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Año IV - Nº 260
Uruguay,  16 de noviembre del 2007
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Fernando Pintos

Carta a Rita

por Fernando Pintos
 
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            Hola, Rita… Desde Guatemala, te saludo una vez más, con la buena nueva de que dentro de unos días estaré en Montevideo, para participar en una asamblea de comunicadores y periodistas de todo el mundo. Después de tanto mail que viene, mail que va, una visita en cuerpo presente no estará de más. Bueno… En cuanto a lo de que soy algo así como «santo»… ¿Qué decir? En los últimos tiempos me he convertido en una especie de bicho raro, por cierto, tan diferente de mis congéneres —hombres— que casi ni parezco ser tal cosa —hombre—, aunque no quede duda a estas alturas sobre que, de alguna extraña manera sí que lo soy (hombre).

            En una época yo solía ser todo un hombre. De hecho, y sin que mediaran ni el menor pudor ni el más ínfimo escrúpulo o arrepentimiento, solía andar con seis, ocho o más mujeres a un mismo tiempo. Les mentía a todas y con todas me acostaba de buen seguro. Era aquella una época de absoluta hombría, en el exacto concepto (de hombría) que suele manejar la mayoría (de los hombres)… Sin embargo, con el tiempo se ha dado en mí un cambio radical y resulta que me he pasado con armas y bagajes al otro bando… Pero, ¡no! ¡De ninguna manera te asustes! No me estoy refiriendo a «aquel» otro bando (ése que te conté), sino al extrañísimo bando de los monógamos. Y de ahí que resulta ahora lo siguiente: radical, como suelo ser en todos mis asuntos, si cuando era «hombre» fui exageradamente polígamo, ahora que no soy tan «hombre» estoy convertido en un monógamo drástico. Ya sé que el asunto es patético. Bueno, más que patético resulta trágico. Pero, ¿debido qué?

            Pues debido a que en este mundo en que vivimos lo más sencillo, lo más fácil y sin discusión lo más divertido resulta ser polígamo. En cambio, la monogamia es dura, áspera, difícil y muchas veces dolorosa. Como lo es en este preciso momento. Sin extenderme en la historia —te lo había adelantado, muy sutilmente, en alguna de mis cartas— estoy enamorado. Perdidamente enamorado. Y por supuesto, que ni de una yegua, ni de una vaca, ni de una humilde tortuguita, sino de una mujer. Bueno, ella y yo hemos llegado a un punto en que no estamos juntos (quizás nos observamos, desde lejos, con signos de interrogación y admiración saltándonos con garrocha en torno de las orejas). Pero acontece que, aún cuando no esté con ella ni tenga la más mínima esperanza de estarlo, prosigo absolutamente enamorado de ella. Y eso me convierte en un objeto que está fuera del mercado, del juego normal de oferta y demanda, en cuanto tiene que ver con las demás mujeres. Digamos que soy algo así como un taxi que circula vacío, pero con la banderilla bajada y negándose a tomar pasajeros… Se trata de una situación por demás extraña y te aseguro que no le desearía a nadie estar en mis zapatos. Pero es así y no tiene remedio. No puedo estar con otra mujer, porque debería violentarme para ello, y sencillamente ni quiero violentarme ni permitiría llegar a tal extremo. Es decir, que sigo pensando en ella, sigo obsesionado con ella, sigo soñando con ella y sigo torturándome con toda esa morbosa película de «por-qué-las-cosas-fueron-así-y-no-de-otra-manera»… Asuntos, todos, que tan sólo podrían caber en una mente enferma como la mía. Una mente y un espíritu muy enfermos.

            Y no te digo que quiera cambiar esta situación ni nada que se le parezca. Aunque sí, cuando menos, me gustaría envidiar en cierta medida a mis congéneres (hombres, o cosa que se parezca), en cuanto a esa suprema habilidad para ejecutar aquel festivo numerito del clavo, el cual se resume y traduce en la tan antigua como conocida frase emblemática de la sabiduría masculina: «un clavo saca otro clavo». He aquí que me es imposible recurrir a ese sapientísimo recurso de mi género (especie o lo que sea), y me gustaría envidiar a los privilegiados que sí pueden (la inmensa mayoría), aunque en la práctica, de tan retorcido que soy, prefiero ser esto que te cuento y ni tan siquiera me alcanza la nafta para envidiar a los tales (¿hombres?) por su habilidad para «sacar clavos»… Y tal vez soy así, siento y actúo de tal manera porque no me interesa ningún otro clavo que ése que ya tengo y que tanto daño me sigue haciendo, o sea: esa mujer que amo y que no puedo ni quiero dejar de amar. Ahora bien: no quiero con esto decir que yo soy mejor que nadie. Porque, en la práctica, soy muchísimo peor. Es decir, ¡que soy irremisiblemente impráctico! Así que, de existir una comparación, sería sumamente desfavorable para mí.

            Bueno, que el caso se ha tornado tan grave que ahora sucede lo que te voy a explicar a continuación. Cuando uno viaja hacia otro país, siempre lo hace pensando en que podría o debería surgir, por ahí, «algo». Existe siempre una expectativa muy acentuada a ese respecto. Y yo no he sido la excepción a la regla, salvo que siempre he viajado pensando en hallar «algo» (una mujer en otro país) cuando no tenía una pareja, es decir: cuando estaba solo, libre y sin esas odiosas ataduras psicológicas y monogámicas de las que te he informado. Pero resulta que, en este viaje que estoy a punto de emprender, no sólo no he pensado lo más mínimo en la posibilidad de ese «algo», sino que, para colmo, estoy pensando en lo opuesto: es decir, que durante este viaje no quiero saber de nada con ninguna mujer. Por supuesto, ya sé lo que estarás pensando a ese respecto… ¿Que resulta estúpido ser fiel a una mujer que no está conmigo? Sí, un poco estúpido, lo admito. Pero, al mismo tiempo, te diré lo siguiente: ¿Y qué pasa con los sentimientos? ¿Y qué sucede con aquello que uno siente y piensa como correcto? El hecho de que ella pudiera estar, en esos mismos momentos, con algún otro tipo, no tiene suficiente fuerza como para empujarme en la dirección opuesta.

            Pero, no te asustes. Frente a ese extraordinario fenómeno, abrigo la seguridad de que precisamente durante este viaje, algunas mujeres se me tirarán encima igual que tigresas hambrientas. ¿Y por qué pienso tal cosa? ¡Porque ya lo han estado haciendo aquí, en Guatemala! Y lo han hecho pues parece que algunas mujeres tienen muy desarrollado eso que llamo el «instinto matador». Así, toda vez que presienten estás enamorado de otra (en mi caso, más bien perdidamente enamorado), ahí se lanzan con todas las garras a convertirte en su presa. Estoy seguro de que la mayor parte de veces, las tigresas consiguen el objetivo, pero debo señalar que conmigo las cosas son un poco diferentes. Evidentemente, no soy un tipo muy común y corriente que digamos. Podrás decir que soy extraño. Pero, ¡eso lo sabemos desde hace mucho tiempo! Muchas veces pienso que soy algo así como un ser de otra galaxia, quien permanece atrapado aquí, en este cuerpo humano y entre seres humanos.

            Esta introducción sirve para decirte que mejor a Alicia ni le digas que voy a estar por estos días en Montevideo. Si lo averigua por sí misma, allá ella. En todo caso, no creo que sea bueno lastimarla con un rechazo, porque, de verme, de seguro ella no esperaría ni por broma cualquier forma de rechazo por mi parte. Claro, podría explicarle que estoy devastado por un ataque de impotencia irremisible, lo cual sería apenas una mentira piadosa. Pero no me gusta lastimar a otra persona y, después de todo, ella no tiene la culpa de que yo esté enamorado de otra. Es malo hacer algo por el estilo, ¿no te parece?

            Bueno, te debés haber quedado de boca abierta con todo lo que acabás de leer, y espero que no me consideres más raro, extraño (freak, bizarre or just a monster) de lo que me has considerado hasta este momento. Así que tu broma acerca de que soy un santo te salió cierta. Bueno, cierta de una extraña y retorcida manera, como todo lo que yo hago. pero cierta en definitiva.

            Conocer una vez más tu apartamento será gratificante. En realidad, el mío es algo así como una extraña caverna donde la locura coexiste con la soledad y el desquicio. Tu apartamento no puede ser peor que el mío, me niego a aceptar siquiera la posibilidad acerca de ello. Porque, al menos en algo yo tengo que ser bueno, y te aseguro que en cuanto a vivir en medio de un verdadero relajo, soy insuperable: the best of the best (and a little bit a beast too).

            ¿Mi pasaje por Montevideo será en cierta medida surrealista? No nos engañemos. Toda mi vida ha sido un ejercicio virtuoso de surrealismo. Yo mismo soy una obra maestra del surrealismo. En cuanto al Shabat del viernes 5, sería espléndido estar allí. Sobre lo de la amistad heredada… Ciertas herencias son verdaderas maldiciones, y creo que éste ha sido el caso para vos.

(Anécdota): el martes recién pasado me llamó por teléfono la mujer que quiero (ella se llama Astrid)… El miércoles fui a verla a su negocio (puso un salón de belleza y tratamientos corporales). Y por alguna extraña razón, no he comido nada desde el martes por la noche hasta este momento, en que estamos en sábado por la noche. Y lo extraño del caso es que no he tenido ni pizca de hambre, que el estómago no me ha molestado en lo absoluto (debería haber gruñido o rugido con cierta desesperación), y que tanto ayer como hoy me fui al gimnasio y trabajé una rutina normal. Sin descontar que he trabajado normalmente y he hecho todo lo que habitualmente hago sin el menor problema. Sin comer nada me he sentido muy cómodo, y por eso lo hice. Tal vez mañana, que es domingo, almuerce, pero porque mi hijo me quiere llevar a un nuevo restaurante de comida árabe que abrieron en la Zona Viva de la Ciudad de Guatemala. Pero, antes de eso, tengo que ir a la universidad, para dejar los dos tomos con mi tesis final corregida (600 páginas). Después de ello tengo que ir a comprar alguna cosa, y más tarde al gimnasio, a trabajar duro porque el fin de semana deber ser aprovechado a ese respecto. Ahora, lo más interesante de toda esta situación es lo siguiente: estoy fresco como una lechuga, no me siento débil, no me siento cansado, no me siento incómodo… Es como si hubiera estado comiendo, normalmente, estos últimos días… ¿Qué podrías decir sobre eso? Cosa de locos… ¿O no?

            Besos y abrazos desde Guatemala.

 
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