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Año IV - Nº 247
Uruguay, 17 de agosto del 2007
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Difundiendo a Quijano

Los mitos y los hechos
por Carlos Quijano - Colaboración de Pedro Hernandez
 
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            ¿Cómo definir a un país conservador? ¿Cómo definir al conservadorismo? Conservador, conservadorismo, progresista, progresismo, izquierda, derecha y tantas otras palabras, suelen convertirse, con el andar del tiempo, en muletas. Ayudan a tenerse en pie. Dificultan la marcha. Una definición no obstante, debe inten­tarse. Conservador no es sólo aquel que conserva los bienes materiales. Conservador asimismo, y no menos peligroso, aquel que por inercia, por pereza, por senectud y también por interés, transforma las ideas recibidas, que en la época del alumbramiento pudieron ser revoluciona­rias y fecundas, en un campo de dogmas inmutables, aquel que vive y actúa sobre un fondo intocado e intocable de axiomas. Los países como los hombres, suelen ser más conservadores, cuando tienen un pasado venturoso. Lo añoran. Es una especie de edad de oro ennoble­cida y embellecida, por el recuerdo. Hacia ella miran. En ella que es el pasado, es decir la, muerte,  ponen la esperanza, es decir la vida. Por el contrario los países como los hombres, que conservan de los años idos, una imagen desagra­dable o de horror, son los que están más desem­barazados para tentar nuevas experiencias y aventuras. Nada los ata. Libres están de olvidar. Olvidan a sus cadenas. Las religiones, y las re­voluciones no las hacen los satisfechos. Las hacen los desesperados. Pero acontece que tampoco las hacen los que una vez fueron satis­fechos. A, lo sumo éstos, se dejan arrastrar por los desesperados, las generaciones nuevas que no conocieron el Paraíso perdido.

            En América Latina, pocos países tienen como Uruguay, un pasado cercano -relativamente cercano- y venturoso, relativamente venturoso.

            Durante los primeros veinticinco años del siglo gozamos de estabilidad, de un nivel de vida superior al de otras naciones del continente, de un desarrollo comparativamente superior al de éstas, en las letras y las artes, la instrucción, la salud pública y las prácticas políticas. Creíamos haber alcanzado una especie de jefatura espiritual, un puesto de vanguardia. Creíamos que buena parte de la restante América era el caos y el atraso. A esa convicción -trasfondo de nuestra individualidad- contribuían a darle vigor, otras condicionantes que no han perdido, por cierto totalmente vigencia; la uniformidad racial, el clima templado, el desarrollo y consolidación de una clase media, la formación histórica, las características de nuestra producción. La carne y la lana satisfacen necesidades primarias. El salitre y el guano; el azúcar y el café; el estaño y los minerales, no responden a necesidades equiparables a aquéllas.

            En un determinado momento histórico, todos los factores se conjugaron para que el país alcanzara cierto equilibrio y se distanciara de los demás de América Latina. Pero ese mundo del  primer cuarto de siglo, empezó a crujir. La "pax  británica", a cuyo amparo habíamos marchado se hizo trizas. Poco después del término de la  primera guerra mundial, por los años 20, la crisis de todo el sistema en el cual habíamos vivido se produjo. Luego están los cuarenta años últimos, durante los cuales, aferrados al pasado, hemos sobrevivido gracias a las guerras y tensiones internacionales. Entre tanto otros países  de nuestra América y del resto de la tierra que  no tenían como nosotros un "pasado venturoso" hacia donde mirar, que no tenían como nosotros ­algo que perder y que añorar, se lanzaban, entre la confusión y la sangre hacia adelante; la revolución mexicana es de 1910 y se prolonga  por  muchos años; la revolución cubana es de 1959 y todavía quién sabe por cuantos, continuará buscando su rumbo; la revolución boliviana es de 1952. De 1917 es la revolución soviética; en 1949, la revolución se instala en China; después de la segunda guerra mundial comienza un proceso de descolonización y decenas de nuevos países emergen.

            En los últimos quince o veinte años, por otra parte, y estos hechos no tienen menos-importancia que los antes indicados, una prodigiosa y acelerada revolución tecnológica se cumple. Ya, aunque ciertos retrasados dogmáticos del comunismo y los más atrasados dogmáticos que todavía pululan por estas tierras, del anticomu­nismo, se nieguen a reconocerlo, el mundo de hoy, no es el mundo de 1917, ni siquiera el mun­do de 1949.

            La expansión comunista no sólo se ha dete­nido en Europa y en Asia y en Africa -nada digamos de América Latina, donde nunca exis­tió- sino que el régimen mismo en el país donde logró aposentarse por vez primera, muestra sus contradicciones y sus fisuras y busca reajustarse. El movimiento, por otra parte, ha perdido unidad. Las purgas pudieron aplastar las "herejías" internas: Trotsky, Zinoviev, Radek, Bujarín; no pueden aplastar las "herejías" que aso­man en el plano internacional, ni las contradicciones creadas por el distinto desarrollo y el hecho nacional; Stalin fue incapaz de reducir a Tito; la caída de Kruschev se vincula a la lucha con Mao; la Polonia de 1965 con Gomulka en el poder, no es la Polonia de ayer con Gomulka  en la cárcel o en desgracia.

            El signo de nuestro tiempo es el vértigo. Un vértigo determinado por el vértigo de la revolución tecnológica.

            El marxismo no es un conjunto de fórmulas estereotipadas y con inmutable vigencia. El marxismo es sobre todo un método, o sea un camino para buscar la verdad. Las fórmulas pasan. El método siempre puede ser fecundo.

* * *

            Al parecer de cuanto ha ocurrido en el mun­do, de cuanto ocurre, este paisito de 2 millones y medio de habitantes, que es el Uruguay, no tiene noción ni conciencia. Sigue aferrado a sus mitos. Sigue con los ojos vueltos hacia el fugaz pasado venturoso que, por milagrosa conjunción de la realidad interna y los factores externos, le tocó vivir. Es la nuestra una mentalidad insular. Insularidad en el tiempo. Todo lo demás pasa por los aires y por los mares. No nos toca. Son fenómenos anormales. La verdad es nuestro ayer. Nos hemos quedado encerrados en nuestra cáscara, a la vera del camino, espectadores inmó­viles, nostálgicos y temerosos, de las luchas y sufrimientos de los otros. El reloj se ha detenido. Para vivir nos basta con repetir nuestros exorcismos y cumplir nuestros ritos. Salvadas las formas, los hechos no cuentan. Cuando el hipopótamo aparece, decretamos, como el personaje de Ardao, que ese animal no existe. Negar los hechos, ignorarlos, adulterarlos no es sólo una característica de los que ocupan cargos de Gobierno -al fin y al cabo estos ocupantes no lo serían si no tuvieran respaldo- es una característica nacional. A los orientales nos gusta engañarnos, tomar nuestros vagos y mediocres deseos por realidades, despreciar los hechos cuando ellos perturban nuestra tranquilidad. En el mismo altar de la irrealidad, todos oficiamos, todos hacemos nuestros reverenciales sacrificios, todos convivimos. Es una tácita y común hipocresía.

* * *

            Esta contradicción flagrante entre los hechos y las normas, entre los mitos y la vida es cons­tante; pero todos nos complacemos en ella.

-Ferrocarriles está en déficit ininterrumpidamente acrecido. Y quien dice Ferrocarriles, dice UTE, OSE, y aun Ancap. Las soluciones son claras. O se ajustan los costos o suben las tarifas. No se ajustan los costos, suelen incrementarse por nuevas creaciones de puestos; pero tampoco suben las tarifas o la suba es inferior a los aumentos de dichos costos. La solución del fariseísmo es simple. Aumentan los subsidios. Pero los subsidios los pagan los mismos que usan los servicios y aun los que no los usan. Resultado: el servicio no ajusta su funcionamiento a la rentabilidad: no busca producir más a menor precio. El país paga el despilfarro y el servicio, en lugar de mejorar se empeora.

  • Llamamos gratis a nuestra enseñanza, por­ que no cobramos derechos de matrícula; gratis a nuestra salud pública, porque los hospitales están abiertos a todos. El mito es intocable e invencible. Pero si se observan las estadísticas, las pésimas estadísticas que los pedantes de la nueva ola manejan con suficiencia, se observa, que los niños y jóvenes de las clases más necesitadas, desertan de la escuela o no concurren a los liceos o son parte ínfima de los que cursan estudios universitarios. Se observa algo más: gratuidad para todos y libros al alcance de muy pocos que cada vez son menos. ¿Gratuidad de la salud pública? Muy bien; pero si el servicio fue­ra eficaz, si se cumpliera en condiciones mínimas normales, las gentes no se afiliarían a las sociedades mutualistas. Faltan hospitales y faltan en los que existen, medicamentos, gasas, ins­trumental. Aquí en Montevideo no tenemos un hospital en la zona norte y mientras los enfer­mos se hacinan en el Maciel y el Pasteur, mantenemos un hospital de Clínicas a costo, por cama y por enfermo, superior o en el mejor de los casos igual, al de los sanatorios particulares más caros.        .
  • Campeones de la Seguridad Social, hemos instituido un régimen de seguros que permite jubilarse en plena madurez y aun en plena juventud; que ajusta las pasividades a los sueldos; que permite acumular jubilaciones y actividades; que también permite acumular varias jubilaciones. Resultado: la cada vez  más escasa población activa trabaja para la cada vez más nume­rosa población  pasiva; las Cajas están fundidas;  las jubilaciones y pensiones son en su inmensa mayoría, jubilaciones y pensiones de hambre.

            Para remediar estado semejante de desequilibrio y déficit, desde hace años, muchos, recu­rrimos a los mismos arbitrios. O echamos nuevas cargas sobre la población activa, como ahora acabamos de hacerlo por centésima vez o emitimos deuda pública como también por centésima vez lo hemos hecho. El mito continúa; pero la miseria y el retroceso se agravan. 

  • Algo parecido ocurre con los sueldos y salarios; con la moneda y los cambios; con las estabilizaciones prometidas y las devaluaciones  cumplidas;  con las financiaciones y las refinanciaciones. La fábrica es intocable; los mitos también y las soluciones simples. Suben los precios;  pues, que suban los salarios; baja la moneda,  pues estabilizamos por decreto mientras la inflación continúa; no podemos pagar lo que debemos, pues nos endeudamos más y tan alegres y confiados como antes.                                             

* * *

            Dos millones y medio de hombres nada significan en el mundo. Nada pesan. Pero tienen derecho a vivir. Es un derecho que deben conquistarlo ellos mismos. Los demás no se lo otorgarán. Ni siquiera se lo reconocerán graciosamente. Los pueblos dejan de existir cuando viven de la piedad ajena. En este mundo feroz  están condenados los países que dilapidan su patrimonio y sus energías.

            La incuria y la imprevisión y la ignorancia,  llevan a la dependencia. Inevitablemente. Y no porque los otros sean "malos''.  Los otros siguen su camino. No es cierto que los pueblos o las naciones tengan la vida eterna asegurada. Mue­ren también. Y en ocasiones para no renacer más. Sin necesidad de hundirse en la historia lejana, ahí está Portugal para recordárnoslo. Siempre nos será más duro sobrevivir que a otros. Por nuestra pequeñez y nuestra debilidad. Pero debemos afrontar el desafío. Y la primera tarea que nos espera, la más larga, la menos exultante quizás, la más difícil, la más sacrificada, es la de quemar nuestros mitos, aborrecer nuestras hipocresías, y mirar, para verla, a la realidad.

            Mirar y, ver, conocer los hechos, no supone resignarse a soportarlos. Por el contrario se les soporta, se es esclavo de ellos, cuando se les ignora. Mirar y ver, es el principio de la sabiduría. Y ya ha sido dicho que para dominar a la naturaleza, hay que obedecerla. El país en­tero tiene que comprender, debe comprender, con todo lo que ello significa, que es débil y pequeño; que está en un continente enfeudado; que el peligro y la amenaza rondan sus fronteras; que el mundo está sacudido por una revo­lución prodigiosa y vertiginosa; que las nuevas técnicas lanzadas ya a la conquista del espacio y de otros mundos, aquí, en esta tierra, llevan camino de trastornar toda la escala de valores; que la victoria será de los más eficientes y los  más capaces; que en la insularidad, no encontrará refugio; que el pasado no vuelve; que sus mitos están muertos y no le sirven ya, ni de arma, ni de escudo; que sólo se vive cuando se vive peligrosamente y que nuestra gran aventura -la aventura para la cual los tiempos están maduros- es la de recrear el país y crear la gran patria o las grandes patrias americanas.

Carlos Quijano - MARCHA, 2 de abril de 1965.

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