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Año IV - Nº 260
Uruguay,  16 de noviembre del 2007
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Darío Acevedo Carmona

La gestualidad en el intercambio humanitario

por  Darío Acevedo Carmona
Medellín - Colombia
 
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            Cuando vi las fotos que muestran a la Senadora Piedad Córdoba recibiendo un ramo de rosas rojas de manos de Iván Márquez, acompañado por el conocido “canciller” de las Farc, ya en uniforme verde oliva y por otro guerrillero, no puede evitar la tentación de hacer memoria de aquella situación vivida por el ex presidente Andrés Pastrana, sentado en un escenario preparado para una ocasión memorable. La apertura de negociaciones entre el gobierno y la guerrilla de las Farc a la que suponía asistiría su máximo comandante. El legendario líder sin embargo no asistió a la cita, dizque para evitar un supuesto atentado de los paramilitares. Tiempo más tarde se entendería (para los que saben leer los hechos) que en realidad tal gesto desobligante, respondía a una estratagema: humillar al Estado, demostrar superioridad, despreciar la negociación en tanto el objetivo real y superior de dicha guerrilla era la toma del poder. La negociación tenía un sentido táctico.

            La silla que correspondía a “Tirofijo” estaba vacía, al lado, Pastrana rumiaba el inocultable sinsabor de un desplante, sobre todo después de haber tenido que ceder tantas cosas que se cedieron a cambio de una incierta negociación que aceptó con toda buena fe. El rostro casi abatido del presidente, sus gestos de preocupación, la espera inútil, todas las cámaras enfocadas, los invitados especiales que se miraban entre sí sin atinar a decir algo sensato. Pastrana representaba la autoridad, el gobierno, la legitimidad, finalmente el Estado colombiano, y todo eso fue mancillado con ese gesto que no sería mas que el preludio del concierto de jugadas marrulleras realizadas por una guerrilla que creía estar ad portas del poder y que forzó una agenda interminable de temas, como para nunca acabar. Pero, Pastrana era, sin que fuese su culpa, la expresión de cuán debilitado se encontraba ese Estado después de una serie de derrotas militares sufridas por las tropas oficiales en las selvas y en bases militares consideradas inexpugnables.

            Y se me hace inevitable comparar estas imágenes de apenas ayer, hace ya 8 años, enero de 1999, con estas fotos en las que una senadora de la república, a quien el presidente Uribe le encargó la misión de buscar un acercamiento, una facilitación (con la misma guerrilla que humilló a Pastrana y que humillándolo a él humilló y se burló de la paz), esta vez para buscar no la paz sino una negociación de secuestrados por guerrilleros presos (que es lo que omiten precisar buena parte de periodistas y columnistas) recibe, con alegría y colocándose la boina de uno de los guerrilleros,  ese ramo en medio de sonrisas y abrazos, después, dijo, de una agotadora reunión de la que no salió ninguna luz de esperanza. Y pienso en una palabra que debe valer mucho en otras sociedades y que en la nuestra parece ser flor exótica: dignidad. Sobre todo, en las personas portadoras de una autoridad, un padre de familia, un maestro, un médico, un magistrado, un congresista, el presidente. Si a un país se le derrumba la imagen de dignidad que recubre a estos personajes es porque algo anda muy mal en ellos, no en nosotros. La dignidad remite a la actitud que se supone correcta en situaciones críticas o de especial delicadeza. La autoridad legítima está imbuida de un  ropaje y debe ser ejercida con dignidad, debe evitarse su mancillamiento, su ultraje. El que es investido tiene que saber lo que representa, en nombre de quien actúa y ante quien se presenta.

            Los agentes del poder, y la senadora Córdoba lo es, tienen el deber de saber qué y a quiénes representan aquellos con los que se entra en contacto sin perder la perspectiva de la misión ni la distancia rigurosa. Hay de por medio muchos colombianos adoloridos a quienes ofende, y con toda razón, tan exagerada deferencia. Recuerdo los gélidos saludos entre Henry Kissinger y los delegados del Viet Cong en las conversaciones de paz celebradas en París mientras en los campos morían miles y miles. Ni una sonrisa, un simple apretón de manos y una mirada a la cara como para romper el hielo. Nada más. Aquí se está buscando, no se debe olvidar, un intercambio desigual, víctimas de un delito de lesa humanidad por guerrilleros que están en cárceles bajo las garantías legales de nuestro ordenamiento. Se busca contacto con una guerrilla que acomete acciones que la población detesta y ha rechazado de mil formas.

            Así, me pregunto, ¿cómo no limitar el saludo a un mero apretón de manos, sin aspavientos, sin sonrisas, como por qué recibirles flores?, ¿Por qué, me pregunto, tanta euforia con aquellos que tiene en sus manos a tanta gente indefensa en la peores condiciones privadas de su libertad y que forzadamente son llamados “prisioneros de guerra” y mantenidos en circunstancias infrahumanas en la selva tropical?  ¿Se le olvidó que gente como ellos tienen varios de sus colegas (congresistas, sí) secuestrados hace 5, 7, 9 años y que aún está fresca la sangre de los asesinados diputados del Valle? ¿Qué diría la Oposición o la crítica periodística, si alguno de los actuales ministros de estado o el Alto Comisionado de Paz hubiese intercambiado abrazos, flores y fotos con emblemas positivos de la lucha armada con los comandantes paramilitares al inicio de las negociaciones, si por mucho menos han querido crucificar el proceso de paz más exitoso de las últimas décadas?

            Llegará el día, como le llegó a los miembros del M-19, de la Corriente de Renovación Socialista, del EPL y de otros grupos, de abrazarlos y sonreírles pero, cuando se desmovilicen. Mientras tanto, es preciso ser dignos y guardar distancias, no sea que se piense que el tigre se torna cordero si le pasamos la mano suave por su piel. Que no se nos olvide qué es lo que estamos buscando y con quien nos estamos reuniendo.

Medellín, noviembre, 13 de 2007

 
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