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Año III - Nº 148 - Uruguay, 16 de setiembre del 2005

 
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¡QUE LLUEVA, QUE LLUEVA!
por aquí sí&. por aquí no&
por Graciela Vera
Periodista Independiente


No llueve&& o llueve de más.

Diríase que nunca estamos conformes con lo que la naturaleza nos da, pero ¿no podría centrarse ecuánimemente sin empeñarse en dar demasiado a unos y muy poco a otros?

Podría aducirse que los inquilinos del planeta Tierra no hemos sido muy cuidadosos con los bienes a nuestro cargo pero también podemos decir que nuestro casero se está cobrando duramente ese descuido.

Movimientos sísmicos de grandes proporciones, fenómenos metereológicos de resultados impactantes; ¿somos conscientes de ese rugido de rebeldía o alerta de la naturaleza?

Nosotros, los inquilinos pensantes, tenemos el libre albedrío de velar por, o destruir nuestro hábitat, con lo que nos hacemos responsables de las facturas.

Y esa libertad es la que nos obliga y no nos deja ceder la responsabilidad.

Somos solidarios de nuestra casa, tanto como para decir YO lo hice; pongámosle a ese yo el nombre de Dios, de casualidad, de accidente o de responsabilidad.

Montevideo arrasado por fuertes vientos, poco se habló en el resto del mundo de sus ocho muertos; en puntos muy distantes del globo el Katrina y el Tsunami ensamblaban destrucción y elevaban los desterrados a cifras inverosímiles y hacían casi imposible de cuantificar la de los muertos. Jeanne, Frances, Charles, Ivan, Ophelia& ¿tan perversos somos los seres humanos que la naturaleza en pleno proceso destructivo ha de tener su patronímico?

Eso sí, no podemos obviar que la naturaleza es sumamente democrática. No hace distinciones entre primero o tercer mundo; destruye en Japón y en Haití, en Marruecos y en Honduras, en el poderoso Estados Unidos y en Singapur.

Durante riadas no se distingue la desesperación de franceses o chilenos; alemanes o turcos. Cuando la tierra tiembla lo hace en Marruecos y lo hace en Sumatra; se sacude en Europa y se sacude en África; destruye en América y destruye en Oceanía y no hay un Dios único que de consuelo igualitario a todos.

Mientras media humanidad pregunta por el Arca de Noé, la otra mitad se enfrenta a la escasez del más vital de los elementos: el agua.

Es posible subsistir días sin alimento pero sin agua, plantas y animales (en cuyo reino nos ubicamos) perecen inevitablemente.

¿Qué está sucediendo? Por un lado se denuncia el deterioro a que se ve sometida nuestra casa y por otro se buscan desesperadamente excusas para no cambiar hábitos.

Agujero en la capa de ozono, calentamiento global, explosiones nucleares, ¿cómo es que nuestro mundo sigue soportándonos?

Cinco meses sin lluvia en la ya árida región del Chaco paraguayo ha provocado la muerte de cinco personas y miles de animales. México no es ajeno al problema y mientras los juarenses sienten como se agota sin reposición el agua del acuífero del Bolsón del Hueco a la que ingenieros y científicos otorgan la gracia de escasos dos a quince años en Nicaragua miles de personas se quedan sin alimentos por falta de lluvias sobre sus cosechas.

Aridez nada diferente a lo que desde hace años viven regiones como Zaire o Etiopía, uno de los lugares más pobres del planeta donde cuatrocientos mil seres humanos sufren directamente la consecuencia de la falta, ya endémica, de lluvia.

Las dos caras de la misma moneda; una parte del planeta se ahoga y la otra se muere de sed.

En algunos países se derrocha agua dulce arrojando miles de hectolitros hora al mar y en otros se construyen desalinizadoras para rescatar del mar un poco de agua que pueda usarse para riego y consumo humano.

La misma moneda a la que cada cara podría corresponder el nombre de muchos países. Yo voy a centrarme en dos: Uruguay y España.

En el primero está el Canal Andreoni en el departamento de Rocha, entre Santa Teresa y La Coronilla, por donde escurren las aguas de la Laguna Negra a razón de cientos de hectolitros por minuto.

Podría aducirse que muy poco comparado con el desagüe del Amazonas, el Orinoco o el Plata, pero mucho si se considera que es un desagüe artificial que desde 1978 ha 'derrochado', provocando más problemas que beneficios a la zona, billones de litros de la que será en el futuro, la riqueza más codiciada por los gobiernos.

Ante una incuestionable falta de concienciación de un país sobre el cuidado de sus riquezas hídricas, el otro ve azorado como el líquido elemento para conservar los cultivos se debe desviar para atender durante algunos pocos meses más las necesidades humanas.

¿Cuántas veces hemos subrayado el término humano? Es cuasi imposible hablar de naturaleza sin mencionar al hombre. No podemos referirnos a la Tierra sin aludir a nosotros, sus moradores.

EL FANTASMA DE LA FALTA DE AGUA
SE CIERNE SOBRE ESPAÑA

Vivo en un lugar donde la falta de lluvia no sorprende.

Vivo en el único desierto europeo, un desierto abierto por las cicatrices de cauces ríos tan secos que sólo polvo corre por ellos cuando sopla el viento.

Vivo en una ciudad donde el agua corre y salta en las muchas fuentes de sus parques y el verde tapizado por matas de flores es una constante.

Una ciudad donde no llueve y por eso no está preparada para recibir una muy esporádica (pequeña) descarga de agua sin que sus calles queden anegadas.

Los alrededores no son más promisorios en cuanto a fertilidad; los pozos se han salinizado y su riqueza, basada insólitamente en la horticultura (plantaciones bajo plástico) crece sin tierra negra (fértil) basándose en el riego por goteo.

La necesidad ha llevado a aprovechar cada gota porque el agua, que resultaría muy cara para aquellos que están acostumbrados a abrir el grifo y dejarla correr, se transporta desde grandes distancias y se almacena en balsas cercanas a las plantaciones para un mejor uso y distribución.

Durante años el agua para la población se trasvasó de ríos caudalosos, tan españoles como los causes secos de esta zona.

Fue cuando se proyectaron mayores trasiegos que se desató una guerra de declaraciones políticas que tiraron por tierra conceptos de hermandad y solidaridad y las tres regiones más áridas de la península, Valencia, Murcia y Almería, se encontraron sedientas y solas.

El pantano (embalse) del Almanzora, el que almacena el agua que necesita Almería, hace mucho más de un lustro que se encuentra prácticamente vacío.

Actualmente las tres cuartas partes de España se enfrentan al mismo espectro que siempre requebró el sur del Levante.

Éste ha sido el año más seco de la última centuria.

 
Expertos en el estudio de los cambios climáticos vaticinan un nada halagüeño futuro: el clima en España será cada vez más cálido y más seco.
 
Las autoridades han sido terminantes: cuando empiece a faltar el agua, la prioridad será el abastecimiento de las poblaciones en detrimento de la agricultura.
 
Los embalses peninsulares se hallan al 40,7 por ciento de su capacidad y las últimas lluvias del centro y norte del país no han podido evitar que las reservas sigan disminuyendo.
 
Las reservas de Júcar y el Segura se hallan por debajo del 20 y 15 por ciento de sus capacidades.
 
Las regiones que viven más apremios por falta de agua son el área de Madrid, los canales de Teibilla en Almería y Murcia, el Canal de Isabel II, la Costa del Sol y Cataluña.
 
Si no llueve este otoño Madrid y Barcelona serán de las primeras ciudades en sufrir serias restricciones en el consumo de agua.
 
La energía hidroeléctrica generada es un 29,7 por ciento de la capacidad total.
 
Una serie de devastadores incendios, la mayoría de ellos provocados ha asolado España este verano con el consabido extra en el consumo de agua.
 
Cuatro de los seis pantanos (embalses) de Málaga son a estas alturas prácticamente poco más que fango.
 
Sevilla necesita para subsistir el agua hasta ahora destinada a regadíos.
 
Del Guadalquivir ya no se permite extraer agua para uso agríco

Y entre todo este caos quizás la más seca de las regiones sea la que sale mejor parada.

Almería está tan acostumbrada a no tener agua que el saber que ésta escasea es más llevadero por gente que vive en una tierra habituada a sentir sed.

La escasez de agua de la zona dio lugar a la construcción de desaladoras que hoy por hoy, y cuantificando su uso, cubren las necesidades locales.

Pero España no se enfrenta a nada que no fuera pronosticado. Faltaron previsiones, faltó concienciación, dos cosas que son necesariamente imprescindibles cuando falta la lluvia.

Desde Almería, el sur del norte, 16 septiembre 2005