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Año IV - Nº 247
Uruguay, 17 de agosto del 2007
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Pablo López Herrera
por El Cordobés Errante
El Cambalache progresista
 
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            Quién suscribe es un uruguayo liso y llano, un vecino de barrio como hay miles. Profesional, clase media, hincha del glorioso tricampeón del mundo y sufridor de la celeste; republicano, democrático, defensor de la libertad por sobre todas las cosas, y tan laico, gratuito y obligatorio como cualquier oriental que se precie, incluyendo los creyentes en general.

            Un uruguayo como hay tantos, gente de perfil bajo y de crítica rápida, tolerantes en general y discutidores en particular. Que no aspiramos a cambiar el mundo ni a salvar la humanidad de la globalización, del imperialismo o de la plusvalía, que tampoco nos consideramos propietarios de la verdad ni portavoces iluminados del pueblo, y que solamente aspiramos a vivir tranquilos en una sociedad libre, tolerante y justa, donde podamos trabajar dignamente y criar nuestros hijos en paz y libertad.

            Nada más.
            Pero nada menos.

            Por eso mismo y en nombre de todos los vecinos, uruguayos lisos y llanos, queremos alzar públicamente nuestra voz para manifestar en clara y alta voz nuestro malestar por lo que está sucediendo en nuestro país después de treinta meses de administración de una fuerza política que llegó al gobierno nacional con más ofertas de cambios que la vidriera del famoso cambalache del recordado tango del inmortal Discepolín.

            Sabido es que siempre ha habido demagogos, maquiavelos y estafados, corruptos y agachados, valientes e inmorales, pero que hoy vivimos un despliegue de nihilismo soberbio e insolente, ya no hay quien lo niegue.

            Hemos descubierto que un conjunto de valores, principios éticos y normas morales en las que fuimos criados y educados, resulta que ahora son comportamientos “políticamente incorrectos”. O peor aún, son reaccionarios.

            Los buenos modales se han transformado en antiguallas ridículas, el hablar bien un anacronismo pituco y arrogante, y la buena presencia de los gobernantes, una extravagancia burguesa, símbolo de una sociedad de consumo capitalista y decadente.

            Gracias a Marx y Lenin hoy tenemos ministros, legisladores y jerarcas del gobierno que salen por televisión en notas que recorren el mundo, despeinados, mal vestidos y sin afeitarse, mientras perpetran el castellano diciendo “puédamos” en lugar de podamos, intercalando palabrotas de grueso calibre como si estuvieran dialogando con marginales, o insultando soezmente a mandatarios de países amigos en el preciso instante en que visitan nuestro país.

            Hoy resulta que la autoridad es culpable, a menos hasta que demuestre su inocencia, y los derechos de los delincuentes son más importantes que los de sus víctimas. La libertad de expresión incluye el derecho a insultar, provocar y patotear en nombre del antiimperialismo a los que piensan distinto, y a destrozar otros decadentes símbolos capitalistas y burgueses como parabrisas de autos (cuanto más caros mejor) y vidrieras de comercios (Si son de Mc Donald mejor que mejor).

            Se ha estigmatizado el mérito y el esfuerzo individual, está mal visto tratar de ser el mejor de la clase, desarrollar el talento personal, sobresalir de cualquier forma o intentar alcanzar la excelencia individual a cualquier nivel. Vivimos revolcados en un merengue igualitarista, mediocrizante y pseudosolidario que al emparejar hacia abajo, estigmatiza al que brilla con luz propia y promueve la vulgaridad colectiva de los brillosos.

            Hoy resulta que es lo mismo ser normal que homosexual, todo es igual, y nadie puede ser mejor, da lo mismo un burro que un gran profesor, no se puede premiar al buen alumno y mucho menos aplazar al haragán, porque en el mundo progresista no hay aplazados ni escalafón.

            Discepolín, que careta resultaste....

            En este febril cambalache digno de la mente recalentada de cualquier consumidor de pasta de comité de base, podemos ver en toda su dimensión la hipocresía galeanística de la izquierda caviar abriéndose las venas y llenándose la boca con la enseñanza pública mientras mandan a sus hijos a colegios privados; reivindicando sistemas estatales de salud mientras se atienden en seguros médicos privados, o repitiendo gastadas consignas antiimperialistas y antiyanquis pero cuidando bien de tener sus ahorros en asquerosos dólares norteamericanos y depositadas en usureros bancos extranjeros.

            Y es muy común el verlos saboreando el rubio licor de los escoceses mientras pretenden elevar a la categoría de norma ética sus intolerantes dogmas ideológicos, apoyando cualquier gansada antisistema, con la misma dialéctica de un loro pidiendo comida, al decir de Savater.

            Ya nada es sagrado ni digno de respeto, nada ni nadie es intocable, los escrúpulos son descartables, la ética reversible, la hipocresía la norma y el discurso de barricada ha sustituido la reflexión racional.

            ¡Que falta de respeto, que atropello a la razón!

            Mezclados por dogmáticos inquisidores, van Artigas y Lenin, Fidel y Leandro Gómez, Don Pepe y Mao Zedong. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, hemipléjicos defensores de algunos derechos, de algunos humanos, han mezclado la historia sin vergüenzas ni pudores, y herida por consignas facilongas, mentiras populistas y engañifas ideológicas, se ve llorar la ética, junto a la razón.

            Dale nomás, dale que va, que con Chávez y Evo Morales en el fondo de la tabla, vamos todos a terminar. Si es lo mismo el que labura, día y noche como un buey, que el que afana en los casinos, trafica con Venezuela, tiene “fueros sindicales” o esta fuera de la ley.

            Esta vergüenza nacional debe llegar a su fin. No puede continuar.
No podemos permitir este escarnio, hay que detener esta grotesca opera bufa que nos desgobierna y nos infama ante el resto del mundo.

            Y es por eso, y para eso que estamos aquí. Como estuvimos antes, como estuvimos siempre que la Patria tuvo necesidad que estuviéramos nosotros, los uruguayos lisos y llanos, los orientales de a pie, los defensores de las leyes, los de la dignidad arriba y el regocijo abajo, los vecinos alzados de todos los pueblos y rincones de la Nación.

            Nosotros hoy estamos aquí para decir: BASTA!!!!
            Basta de este penoso cambalache progresista.
            Simplemente: Basta

            Y vayan sabiendo que desde hoy, y hasta que acaben estos treinta largos meses, vamos a decir muchas veces ¡BASTA!!!.

            Hasta que nos escuchen y se vayan
            O hasta que tengamos que correrlos a golpe de urna.
            Que no es lo mismo, pero es igual.
            Porque al fin de cuentas de eso se trata: de que se vayan de una vez.

Masoller, agosto de 2007

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