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Año V Nro. 334 - Uruguay, 17 de abril del 2009   
 

 
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Fernando Pintos

América Latina y Betty la fea,
en cinco puntos y un epílogo

por Fernando Pintos

 
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         Muchas veces, la gente pensante —que es cada vez menos numerosa en esta parte del mundo que se conoce como América Latina—, se devana los sesos tratando de encontrar las razones para tanta estupidez, tanto cretinismo, tantísima ignorancia y tamaño subdesarrollo, todos los cuales vienen imperando lo más campantes, en la mayoría de nuestros países, de varios años a esta parte. Trataré de esbozar una explicación clara y sencilla, que constará de cinco puntos y un epílogo. Veamos, entonces:

         Primero: es harto conocido que los auditorios de la televisión están segmentados por sexos, edades, etcétera, y que cada segmento responde a unos gustos específicos. Los hombres de 20 años en adelante manifiestan una tenaz preferencia por los deportes, los noticieros y programas informativos, las series (de acción) y las películas (con temas más o menos serios). Las mujeres, desde los 10 hasta mucho más allá de los 80 años, mantienen una llamativa propensión a consumir, por cantidades industriales, esos horrendos teleteatros a los que en España suele conocérseles con el apelativo de «Culebrones», y en Estados Unidos con el nombrecito de «Soap Operas».

         Segundo: desde principios de los años 80 la televisión por cable —asociada desde la segunda mitad de los 90 con la televisión digital vía satélite— comenzó a desplazar a las estaciones de televisión abierta, eufemísticamente autroproclamadas «televisión nacional». Y digo así, porque ya van desapareciendo los canales «nacionales» de los países latinoamericanos. En Guatemala, todos los canales de la televisión abierta son propiedad de un mexicano, Remigio Ángel González González, quien tiene emisoras en muchos países de América Latina y quién, ¡oh casualidad!, ahora pretende comprar también medios de comunicación en Uruguay, a través de cómplices y testaferros… En Guatemala, Ángel González ha llenado los cuatro canales de la televisión abierta (3, 7, 11 y 13) con lo que pudiéramos llamar, por analogía con cierta clase de comida rápida,  «programación chatarra». Los ratings de la televisión abierta (incluso convenientemente inflados, para que los publicistas y el empresario mexicano sigan haciendo negocio y cobrando precios astronómicos a los anunciantes por una publicidad por completo insuficiente e inadecuada) son cada vez menos influyentes con relación al binomio conformado por el cable y la TV digital.

         Tercero: en el año 2001, el canal 3 de Guatemala colocó en su horario «Súper Premium» (de las 20:00 a las 21:00 horas), de lunes a viernes, un insoportable novelón colombiano titulado «Betty la fea». Por uno de esos misterios que encierra el comportamiento de los grandes públicos en estos países tercermundistas, o si mejor se quiere expresar: gracias a la degeneración mental que se padece al sur del río Bravo (evidente en detalles reveladores, tales como esa morbosa preferencia que dan las encuestas preelectorales de Uruguay a favor del Frente Amplio), el detestable engendro teleteatrilesco se convirtió, de la noche a la mañana, en un impresionante fenómeno de popularidad y audiencia… A las 20:00 horas (desde lunes hasta viernes), casi todo el mundo debía estar religiosamente presente en el hogar, mas no para evitar los peligros de una de las ciudades más violentas de Latinoamérica, sino para reunirse en familia ante la pantalla chica para ver aquello… Por entonces, un periódico local y el canal 3 de marras hicieron un gran concurso para encontrar a la «Betty de Guatemala» (la desdichada que se pareciera más al odioso personaje), con amplia publicidad sobre las alternativas que se iban produciendo en torno de tan importante evento.

         Cuarto: que en tanto duró en pantalla «Betty la fea», incontable auditorio masculino se vio compelido a sufrir estoicamente las alternativas del horrendo culebrón (valdría la pena imaginar a un tigre, obligado a subsistir con una dieta de zapallitos y coliflores, para encontrar el símil adecuado de tan humillante situación). Por aquel entonces, los solteros, viudos y divorciados, entonábamos a coro alabanzas por aquella inconmensurable bendición: el estado civil, que nos permitiría, salvo trágicas excepciones, salir indemnes de la extensa temporada de «Betty la fea» (como es bien sabido, las bendiciones se dan por cuentagotas, pero las inmundicias se entregan en contenedores).

         Quinto: que una vez que terminó de repetirse —hasta la saciedad, por supuesto— el último capitulo de aquella cosa abominable, llegó a Guatemala con bombos y platillos una nueva «superproducción» colombiana, ahora titulada «Pedro el escamoso»,la cual se transmitía en el mismo horario e igual secuencia diaria días que su repulsiva predecesora, «La fea»… En vista de lo cual, el suplicio se perpetuó, de manera por demás sádica, en perjuicio de un extenso auditorio masculino (la mayor parte intentaba tomárselo con buen humor y teorizar sobre las «cualidades» del culebrón en turno… Y esa actitud era, también, una respuesta implícita).

         Epílogo: en cuanto a explicar aquellos dos asquerosos fenómenos de popularidad generados a través de la depreciada televisión abierta de Guatemala, anómala situación que se repitió en toda América Latina, tan sólo se me ocurre calificar con dos sustantivos de cierto peso: locura y degeneración. Y, si no me quieren creer: repasen con detalle la geografía latinoamericana y vean la clase de gobiernitos (y gobiernoides) que han venido eligiendo, «democrática» y «libérrimamente», en esta descerebrada porción del planeta, desde ya unos años a esta parte.

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