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Año IV - Nº 260
Uruguay,  16 de noviembre del 2007
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2004 - 31 de Octubre- 2007

por Dr. Jorge T. Bartesaghi
 
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            El 31 de Octubre se cumplieron tres años del triunfo electoral del Frente Amplio que le permitió acceder al gobierno de la República. Triunfo indiscutido, legítimo, que abrió entonces una amplia y muy variada gama de expectativas entre los uruguayos.

            Para sus partidarios, y quienes coyunturalmente les acompañaron, (la mitad mas algunos ciudadanos), la natural alegría de imaginar concretadas las promesas de cambios largamente soñados, sobre los que el discurso electoral había tejido, bordado y pintado maravillas y tiempos de concreción que bien permitían suponer que esa noche se había llegado a la antesala del paraíso.

            Entonces, el “¡Festejen uruguayos, festejen!” gritado por un presidente electo naturalmente eufórico, se convirtió en una perfecta síntesis del estado anímico de los votantes frenteamplistas que saboreaban las mieles de un éxito esquivo por muchos años.
Los otros, quienes por muy variadas razones manteníamos nuestra adhesión a los partidos tradicionales, intentamos alejarnos de la frustración natural de la derrota abriendo paso al reconocimiento de errores del pasado, ponderando positivamente las presuntas ventajas que la rotación de partidos traería para la vida institucional de la República, en fin, aferrándonos a todo aquello que alejare el desaliento, que pusiere un matiz de esperanza en un futuro que no aparecía demasiado claro.

            Claro que no fue fácil. No podíamos olvidar que el triunfo estuvo cimentado en un doble discurso electoral, demagógico e irresponsable, que pasaba por alto diferencias ideológicas infranqueables y que moldeaba su contenido según las características del auditorio, convirtiéndose, en ciertos casos, en un lamentable abuso de inferioridad sicológica.

            Tampoco desconocíamos la total inexperiencia de gobierno de sus hombres y las dificultades que, las antagónicas e irreconciliables visiones de país de parte del conglomerado, traerían aparejadas a la hora de definir lineamientos concretos.

            Pero, celestes al fin, cerramos los ojos a muchas evidencias y, en un verdadero acto de fe y optimismo, confiamos que la favorable coyuntura económica internacional nos envolviere y transportare hacia un futuro mejor.

            Pero pasó el tiempo y al gobierno le fue muy mal. En algunos casos peor de lo que suponíamos porque a las dificultades endógenas que se evidenciaban desde el inicio, agregó, en ciertas áreas, una cuota de incompetencia notoria cuyo más claro exponente (y no el único) es el señor Canciller de la República. Un hombre que vive en un siglo equivocado, que le ha hecho perder al país oportunidades jamás dadas como el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, cuya mayor preocupación es asumir una permanente actitud de alcahuetería hacia el “papagayo tropical” (que no es lo mismo que la nación venezolana), y que además exhibe responsabilidad indiscutible en cuanto papelón internacional incurre nuestro país.

            No es el objeto de esta nota analizar los múltiples errores de un gobierno inexperto, falto de profesionalidad, sin visión homogénea del modelo a que se aspira, que además exhibe continuamente diferencias y desavenencias entre sus líderes que, mal manejadas, poco contribuyen al logro de una imagen de coherencia y unidad.

            Todo ello era previsible y debe considerarse una consecuencia natural de aquel doble discurso electoral y de las posiciones filosóficas antagónicas e irreconciliables de buena parte del conglomerado frenteamplista.

            En cambio no aparecía como previsible, para nosotros al menos, que los magros resultados del gobierno impactaran sobre la fuerza política Frente Amplio de tal forma que enfrentaran públicamente parte de sus sectores, en algún caso con tal nivel de virulencia que permite dudar sobre el mantenimiento mismo de la coalición.

            Y así llegamos al 31 de octubre conmemorativo del trienio del triunfo electoral. El acto programado en la Avda.18 de Julio, caracterizado por la habitual megalomanía, debía contar con la participación de todos aquellos no impedidos constitucionalmente, como lo ameritaba la trascendencia de la celebración.

            No fue así. A la escasa concurrencia se le sumó una manifiesta apatía demostrativa de la distancia existente entre las jerarquías y las bases frenteamplistas. Parecían adivinar y avergonzarse por anticipado del tremendo “papelón” en que incurriría el gobierno al día siguiente. (Busque en Google bajo el rótulo “Botnia papelón” y obtendrá copiosa
información de prensa nacional e internacional)

            Hasta aquí lo anecdótico, circunstancial. Lo grave y sustantivo fue que parte del Frente Amplio decide realizar un “contra-acto” en la Estación Goes, en clara demostración de que ya no son solo discrepancias las que los separan, sino verdaderas fracturas que –a estar a las acusaciones vertidas y a las caricaturizaciones de personajes y hechos realizadas- no parecen reconstituíbles. En suma, el Frente Amplio se ha quebrado, no se en que proporción, pero se ha partido.

            Todo esto no es más que una consecuencia natural de diferencias conceptuales ontológicas, insuperables, entre quienes tienen visiones distintas y opuestas sobre el hombre, el mundo, la política, la libertad, la democracia o el totalitarismo. A la hora de gobernar estas diferencias se hacen insoportables y las opciones que se tomen generan frustraciones en aquellos que no han visto recogida su interpretación del mundo.

            Sobre todo cuando se parte de un doble (triple o cuádruple) discurso electoral que adaptó la letra a la sensibilidad musical del oyente.

            Por eso es que le imputan frialdad y soberbia al Ministro Astori, por ello este pierde su atildado estilo e insulta al Fiscal de Corte sin justificación alguna, por ello el Canciller cree que su única misión es crear un eje con Venezuela y Cuba, por ello el Ministerio de Trabajo desbalanceó la relación obrero-patronal al punto de engendrar una fuerza sindical desconocida hasta la fecha que ya tiene en jaque al propio gobierno, por eso también se realizan adjudicaciones importantísimas sin licitación, no se toleran observaciones del Tribunal de Cuentas, se incurre en el asistencialismo permanente, un ministro “agarra de las solapas” a un ex ministro, y los legisladores oficialistas niegan la posibilidad de investigación de un jerarca acusado ya públicamente de graves hechos de corrupción.

            Etc.,etc.

            Por todo ello renuncia el prestigioso Comité de Ética del Frente Amplio, y por todo ello también, se busca, todavía sin éxito, un nuevo Presidente para la coalición.
Tres años pueden desgastar un gobierno pero no la fuerza política que lo sustenta. En este caso el deterioro ha sido mayor para ésta al punto de quitarle la calidad de opción válida para el futuro inmediato.

 
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