblea feminista sobre derechos gramaticales», publicado en La Opinión el pasado viernes 2 de marzo) relata lo acontecido en una asamblea de mujeres feministas, las cuales pretendían, «…aprobar un programa de igualdad de derechos gramaticales de hombres y mujeres. Ese programa era tan sólo una etapa de un vasto y ambicioso proceso de abolición del machismo, aunque para abolirlo fuera necesario eliminar a todos los hombres, e instaurar un exclusivo reino femenino en la Tierra». Renglón seguido, desfilan por el irónico relato siete personajes (¡perdón!, «personajas»), proponiendo, cada uno de ellos (¡lo siento!, «ellas») una estupidez mayor que la anterior y todos (¡santas excusas!, dígase «todas») en perfecta sintonía con esa mayúscula imbecilidad a la cual se suele localizar, en el lenguaje críptico posmoderno, bajo ese nombrecito absurdo e irritante: «corrección política».
¡Qué cosa tan extraña! La tal «corrección política» suele presentarse siempre vinculada no sólo con superlativas estupideces que parecerían condenadas de antemano a brillar con luz propia en alguna enjundiosa historia del disparatario universal, sino, antes que nada y por sobre todo: revestidas con la defensa a ultranza de todo aquello que siempre ha estado al margen de la auténtica corrección social, ética y moral. Por ejemplo: se tiene obligación tratar a la comunidad gay con mano de seda, porque ese nimio asuntillo de ser un maricón de la legua no constituye ya vergüenza alguna sino, antes bien, significa enaltecimiento, privilegio y más que nada: una inocente e inofensiva «preferencia sexual» (como dijera Jorge Palmieri: «¡ay, cuidado flor, que te machuco!). Por ejemplo: resulta obligatorio flexionar dócilmente rodillas y espinazo frente a las sandeces y cretinadas delirantes esgrimidas por esos grupúsculos de feministas con vocación castradora (en la revista Domingo de Prensa Libre que se publicó el pasado 4 de marzo, figura una entrevista en páginas 8 a 10, bajo este sugestivo título: «Soy más comunista que ecológica»… ¡Joyita!). Por ejemplo: habrá que referirse a las prostitutas no ya con ninguna de las francas y descriptivas palabras que el diccionario de la lengua les ha reservado con diligencia —después de todo, ¿para qué diablos servirá cualquier diccionario?—, sino con ese ridículo eufemismo que circula últimamente con insistencia: «trabajadoras del sexo». Por ejemplo: se torna obligación expresarse con sumo cuidado para que nadie vaya a pensar que quien habla es, ni por asomo, racista… Por lo cual, dado que los seis mil millones de habitantes del planeta pertenecen a muy diferentes razas y etnias, sería mejor poner a todos esparadrapo en el hocico… Por ejemplo: no se deberá mencionar, ni por asomo, que la ONU es un antro de corrupción superpoblado por parásitos burocráticos que son tan inútiles como voraces… Etcétera, etcétera, etcétera…
Por supuesto, que la «corrección política» —al igual que esa otra farsa institucionalizada de los «derechos humanos»— nunca jamás funciona en su verdadero y estricto sentido, que no sería otro que salir en defensa de la gente normal, decente y bien portada, ¡ni mucho menos! El objetivo es, y los hechos aportan absoluta evidencia al respecto: corromper y debilitar a la sociedad cada día un poco más, ejerciendo sin pausa sobre ella una insidiosa tarea de zapa. Pero también lo es imponerle a la gente normal, a las personas decentes, a todos quienes piensan y viven sanamente, tanto por fuerza como por paulatino amedrentamiento, todo aquello de lo cual siempre abominó la civilización. Y me refiero a civilización en un sentido lato del término, lo cual significa un extenso lapso que comienza con los primeros documentos escritos y las primeras ciudades, hasta llegar a nuestro presente posmoderno altamente tecnologizado… Para ser hoy en día «políticamente incorrecto», en consecuencia, bastará con ser una persona normal en todos esos sentidos en que la normalidad ha sido entendida por nuestra especie durante los últimos cincuenta o sesenta siglos. Y para agregar un nuevo ejemplo devastador a los anteriores, dejemos lo que sigue bien en claro: uno de los libros más «políticamente incorrectos» que pudieran señalarse habrá de ser, sin lugar a dudas y siempre de acuerdo con todos los ambiguos personajes que promueven lo «políticamente correcto» y medran gracias a ello, uno que es muy especial (cuando menos para mí): la Santa Biblia.
Ni qué decir que la praxis sostenida de lo «políticamente correcto», abominable invención del establishment liberal de los Estados Unidos y otros países desarrollados —«liberal» en el corrompido sentido anglosajón del término, es decir, un torpe eufemismo por «comunistoide»— esconde, las más de las veces, esa perseverante labor destructiva de nuestros conocidos de tantos años, los comunistas de diferentes pelos, colores y calibres. Tómese en cuenta, por ejemplo, a los ecohistéricos: esa partida de energúmenos que vive practicando y perpetrando la agitación política para evitar el establecimiento en Guatemala de cualquier proyecto —sea político, energético, de infraestructura— que pudiese contribuir con la economía y desarrollo del país. ¿Qué es eso, sino una perversa forma de agitación política al más puro estilo marxista leninista? Por cierto, ninguno de los tales (ecohistéricos) dejará de andar, para aquí y para allá, montado orondamente en alguno de esos potentes carros que contribuyen tan poderosamente, con sus emisiones de gases, a contaminar la atmósfera del planeta. Ninguno de ellos renunciaría tampoco, ni por asomo, a las muy variadas comodidades que ofrece el uso de energía eléctrica. Y todos, sin excepciones, se niegan a rechazar el uso irrestricto de esos miles de productos que son fabricados completa o parcialmente con productos de extracción minera. ¡Por supuesto que no y mil veces no! En realidad, los únicos verdaderos ambientalistas que en este planeta predican con el ejemplo son los integrantes de la secta denominada Amish… Ellos sí preservan el ambiente de todas las perversas agresiones provocadas por las modernas tecnologías… Pero, ¿se atreverían nuestros farisaicos ecohistéricos a vivir al más puro estilo Amish? ¡Ni por broma! En la práctica, se podrá ser un sinvergüenza de tiempo completo; se podrá ser un mentiroso y falsario de campanillas; se podrá ser un virulento comunista encubierto; se podrá ser un resentido y vividor de tiempo completo… Pero eso no significa que se deba mascar vidrio igual que si éste fuera chicle (debe ser por lo mismo que, durante la Guerra Fría y los años de «represión», nuestros marxistas latinoamericanos, cada vez que escapaban como ratas asustadas de sus respectivos países, jamás decidían irse a vivir a los paraísos que tanto ansiaban instalar en nuestro subcontinente… No se iban a Cuba. No se iban a China roja. No iban tampoco a la URSS o a Corea del Norte. Eso sí, pululaban, con la cantaleta del «perseguido político», en países como Estados Unidos, Canadá, México, Francia, Italia, España, Holanda… ¡Todos ellos, paraísos y emporios del tan detestado y denostado capitalismo!).
Ese abominable pandemonium en que se ha convertido nuestra época devino el perfecto caldo de cultivo para toda una abigarrada y variopinta legión de alimañas depredadoras y oportunistas. Y las feministas a ultranza, ésas mismas que quieren cambiar los diccionarios y sueñan con castrar a todo mamífero masculino que circule por este planeta, son apenas una parte, ridícula y patética, dentro de toda esa detestable fauna. Volviendo con el artículo de Devereaux, en cuanto tiene que ver con igualdad de derechos gramaticales, ya que como de costumbre se trata de subvertir y destruir todo lo existente, todo lo establecido, todo lo que funciona —en este caso específico, el idioma—, si ello se hace debería hacerse en doble vía. Porque da la casualidad que el léxico obliga a los hombres a feminizarse, gramaticalmente hablando, en multiplicidad de situaciones y momentos. Veamos el caso siguiente: todos los seres humanos somos «personas». ¿Y eso en razón de qué? Si vamos a ser machistas, los hombres deberemos ser «personos». Se dice que los varones que cortan el cabello son «estilistas»… ¡Pues de ninguna manera! Lo correcto sería llamarles, a partir de ahora: «estilistos». En mi caso, deberé rechazar indignado la imputación de ser «periodista» y reclamaré que me llamen «periodisto». También rechazaré con energía la sindicación de ser «columnista» (de La Opinión, por ejemplo), y exigiré que se me llame «columnisto», como Dios y el machismo mandan. Por cierto, muchas veces a los «columnistos» nos llaman también «articulistas»… He aquí que, a partir de ahora, deberemos ser, aquellos del sexo masculino: «articulistos». Y prosiguiendo conmigo, como en una ocasión publiqué una patética novelita, siempre habrá algún entusiasta que pretenda denominarme «novelista», a lo cual deberé enmendar de inmediato, aclarando que si lo fuese, en todo caso sería «novelisto». Pero he ahí que, además, como hace algo más de una década escribí un escuálido librito de versos, todavía encuentro personas y personos que se empeñan en decir que soy un «poeta», término que mal me suena y que, en consecuencia, deberé cambiar, ¡inmediatamente de que me sea dicho!, al más satisfactoriamente machista de «poeto» (sonará mal, pero, ¿qué importa?)…Y aunque todo lo anterior pudiese parecer la cúspide del cretinismo, habrá mucho más todavía por enmendar…
Al mismo tiempo que se corrigen todas las anteriores imprecisiones e injusticias de un lenguaje a todas luces feminista, deberemos plantear una enérgica y formal protesta ante la Real Academia de la Lengua y también ante la mismísma Corte de Constitucionalidad, porque conceptos tan trascedentes como los que siguen hayan sido formulados, escritos y registrados en el DRAE con un sentido marcadamente femenino. Unos pocos entre todos ellos (incluirlos a todos requeriría el mismo espacio de una guía telefónica) serían: «patria», «nación», «equidad», «nacionalidad», «religión», «verdad», «justicia», «república», «caridad», «visión», «grandeza», «normalidad», «calidad», «nobleza», «inteligencia», «personalidad», «formalidad», «estabilidad», «democracia», «honorabilidad», «abogacía», «psicología», «sociología», «propaganda», «esperanza», «belleza», «medicina», «música», «armonía», «belleza», «bondad», «simpatía», «gratitud», «amabilidad», «comunicación», «fama», «salud», «ganadería», «ingeniería», «arquitectura», «televisión», «viticultura», «horticultura», «navegación», «exportación», «hermosura», «inmigración», «voluntad», «palabra», «publicidad», «virtud», «divinidad», «puntualidad», «vastedad»… Y tantísimas otras, por completo ajenas al estricto espíritu gramatical de la masculinidad… Por otra parte: también rechazaré que «feminismo» sea «el», en tanto que mi tan preciada «masculinidad» siga siendo «ella».
Como apreciarán ustedes con claridad tras leer el último y extenso párrafo, determinados reclamos y atributos no son exclusivos de las rabiosas feministas a ultranza. También yo, cuando se me truena la real gana, puedo reclamar el divino derecho posmoderno de ser un estúpido completo.
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