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Año V Nro. 334 - Uruguay, 17 de abril del 2009   
 

 
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“De izquierda a izquierda”
por José Antonio Fontana

 
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Coincidiendo con la Primera y Segunda Guerras Mundiales y mientras la vieja Europa se desangraba, en el Río de la Plata se “tiraba manteca al techo”. El modelo económico agro-exportador predominante en esa época, llevó a estos terruños a ser proveedores y por mucho tiempo acreedores del mundo desarrollado.

         Coincidiendo con la Primera y Segunda Guerras Mundiales y mientras la vieja Europa se desangraba, en el Río de la Plata se “tiraba manteca al techo”.

         “Tirar manteca al techo”, en su origen, era un juego que algunos jóvenes de familia acomodada practicaban en restaurantes y cabarets. Con una especie de catapulta improvisada a partir de un cubierto, competían pegando trocitos de mantequilla contra el cielo raso. La “gracia”, muchas veces acompañada con abundante cerveza o champagne, derivó en un término que con el tiempo se aplicó como referencia al derroche imprudente, y pasó a caracterizar todo un  ciclo en la vida de la región.

         El modelo económico agro-exportador predominante en esa época, llevó a estos terruños a ser proveedores y por mucho tiempo acreedores del mundo desarrollado.

         La capacidad de generar divisas del sector privado, había superado hasta ese momento al crecimiento y gastos de los estados de las todavía jóvenes naciones. Las constituciones liberales del siglo XIX, habían hecho posible ese milagro en ambos países.

         Poco más de un siglo después de fundadas, la riqueza acumulada facilitó el populismo. Perón en Argentina y Luis Batlle Berres, fundador del neobatllismo en Uruguay, lideraron los cambios.

         A partir de allí, la fortuna continuó dilapidándose, pero desde entonces quien paga la manteca, que vaya si se sigue tirando al techo, es Juan Pueblo. La patética “gracia” dejó de ser privativa de los “niños bien”, que por cierto se fundían material y espiritualmente con cada gota caída, para pasar a ser privilegio de miles de funcionarios a los que no les duele ni resulta inmoral el despilfarro.

         El fenómeno político debe ser dinámico; un proceso de transformaciones donde unos proyectos van sustituyendo a otros y produciendo cambios. La idea de alcanzar el progreso, identificada con la palabra democracia, nos conmueve a todos cada vez que llega un nuevo periodo electoral.

         Nadie se opone, cuando se plantea la búsqueda de libertad y de avance intelectual es pos del desarrollo.

Batlle y Perón: dos populistas se saludan

         Pero curiosamente, todas las propuestas políticas que aspiren a ganar el poder, todas, de derecha a izquierda o como decía Carlos Rangel refiriéndose a Venezuela en 1983, “…de izquierda a izquierda, porque aquí nadie está dispuesto a no pretender ser izquierdista…”, llevan una alta dosis de populismo y demagogia en sus alforjas. El liberalismo económico, generador de abundancia y prosperidad hasta comienzos del siglo XX, es mirado con recelo y considerado “conservador”. 

         Con el mito de que el estado “benefactor” debe intervenir para lograr la igualdad de oportunidades, se ha destruido la capacidad de iniciativa y creatividad individual. Para “democratizar” el consumo, se ha intervenido la economía hasta convertirla en una muestra más de bonsai. 

         Considerar positivo que el estado se entrometa para ordenar el mercado, equivale a partir de la base de que los ciudadanos, que no son empleados públicos, son débiles mentales incapaces de decidir por sí mismos. Y como suele suceder cuando alguien logra tanto poder, los privilegios plasmados en monopolios y oligopolios inadmisibles, al igual que la corrupción, campean olímpicamente.

         El lavado de cerebro practicado a estas sociedades desde el peronismo y el batllismo, no admite regresiones.

         El supuesto respeto al individuo y la propiedad privada, en la práctica, es bastante relativo. Los impuestos son literalmente confiscatorios, y el éxito, el fracaso y hasta la libertad de actuar o de elegir, dependen de caer o no bajo el dedo acusador de la discrecionalidad de un funcionario.

         Las mayorías siguen   priorizando lo colectivo a lo individual, porque dentro de ese modelo se sienten menos acomplejadas. Ya no depende de cada uno el prosperar. Así las cosas, dejan de predominar los productores  de riqueza independientes; y los aduladores  del poder pululan en todas sus formas. 

         Pero el estado no es un ente abstracto y mágico; los cargos son ocupados por seres de carne y hueso, que tienen nombre y apellido, virtudes y defectos, angustias y ambiciones, y se equivocan y corrompen muchas veces cuando surge la oportunidad.

         Las políticas practicadas en la región desde la década del cincuenta, continuaron en el período dictatorial, avanzaron con la vuelta a la democracia y prosiguen practicándose bajo otras denominaciones hasta el presente. Es un modelo claramente definido. Algunos por ignorancia, y otros por mala intención, lo han tildado en algunas de sus variantes de neoliberalismo, generando confusión. En realidad siempre se practicó un mercantilismo rapaz. Sectores privilegiados e intereses corporativos, alimentan al poder político, para que éste a su vez, mantenga el statu quo.

         Ese es el círculo vicioso del que surgen todos nuestros males. El liberalismo, que no es de derecha ni de izquierda y que se fundamenta en el respeto por la propiedad privada, los derechos individuales y la vigencia plena del estado de derecho, sigue siendo el gran olvidado y hasta se le acusa indirectamente de responsable, tildando de “neoliberales” a las más vulgares y reiteradas prácticas mercantilistas.

         Nuestra herencia colonial española nos mostró el camino. Con ella aprendimos que mucho más importante que una buena idea o un método aplicado de trabajo productivo, es tener un amigo en el gobierno que nos facilite las cosas.

         Cada tanto tiempo, los partidos enquistados en el poder, agrupan casi siempre a los mismos personajes en una lista sábana, que en definitiva no da mucha opción sobre a quién elegir. Terminamos votando por descarte al aparentemente menos malo. Y seguimos rumiando nuestro conformismo democrático por un período más.

         Según las últimas encuestas, los candidatos a presidente de la república con más posibilidades de alcanzar el poder en Uruguay en las elecciones nacionales que se celebrarán este año, son José Mujica, ex guerrillero tupamaro partidario de profundizar una gran transformación hacia la izquierda en la búsqueda del “hombre nuevo”, y Luis Alberto Lacalle, ex presidente de la república (1990-1995) y abanderado de la etapa mal denominada “neoliberal”.

         Este último, luego de marcar su afinidad con Mujica, acaba de anunciar algunas de las acciones que llevará adelante de ser elegido nuevamente. Entre sus más audaces propuestas “neoliberales” se destaca el fortalecimiento del Banco República, principal banco estatal, al que dijo hay que robustecer y no sólo desde el punto de vista del dinero. Asimismo, días atrás Lacalle propuso expropiar tierras improductivas y generar una "verdadera revolución agraria".

         Votar, debería ser un acto  racional, serio y meditado; un ejercicio de re-pensarnos como sociedad, que todos, en forma individual, deberíamos practicar. Gobernar, también debería serlo. De lo contrario, que no nos sorprendan nuestras desgracias.

         En las actuales circunstancias, nuestros más destacados hombres de estado, muy creativos y benefactores todos ellos, seguirán demostrando cínicamente su inagotable capacidad de  inventar ideas para seguir “tirando manteca al techo”.

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